En directo – Radio Barcelona

Vivimos de una manera demasiado acelerada, donde las preguntas y las respuestas se cruzan casi sin mirarse. Estamos inmersos en un universo fragmentado, con un horizonte desnudo de verdades. Nos faltan espacios verdes para el encuentro y la contemplación de la naturaleza; estamos dentro de unas zonas de paso, como las grandes superficies comerciales, estaciones, aeropuertos, grandes avenidas , autopistas. Espacios para la circulación rápida, para el automóvil, carentes de identidad histórica y territorial, llenos de ruidos…

Nos empujan en la puerta del metro, en el cambio de semáforo. No aguantamos siete segundos cuando descargamos una página Web, vamos descontrolados. Cuando el teléfono móvil se nos queda sin batería o no tenemos wifi, sentimos ansiedad y estrés. Nunca la tecnología fue tan absorbente; todos tenemos prisa. El miedo al silencio ahuyenta la atención, impera la memoria flotante.

Nos impresiona el silencio, no llegamos a captar el valor comunicativo que tiene.

El silencio no consiste en no hablar, sino en decir las cosas en su debido momento y callar cuando sea necesario. La clave es ser conscientes de la utilización de esos silencios. Un buen silencio viene acompañado de multitud de sonidos, de esos que no se perciben exteriormente. De esos que no salen al exterior, sino que gritan en su interior. Hay silencios que comunican, que hablan, que transmiten sentimientos, emociones, sensaciones… En la armonía interior, se va cultivando el silencio.

Vivimos rodeados de voces que están afectando nuestra mente. En casa, en la calle, en la radio, en la tele, en el móvil, en la cola del supermercado siempre hay quien habla en voz alta, discutiendo o hasta gritando…, la vibración que emiten las palabras tiene efectos tóxicos; vivimos en una sociedad medicalizada, buscando fuera, lo que no encontramos dentro.

El silencio ayuda al equilibrio emocional. El silencio es un verdadero alimento para la mente confusa. Creando espacios de silencio podremos hacer frente a los desafíos de la vida de un modo más ágil, ligero, alegre y definitivamente mejor.

El silencio nos permitirá oír nuestro interior.

La invasión de información excesiva nos abruma y la fugacidad de las noticias hace difícil una auténtica reflexión. Hoy se da mucho el silencio de la indiferencia; pasamos de todo. Es un silencio del bostezo, de la apatía… Guardo silencio porque me alejo de todo. No me importa, no me interesa en absoluto.

Existen otros silencios que nos quitan oxígeno: Silencio de angustia, de culpabilidad, de debilidad, silencio del miedo, la envidia, del orgullo, del rencor… Todos estos silencios nos van enfermando y conduciendo a la incomunicación. Es necesario ir detectando los que más afectan a nuestra historia.

Sabemos que también hay silencios positivos: Silencio de humildad, de admiración, de asombro, silencio de la alegría: cuando uno alcanza la cumbre de la alegría se le colma el corazón y sobra la palabra.

Silencio del amor: es el silencio de la comunión; cuando existe el amor, basta con estar. La presencia todo lo llena. Todo lo colma.

El silencio muestra lo que a veces las palabras ocultan; la palabra siempre es una limitación, mientras que el silencio es todo revelación.

Uno de tantos interrogantes que me han propuesto, es cómo siendo Carmelita Misionera he puesto tanto acento en el silencio. Me encantaría poder desarrollar lo que se me pide, el factor tiempo me lo impide, pero sí, os invito a entrar en nuestra Web: carmelitasmisioneras.org y picar en QUIÉNES SOMOS y NUESTRA MISIÓN.