• Cuando vayas de viaje, verás a menudo muchos pueblecillos clavados en el paisaje por la aguja de sus campanarios.Apenas veas uno, procura que con un pensamiento, con una jaculatoria o con un simple movimiento de tu corazón, afirmes y agradezcas su Presencia en aquella Iglesia.
  • Cuando te encuentres entre el ovillo inextricable de las calles de tu ciudad o de otra desconocida y veas por todas partes indicadores que te enseñan la dirección hacia «Centro Ciudad», «Correos y Telégrafos», «Renfe» u «Hospital»…¿Por qué no te preguntas hasta cuándo no pondremos los católicos alguno que encamine los pasos hacia el Sagrario más próximo?
  • Cuando leas, estudies o te cuenten esos datos estadísticos en los que aparece el número de habitantes de tal pueblo o ciudad, ¿Ya has pensado que, si hay algún Sagrario, debes añadir Uno?
  • Cuando andes de turista, no olvides la actitud de aquel curita bonachón que tomaba el sol plácidamente la tarde de un domingo, aprovechando la solana de su iglesia rural. Parece que se le acercan unos excursionistas y le preguntan:
    • ¿Podría decimos, Sr. Cura, si tiene algo que merezca la pena esta iglesia? Nos han hablado de unos retablos y unos cuadros muy famosos…
    • Pasen, pasen Vds. – les anima el buen sacerdote -. Esta iglesia tiene algo mucho más importante…

    (Y dicen que los llevó hasta el Sagrario. Y que, en dos palabras, les convenció de que Aquél que estaba allí sí que era de verdad importante. Y que luego les contó lo habido y por haber acerca de… los retablos y los cuadros. Y que salieron encantados de «lo visto» y del cura).

A modo de la antífona del Invitatorio con que iniciamos cada día la Liturgia de las Horas, uno mismo, si ora solo, o un lector, si se ora en grupo, va proclamando uno a uno, sucesivos misterios de la vida del Señor. A cuya proclamación se responde:

«Venid, adorémosle; aquí en la Eucaristía».

Sugerimos estos:

  • Al mismo Dios que por el anuncio del Ángel se encarnó en las entrañas de María. Venid, adorémosle, aquí en la Eucaristía.
  • Al mismo Niño que de María nació en Belén y fue envuelto por ésta en unos pañales y reclinado en un pesebre… «Venid…».
  • Al mismo Rey que, postrándose, le adoraron los Magos en el regazo de María… «Venid…».
  • Al mismo Primogénito que fue presentado en el templo por sus padres y que se separó de éstos para cumplir la voluntad del Padre… «Venid…».
  • Al mismo Joven que siempre fue tenido por «hijo de José» y que vivió sumiso y obediente en Nazaret… «Venid…».
  • Al mismo Ungido que fue bautizado por Juan en el Jordán mientras descendía sobre Él el Espíritu de Dios y se oía la voz del Padre que decía: Este es mi Hijo; escuchadle… «Venid…».
  • Al mismo Jesús que se retiró al desierto, ayunó, fue tentado y superó las tentaciones del Maligno… «Venid…».
  • Al mismo Maestro que nos enseñó que en amar y servir a Dios y al prójimo se en-cierra toda la Ley y los Profetas, y que el segundo mandamiento es semejante al primero… «Venid…».
  • Al mismo Salvador que sanó enfermos, resucitó muertos, liberó a los endemoniados y convirtió y perdonó a los pecadores… «Venid…».
  • Al mismo Enviado que anunció a las turbas el Reino de Dios… «Venid…».
  • Al mismo Revolucionario que prometió la felicidad a los pobres, a los limpios de corazón, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los perseguidos por su causa… «Venid…».
  • Al mismo que se transfiguró en vísperas de su Pasión ante sus discípulos… «Venid…».
  • Al mismo Amigo que lloró ante la tumba de Lázaro, pero que al mismo tiempo pro-metió que quien creyese en El no moriría para siempre… «Venid…».
  • Al mismo Hijo de Dios, que habiendo amado a los suyos que estaban en este mundo los amó hasta el extremo, nos mandó que nos amásemos como El nos había amado, y nos dijo que en «eso», sobre todo en «eso», conocerían las gentes que éramos de los suyos… «Venid…».
  • Al mismo Sumo Sacerdote que en la última Cena instituyó el sacerdocio y decidió quedarse con nosotros en el Pan y el Vino hasta el fin de los tiempos… «Venid…».
  • Al mismo Cordero de Dios que consumó su Pasión redentora muriendo en la Cruz por la salvación de todos… «Venid…».
  • Al mismo Señor que, tal como había prometido, resucitó de entre los muertos y se apareció luego repetidamente a los suyos para que no les quedase duda alguna de este hecho, sin el cual, vana es nuestra fe… «Venid…».
  • Al mismo Redentor que subió a los Cielos; pero no sin antes haber asegurado que volvería y haber dejado a los suyos la tarea de ir por el mundo anunciando lo que de El habían visto y oído… «Venid…».
  • Al mismo Jesús que, tal como había pro-metido, no dejó huérfanos a los suyos, sino que el día de Pentecostés les envió su Espíritu… «Venid…».
  • Al mismo que vendrá glorioso y triunfan-te al final de los siglos… «Venid…».
  • Al mismo que nos mandó celebrar su único Sacrificio -el de la Misa- y en él comer y beber su Cuerpo y su Sangre, en memoria suya y hasta que El vuelva… «Venid…». (Pueden hacerse también invocaciones en las que recordemos hechos concretos de nuestra propia historia de salvación.).