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	<title>Fichas: Libro de las Fundaciones archivos - Cipecar</title>
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	<title>Fichas: Libro de las Fundaciones archivos - Cipecar</title>
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		<title>Fundaciones (31): Burgos: La fe como luz para caminar en comunidad</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Virtual Revolut OÜ]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 01 Aug 2012 16:45:17 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Fichas: Libro de las Fundaciones]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>1.- Presencias alentadoras en el camino «La gran contradicción que tenía de fundar por este tiempo, por haber estado con una gran enfermedad, que pensaron no viviera, y aún no estaba convalecida; aunque esto no me suele a mí caer tanto en lo que veo que es servicio de Dios, y así no entiendo la [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>1.- Presencias alentadoras en el camino</h3>
<p>«La gran contradicción que tenía de fundar por este tiempo, por haber estado con una gran enfermedad, que pensaron no viviera, y aún no estaba convalecida; aunque esto no me suele a mí caer tanto en lo que veo que es servicio de Dios, y así no entiendo la causa de tanta desgana como yo entonces tenía. Porque si es por poca posibilidad, menos había tenido en otras fundaciones. A mí paréceme era el demonio, después que he visto lo que ha sucedido, y así ha sido ordinario que cada vez que ha de haber trabajo en alguna fundación, como nuestro Señor me conoce por tan miserable, siempre me ayuda con palabras y con obras. He pensado algunas veces cómo en algunas fundaciones que no los ha habido, no me advierte Su Majestad de nada. Así ha sido en esto; que, como sabía lo que se había de pasar, desde luego me comenzó a dar aliento. Sea por todo alabado. Así fue aquí,…que con una manera de reprensión me dijo que de qué temía, que cuándo me había faltado. <strong><em>El mismo soy, no dejes de hacer estas dos fundaciones. </em></strong>Porque queda dicho en la pasada el ánimo con que me dejaron estas palabras, no hay para qué lo tornar a decir aquí, porque luego se me quitó toda la pereza. Por donde parece no era la causa la enfermedad ni la vejez. Así comencé a tratar de lo uno y de lo otro, como queda dicho» (F 31,4).</p>
<blockquote>
<p>¿Te importa saber lo que el Señor quiere de ti?</p>
<p>¿Quién te alienta en los momentos difíciles?</p>
</blockquote>
<h3>2.- Andar en verdad: Conocimiento propio, aceptación de los sentimientos, determinación de ir adonde el Señor nos pida</h3>
<p>«Ir yo a Burgos con tantas enfermedades, que les son los fríos muy contrarios, siendo tan frío, parecióme que no se sufría, que era temeridad andar tan largo camino, acabada casi de venir de tan áspero como he dicho en la venida de Soria, ni el padre Provincial me dejaría. Consideraba que iría bien la Priora de Palencia, que estando llano todo, no había ya que hacer. Estando pensando esto y muy determinada a no ir, díceme el Señor estas palabras, por donde vi que era ya dada la licencia: <em><strong>No hagas caso de estos fríos, que Yo soy la verdadera calor</strong>. El demonio pone todas sus fuerzas por impedir aquella fundación. Ponlas tú de mi parte porque se haga, y no dejes de ir en persona, que se hará gran provecho. </em>Con esto torné a mudar parecer, aunque el natural en cosas de trabajo algunas veces repugna, mas no la determinación de padecer por este gran Dios. Y así le digo que no haga caso de estos sentimientos de mi flaqueza para mandarme lo que fuere servido, que, con su favor, no lo dejaré de hacer. Hacía entonces nieves y fríos. Lo que me acobarda más es la poca salud, que, a tenerla, todo no me parece que se me haría nada. Esta me ha fatigado en esta fundación muy ordinario. El frío ha sido tan poco, al menos el que yo he sentido, que con verdad me parece sentía tanto cuando estaba en Toledo. Bien ha cumplido el Señor su palabra de lo que en esto dijo» (F 31,11-12).</p>
<blockquote>
<p>¿Te acercas a tu vida? ¿Te conoces? ¿Te aceptas?</p>
<p>¿Qué importancia le das a la Palabra de Dios en tu vida?</p>
</blockquote>
<h3>3.- Espejo de la comunidad primitiva</h3>
<p>«Pocos días tardaron en traerme la licencia con cartas de Catalina de Tolosa y su amiga doña Catalina, dando gran prisa, porque temían no hubiese algún desmán, porque habían a la sazón venido allí a fundar la Orden de los victorinos, y la de los calzados del Carmen había mucho que estaban allí procurando fundar; después vinieron los basilios; que era harto impedimento, y cosa para considerar habernos juntado tantos en un tiempo, y también para alabar a nuestro Señor de la gran caridad de este lugar, que les dio licencia la ciudad muy de buena gana, con no estar con la prosperidad que solían. Siempre había yo oído loar la caridad de esta ciudad, mas no pensé llegaba a tanto. Unos favorecían a unos, otros a otros. Mas el Arzobispo miraba por todos los inconvenientes que podía haber y lo defendía, pareciéndole era hacer agravio a las Órdenes de pobreza, que no se podrían mantener; y quizá acudían a él los mismos, o lo inventaba el demonio para quitar el gran bien que hace Dios adonde trae muchos monasterios, porque poderoso es para mantener los muchos como los pocos» (F 31,13).</p>
<blockquote>
<p>¿Cómo vives la crisis?</p>
<p>¿Peligro u oportunidad para la caridad? ¿Posibilidad para la comunión?</p>
</blockquote>
<h3>4.- Intercambio de dones en la comunidad</h3>
<p>«Quiso el padre Provincial ir con nosotras a esta fundación. Parte debía ser estar entonces desocupado, que había predicado el adviento ya y había de ir a visitar a Soria, que después que se fundó no la había visto y era poco rodeo; y parte por mirar por mi salud en los caminos, por ser el tiempo tan recio y yo tan vieja y enferma, y paréceles les importa algo mi vida. Y fue, cierto, ordenación de Dios, porque los caminos estaban tales, que eran las aguas muchas, que fue bien necesario ir él y sus compañeros para mirar por dónde se iba, y ayudar a sacar los carros de los trampales. En especial desde Palencia a Burgos, que fue harto atrevimiento salir de allí cuando salimos. Verdad es que nuestro Señor me dijo que bien podíamos ir, que no temiese, que Él sería con nosotros; aunque esto no lo dije yo al padre Provincial por entonces, mas consolábame a mí en los grandes trabajos y peligros que nos vimos, en especial un paso que hay cerca de Burgos, que llaman unos pontones, y el agua había sido tanta, y lo era muchos ratos, que sobrepujaba sobre estos pontones tanto, que ni se parecían ni se veía por donde ir, sino todo agua, y de una parte y de otra está muy hondo. En fin, es gran temeridad pasar por allí, en especial con carros, que, a trastornar un poco, va todo perdido, y así el uno de ellos se vio en peligro… Gran cosa pasaron los padres que iban allí, porque acertamos a llevar unos carreteros mozos y de poco cuidado. Ir con el padre Provincial lo aliviaba mucho, porque le tenía de todo, y una condición tan apacible, que no parece se le pega trabajo de nada; y así, lo que era mucho lo facilitaba que parecía poco, aunque no los pontones, que no se dejó de temer harto. Porque verse entrar en un mundo de agua, sin camino ni barco, con cuanto nuestro Señor me había esforzado, aún no dejé de temer: ¿qué harían mis compañeras?&#8230; Yo iba con un mal de garganta bien apretado que me dio camino en llegando a Valladolid, y sin quitárseme calentura. Comer, era el dolor harto grande. Esto me hizo no gozar tanto del gusto de los sucesos de este camino. Este mal me duró hasta ahora, que es a fin de junio, aunque no tan apretado, con mucho, mas harto penoso. Todas venían contentas, porque en pasando el peligro, era recreación hablar en él. Es gran cosa padecer por obediencia, para quien tan ordinario la tienen como estas monjas» (F 31,16-17).</p>
<blockquote>
<p>¿Cómo vas por la vida? ¿Solo/a? ¿En comunión?</p>
<p>En la comunidad cristiana, ¿sabes dar y recibir en gratuidad?</p>
</blockquote>
<h3>5.- La confianza en Dios es el baluarte de la comunidad</h3>
<p>«Luego de mañana fue el padre Provincial a pedir la bendición al Ilustrísimo<em> (arzobispo)</em>, que no pensamos había más que hacer. Hallóle tan alterado y enojado de que me había venido sin su licencia, como si no me lo hubiera él mandado ni tratádose cosa en el negocio, y así habló al padre Provincial enojadísimo de mí. Ya que concedió que él había mandado que yo viniese, dijo que yo sola a negociarlo; mas venir con tantas monjas&#8230; ¡Dios nos libre de la pena que le dio!&#8230; Con que despidió al padre Provincial, es con que si no había renta y casa propia que en ninguna manera daría la licencia, que bien nos podíamos tornar. ¡Pues bonitos estaban los caminos y hacía el tiempo! ¡Oh Señor mío, qué cierto es, a quien os hace algún servicio, pagar luego con un gran trabajo! ¡Y qué precio tan precioso para los que de veras os aman, si luego se nos diese a entender su valor! Mas entonces no quisiéramos esta ganancia, porque parece lo imposibilitaba todo… Siempre estuve cierta que era todo para mejor y enredos que ponía el demonio para que no se hiciese, y que Dios había de salir con su obra» (F 31,21-22).</p>
<blockquote>
<p>¿Cómo te las apañas en las pruebas de la vida?</p>
<p>¿Qué eco te dejan?</p>
</blockquote>
<h3>6.- El agradecimiento al Señor y a sus mediadores (La compra de la casa)</h3>
<p>«El licenciado es de muy de buen entendimiento, y veía claro que si se comenzara a divulgar, que nos había de costar mucho más, o no comprarla; y así puso mucha diligencia y tomó la palabra al clérigo tornase allí después de misa. Nosotras nos fuimos a encomendarlo a Dios, el cual me dijo: <strong><em>¿En dineros te detienes?</em>,</strong> dando a entender nos estaba bien. Las hermanas habían pedido mucho a San José que para su día tuviesen casa, y con no haber pensamiento de que la habría tan presto, se lo cumplió… Parece cosa impertinente detenerme tanto en contar la compra de esta casa, y verdaderamente a los que miraban las cosas por menudo no les parecía menos que milagro, así en el precio tan de balde, como en haberse cegado todas las personas de religión que la habían mirado para no la tomar; y como si no hubiera estado en Burgos, se espantaban los que la veían, y los culpaban y llamaban desatinados… Era el rumor de la ciudad de manera, que vimos claro la gran razón que había tenido el buen licenciado de que fuese secreto y de la diligencia que puso; que con verdad podemos decir que, después de Dios, él nos dio la casa. Gran cosa hace un buen entendimiento para todo. Como él le tiene tan grande y le puso Dios la voluntad, acabó con él esta obra…Parecía bien había guardádola nuestro Señor para sí, que casi todo parecía se hallaba hecho. Es verdad, que luego que la vi, y todo como si se hiciera para nosotras, que me parecía cosa de sueño verlo tan presto hecho. Bien nos pagó nuestro Señor lo que se había pasado en traernos a un deleite, porque de huerta y vistas y agua no parece otra cosa. Sea por siempre bendito, amén» (F 31,36-39).</p>
<blockquote>
<p>¿Cómo haces para leer la realidad de cada día con ojos de fe?</p>
<p>¿Cómo se lleva a cabo este discernimiento en tu comunidad cristiana?</p>
</blockquote>
<h3>7.- Es tiempo de caminar con libertad y alegría</h3>
<p>«Y estando pensando en esto una vez después de comulgar, me dijo el Señor: <em><strong>¿En qué dudas?, que ya esto está acabado, bien te puedes ir</strong>,</em> dándome a entender que no les faltaría lo necesario; porque fue de manera, que, como si las dejara muy buena renta, nunca más me dio cuidado. Y luego traté de mi partida, porque me parecía que ya no hacía nada aquí más de holgarme en esta casa, que es muy a mi propósito, y en otras partes, aunque con más trabajo, podía aprovechar más. El Arzobispo y obispo de Palencia se quedaron muy amigos; porque luego el Arzobispo nos mostró mucha gracia y dio el hábito a su hija de Catalina de Tolosa y a otra monja que entró luego aquí, y hasta ahora no nos dejan de regalar algunas personas, ni dejará nuestro Señor padecer a sus esposas, si ellas le sirven como están obligadas. Para esto las dé Su Majestad gracia por su gran misericordia y bondad» (F 31,49).</p>
<blockquote>
<p>¿Cómo valoras la dimensión misionera de la fe?</p>
<p>Diseña una comunidad de discípulos y misioneros</p>
</blockquote>
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<p><a href="/wp-content/uploads/2020/02/5-palabras-que-oye-teresa.pdf" target="_blank" rel="noopener noreferrer">5 PALABRAS QUE OYE TERESA EN LA FUNDACIÓN DE BURGOS</a></p>
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			</item>
		<item>
		<title>Fundaciones (30): Soria: Filigrana de una oración viva</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Virtual Revolut OÜ]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 27 Jun 2012 10:51:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Fichas: Libro de las Fundaciones]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Dame, Señor, un guía. O la alegría de encontrar quien nos entienda en el camino de la oración. «Estando yo en Palencia, en la fundación que queda dicha de allí, me trajeron una carta del obispo de Osma, llamado el Doctor Velázquez, a quien, siendo él canónigo y catedrático en la iglesia mayor de Toledo [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Dame, Señor, un guía.</strong> O la alegría de encontrar quien nos entienda en el camino de la oración. «Estando yo en Palencia, en la fundación que queda dicha de allí, me trajeron una carta del obispo de Osma, llamado el Doctor Velázquez, a quien, siendo él canónigo y catedrático en la iglesia mayor de Toledo y andando yo todavía con algunos temores, procuré tratar, porque sabía era muy gran letrado y siervo de Dios; y así le importuné mucho tomase cuenta con mi alma y me confesase. Con ser muy ocupado, como se lo pedí por amor de nuestro Señor y vio mi necesidad, lo hizo de tan buena gana, que yo me espanté, y me confesó y trató todo el tiempo que yo estuve en Toledo, que fue harto. Yo le traté con toda llaneza mi alma, como tengo de costumbre. Hízome tan grandísimo provecho, que desde entonces comencé a andar sin tantos temores&#8230; Mas, en efecto, me hizo gran provecho, porque me aseguraba con cosas de la Sagrada Escritura, que es lo que más a mí me hace al caso cuando tengo la certidumbre de que lo sabe bien, que la tenía de él, junto con su buena vida» (F 30,1).</p>
<p><strong>En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.</strong> No somos francotiradores. Al tomar conciencia de esto, descubrimos al que obra todo en todos. Por una parte el obispo: «Esta carta (muy enjundiosa) me escribía desde Soria, adonde estaba al presente» (F 30,2). Por otra parte, una señora. «Decíame cómo una señora que allí confesaba le había tratado de una fundación de monasterio de monjas nuestras que le parecía bien; que él había dicho acabaría conmigo que fuese allá a fundarla» (F 30,2). «Llámase esta señora fundadora Doña Beatriz de Beamonte y Navarra&#8230; de claro linaje y muy principal. Fue casada algunos años y no tuvo hijos y quedóle mucha hacienda y había mucho que tenía por sí de hacer un monasterio de monjas» (F 30,3). Precioso retrato. «Es una persona de blanda condición, generosa, penitente; en fin, muy sierva de Dios» (F 30,4). . «Tenía en Soria una casa buena, fuerte, en harto buen puesto; y dijo que nos daría aquélla con todo lo que fuese menester para fundar, y ésta dio con quinientos ducados de juro de a 25 el millar» (F 30,4). Alegría de Teresa. «Yo me holgué harto, porque, dejado ser buena la fundación, tenía deseo de comunicar con él algunas cosas de mi alma, y de verle; que, del gran provecho que la hizo, le había yo cobrado mucho amor» (F 30,2). Otro detalle: la prisa. «Le dio gran prisa para que se pusiese en efecto» (F 30,3).</p>
<p><strong>La importancia de pedir parecer a los superiores, de no obrar a solas.</strong> «Yo lo traté con el padre Provincial, que fue entonces allí; y a él y a todos los amigos les pareció escribiese con un propio viniesen por mí; porque ya estaba la fundación de Palencia acabada, y yo que me holgué harto de ello, por lo dicho» (F 30,4). El gozo de caminar en compañía: «siete&#8230; y una freila, y mi compañera y yo&#8230; dos padres Descalzos» (F 30,5). Uno le gusta mucho. «Así llevé al padre Nicolás de Jesús María, hombre de mucha perfección y discreción, natural de Génova. Tomó el hábito ya de más de cuarenta años&#8230; mas ha aprovechado tanto en poco tiempo, que bien parece le escogió nuestro Señor para que en estos tan trabajosos de persecuciones ayudase a la Orden, que ha hecho mucho; porque los demás que podían ayudar, unos estaban desterrados, otros encarcelados. De él, como no tenía oficio, que había poco como digo que estaba en la Orden, no hacían tanto caso, o lo hizo Dios para que me quedase tal ayuda» (F 30,5). «Es tan discreto, que se estaba en Madrid en el monasterio de los Calzados, como para otros negocios, con tanta disimulación, que nunca le entendieron trataba de éstos, y así le dejaban estar. Escribíamonos a menudo&#8230; y tratábamos lo que convenía, que esto le daba consuelo. Aquí se verá la necesidad en que estaba la Orden, pues de mí se hacía tanto caso, a falta como dicen, de hombres buenos. En todos estos tiempos experimenté su perfección y discreción; y así es de los que yo amo mucho en el Señor y tengo en mucho, de esta Orden. Pues él y un compañero lego fueron con nosotras» (F 30,6).</p>
<p><strong>¿En qué está la verdadera unión con la voluntad de Dios?</strong> «En que si vieres loar mucho a una persona te alegres más mucho que se te loasen a ti&#8230; Esta alegría de que se entiendan las virtudes de las hermanas es gran cosa» (M V,3,11). «Tuvo poco trabajo en este camino; porque el que envió el Obispo nos llevaba con harto regalo y ayudó a poder dar buenas posadas, que en entrando en el obispado de Osma querían tanto al Obispo, que, en decir que era cosa suya, nos las daban buenas. El tiempo lo hacía. Las jornadas no eran grandes. Así poco trabajo se pasó en este camino, sino contento; porque en oír yo los bienes que decían de la santidad del Obispo, me le daba grandísimo. Llegamos al Burgo, miércoles antes del día octavo del Santísimo Sacramento. Comulgamos allí el jueves, que era la octava. Otro día, como llegamos y comimos allí, porque no se podía llegar a Soria otro día, aquella noche tuvimos en una iglesia, que no hubo otra posada, y no se nos hizo mala. Otro día oímos allí misa y llegamos a Soria como a las cinco de la tarde» (F 30,7).</p>
<p><strong>La gratuidad manifestada en una fiesta de detalles.</strong>El obispo, la señora, la gente esperando. «Estaba el santo Obispo a una ventana de su casa, que pasamos por allí, de donde nos echó su bendición, que no me consoló poco porque de prelado y santo, tiénese en mucho. (F 30,5-7). «Estaba aquella señora, nuestra fundadora esperándonos a la puerta de su casa, que era adonde se había de fundar el monasterio. No vimos la hora que entrar en ella, porque era mucha la gente. Esto no era cosa nueva, que en cada parte que vamos, como el mundo es tan amigo de novedades, hay tanto, que a no llevar velos delante del rostro, sería trabajo grande; con esto se puede sufrir. Tenía aquella señora aderezada una sala muy grande y muy bien, adonde se había de decir la misa» (F 30,8). «Todo lo que habíamos menester tenía muy cumplido aquella señora, y dejónos en aquel cuarto, adonde estuvimos recogidas, hasta que se hizo el pasadizo, que duró hasta la Transfiguración. Aquel día se dijo la primera misa en la iglesia con harta solemnidad y gente. Predicó un Padre de la Compañía» (F 30,9).</p>
<p><strong>Frutos de la oración: aceptar con paz los planes del Señor, querer servirle, entereza en la justicia aun a costa de persecuciones, hacer el bien a los que te hacen el mal.</strong>«El Obispo era ya ido al Burgo, porque no pierde día ni hora sin trabajar, aunque no estaba bueno, que le había faltado la vista de un ojo; que esta pena tuve allí, que se me hacía gran lástima que vista que tanto aprovechaba en el servicio de nuestro Señor se perdiese. Juicios son suyos. Para dar más a ganar a su siervo debía ser, porque él no dejaba de trabajar como antes y para probar la conformidad que tenía con su voluntad. Decíame que no le daba más pena que si lo tuviera su vecino, que algunas veces pensaba que no le parecía le pesaría si se le perdía la vista del otro; porque se estaría en una ermita sirviendo a Dios, sin más obligación. Siempre fue éste su llamamiento antes que fuese obispo, y me lo decía algunas veces, y estuvo casi determinado a dejarlo todo e irse» (F 30,9).</p>
<p>«Yo no lo podía llevar, por parecerme que sería de gran provecho en la Iglesia de Dios, y así deseaba lo que ahora tiene, aunque el día que le dieron el obispado, como me lo envió a decir luego, me dio un alboroto muy grande, pareciéndome le veía con una grandísima carga y no me podía valer ni sosegar, y fuile a encomendar al coro a nuestro Señor. Su Majestad me sosegó luego, que me dijo que sería muy en servicio suyo, y vase pareciendo bien. Con el mal del ojo que tiene y otros algunos bien penosos, y el trabajo que es ordinario, ayuna cuatro días a la semana, y otras penitencias. Su comer es de bien poco regalo. Cuando anda a visitar, es a pie, que sus criados no lo pueden llevar, y se me quejaban. Estos han de ser virtuosos, o no estar en su casa. Fía poco de que negocios graves pasen por provisores, y aun pienso todos, sino que pase por su mano. Tuvo dos años allí al principio las más bravas persecuciones de testimonios, que yo me espantaba; porque en caso de hacer justicia, es entero y recto. Ya éstas iban cesando; aunque han ido a corte y adonde pensaban le podían hacer mal. Mas como se va ya entendiendo el bien en todo el obispado, tienen poca fuerza, y él lo ha llevado todo con tanta perfección, que los ha confundido, haciendo bien a los que sabía le hacían mal. Por mucho que tenga que hacer, no deja de procurar tiempo para tener oración. (F 30,8-10). «Parece que me voy embebiendo en decir bien de este santo, y he dicho poco. Mas para que se entienda quién es el principio de la fundación de la Santísima Trinidad de Soria y se consuelen las que hubiere de haber en él, no se ha perdido nada, que las de ahora bien entendido lo tienen» (F 30,11).</p>
<p><strong>Una pista de luz para el camino: «Adonde hay virtud de raíz, hacen poco las ocasiones».</strong>«Pues acabadas de pasarnos a la iglesia y de aderezar lo que era menester para la clausura, había necesidad que yo fuese al monasterio de San José de Ávila, y así me partí luego con harta gran calor. Y el camino que había era muy malo para carro. Fue conmigo un racionero de Palencia, llamado Ribera, que fue en extremo lo que me ayudó en la labor del pasadizo y en todo&#8230; Le dio Dios tanta voluntad de hacernos bien, que se puede encomendar a Su Majestad con los bienhechores de la Orden» (F 30,12).</p>
<p>«Yo no quise viniese otro con mi compañera y conmigo, porque es tan cuidadoso que me bastaba, y mientras menos ruido, mejor me hallo por los caminos. En éste pagué lo bien que había ídome en la ida. Porque, aunque quien iba con nosotras sabía el camino hasta Segovia, no el camino de carro. Y así nos llevaba este mozo por partes que veníamos a apearnos muchas veces, y llevaban el carro casi en peso por unos despeñaderos grandes. Si tomábamos guías, llevábannos hasta adonde sabían había buen camino, y un poco antes que viniese el malo, dejábannos, que decían tenían que hacer. Primero que llegásemos a una posada, como no había certidumbre, habíamos pasado mucho sol y aventura de trastornarse el carro muchas veces. Yo tenía pena por el que iba con nosotras, porque ya que nos habían dicho que íbamos bien, era menester tornar a desandar lo andado. Mas él tenía la virtud tan de raíz, que nunca me parece le vi enojado, que me hizo espantar mucho y alabar a nuestro Señor; que adonde hay virtud de raíz, hacen poco las ocasiones. Yo le alabo de cómo fue servido sacarnos de aquel camino» (F 30,13).</p>
<p><strong>Resumen de todo: Deo gracias.</strong> «Llegamos a San José de Segovia víspera de San Bartolomé, adonde estaban nuestras monjas penadas por lo que tardaba, que, como el camino era tal, fue mucho. Allí nos regalaron, que nunca Dios me da trabajo que no le pague luego, y descansé ocho y más días. Mas esta fundación fue tan sin ningún trabajo, que de éste no hay que hacer caso, porque no es nada. Vine contenta por parecerme tierra adonde espero en la misericordia de Dios se ha de servir de que esté allí, como ya se va viendo. Sea para siempre bendito y alabado por todos los siglos de los siglos, amén. Deo gracias. (F 30,11-14).</p>
<p><a href="/presentaciones/Fundacion_de_Soria.ppsx">Fundación de Soria</a></p>
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		<title>Fundaciones (29): Palencia: Gente es de la mejor masa y nobleza que yo he visto</title>
		<link>https://cipecar.org/maestros-de-oracion/santa-teresa-de-jesus/fichas-libro-de-las-fundaciones/fundaciones-29-palencia-gente-es-de-la-mejor-masa-y-nobleza-que-yo-he-visto/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Virtual Revolut OÜ]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 12 Jun 2012 16:48:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Fichas: Libro de las Fundaciones]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Cuando una no está para nada. «Llegada a Valladolid, diome una enfermedad tan grande que pensaron muriera. Quedé tan desganada y tan fuera de parecerme podría hacer nada» (F 29,1). La importuna la priora de Valladolid para que funde en Palencia, pero «no podía persuadirme, ni hallaba principio» (F 29,1). «Eran muchos los inconvenientes que [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Cuando una no está para nada.</strong> «Llegada a Valladolid, diome una enfermedad tan grande que pensaron muriera. Quedé tan desganada y tan fuera de parecerme podría hacer nada» (F 29,1). La importuna la priora de Valladolid para que funde en Palencia, pero «no podía persuadirme, ni hallaba principio» (F 29,1). «Eran muchos los inconvenientes que hallaba» (F 29,2).</p>
<p>«Uno de los grandes trabajos y miserias de la vida me parece éste, cuando no hay espíritu grande que le sujete; porque tener mal y padecer grandes dolores, aunque es trabajo, si el alma está despierta, no lo tengo en nada, porque está alabando a Dios, y con considerar viene de su mano. Mas por una parte padeciendo y por otra no obrando, es terrible cosa, en especial si es alma que se ha visto con grandes deseos de no descansar interior ni exteriormente, sino emplearse toda en servicio de su gran Dios. Ningún otro remedio tiene aquí sino paciencia y conocer su miseria y dejarse en la voluntad de Dios, que se sirva de ella en lo que quisiere y como quisiere» (F 29,3). «La flaqueza era tanta, que aun la confianza que me solía dar Dios en haber de comenzar estas fundaciones tenía perdida. Todo se me hacía imposible» (F 29,3).</p>
<p><strong>La importancia de los amigos.</strong> Es don muy grande del Señor, «no sé cómo encarecer la importancia de los amigos» (V 7,20), «encontrar alguna persona que eme animara» (F 29,3). ¿Cómo orar y vivir sin su compañía y aliento? «Si Dios no diera los buenos amigos que nos dio, todo no era nada» (F 29,12). «El mismo Señor, como se ha visto en las demás fundaciones, toma en cada parte quien le ayude, que ya ve Su Majestad lo poco que yo puedo hacer» (F 29,8). Aparecen muchos en el relato: el obispo, D. Álvaro de Mendoza, «que siempre, en todo lo que toca a esta Orden, favorece&#8230; púsole nuestro Señor en voluntad que allí hiciese otro de esta sagrada Orden» (F 29,1); «el buen canónigo Reinoso trajo otro amigo suyo, llamado el canónigo Salinas, de gran caridad y entendimiento» (F 29,12); a ellos llama. «estos santos amigos de la Virgen» (F 29,25); «un padre de la Compañía, llamado el maestro Ripalda, con quien yo me había confesado un tiempo, gran siervo de Dios. Yo le dije cuál estaba y que a él le quería tomar en lugar de Dios, que me dijese lo que le parecía. Él comenzóme a animar mucho» (F 29,4); el provisor Prudencio, que «es de tanta caridad con nosotras» (F 29,26).</p>
<p><strong>Que no saben decirme lo que quiero.</strong> Solo el Señor tiene la palabra y el ánimo verdaderos. «Ahora venga el verdadero calor, pues no bastan las gentes ni los siervos de Dios; adonde se entenderá muchas veces no ser yo quien hace nada en estas fundaciones, sino quien es poderoso para todo» (F 29,5). El Señor es quien sosiega la casa. «Estando yo un día, acabando de comulgar, puesta en estas dudas y no determinada a hacer ninguna fundación, había suplicado a nuestro Señor me diese luz para que en todo hiciese yo su voluntad; que la tibieza no era de suerte que jamás un punto me faltaba este deseo. Díjome nuestro Señor con una manera de reprensión: <em>¿Qué temes? ¿Cuándo te he yo faltado? El mismo que he sido, soy ahora; no dejes de hacer estas dos fundaciones. </em>¡Oh gran Dios!, ¡y cómo son diferentes vuestras palabras de las de los hombres! Así quedé determinada y animada, que todo el mundo no bastara a ponerme contradicción, y comencé luego a tratar de ello, y comenzó nuestro Señor a darme medios. (F 29,6). «Tomé dos monjas para comprar la casa» (F 29,7). «Pues Dios decía que se hiciese, que Su Majestad lo proveería. Y así, aunque no estaba del todo tornada en mí, me determiné a ir, con ser el tiempo recio» (F 29,7).</p>
<p>«Bendito sea el que me dio luz en esto, para siempre jamás; y así me la da en si alguna cosa acierto a hacer bien, que cada día me espanta más el poco talento que tengo en todo. Y esto no se entienda que es humildad, sino que cada día lo voy viendo más: que parece quiere nuestro Señor conozca yo y todos que sólo es Su Majestad el que hace estas obras, y que, como dio vista al ciego con lodo, quiere que a cosa tan ciega como yo haga cosa que no lo sea&#8230; Bendita sea su misericordia, amén» (F 29,24).</p>
<p><strong>A vueltas con la casa.</strong> «Está en el pueblo una casa de mucha devoción de nuestra Señora, como ermita, llamada nuestra Señora de la Calle. En toda la comarca y ciudad es grande la devoción que se le tiene y la gente que acude allí (F 29,13). Pero las casas adyacentes están destartaladas. Sus amigos le buscan otra mejor. Ya tiene una buena y otra mala. Pero la mala es en la que «se sirven nuestro Señor y su gloriosa Madre allí y que se quitan hartas ocasiones. Porque eran muchas las velas de noche, adonde, como no era sino sola ermita, podían hacer muchas cosas que el demonio le pesaba se quitasen» (F 29,23). ¿Qué hacer? Teresa se inclina por la que cree mejor. Pero «fui a recibir el Santísimo Sacramento, y luego en tomándole entendí estas palabras, de tal manera que me hizo determinar del todo a no tomar la que pensaba, sino la de nuestra Señora: <em>Esta te conviene&#8230; </em>Yo comencé a parecerme cosa recia en negocio tan tratado y que tanto querían los que lo miraban con tanto cuidado. Respondióme el Señor: <em>No entienden ellos lo mucho que soy ofendido allí, y esto será gran remedio.</em> Pasóme por pensamiento no fuese engaño, aunque no para creerlo, que bien conocía en la operación que hizo en mí, que era espíritu de Dios. Díjome luego: <em>Yo soy. </em>Quedé muy sosegada y quitada la turbación que antes tenía» (F 29,18-19). «Ello se ve claro ponía en muchas cosas ceguedad el demonio, porque hay allí muchas comodidades que no se hallaran en otra parte y grandísimo contento de todo el pueblo, que lo deseaban, y aun los que querían fuésemos a la otra, les parecía después muy bien» (F 29,23).</p>
<p> <strong>El arcaduz humano.</strong> Pero el Señor quiere que todo pase por el arcaduz humano, aun siendo éste tan pobre. «Tomé este remedio: yo me confesaba con el canónigo Reinoso&#8230; y como lo he acostumbrado siempre en estas cosas hacer lo que el confesor me aconsejare, por ir camino más seguro, determiné de decírselo debajo de mucho secreto, aunque no me hallaba yo determinada en dejar de hacer lo que había entendido sin darme harta pesadumbre. Mas, en fin, lo hiciera, que yo fiaba de nuestro Señor lo que otras veces he visto, que Su Majestad muda al confesor, aunque esté de otra opinión, para que haga lo que El quiere» (F 29,20).</p>
<p>«Díjele primero las muchas veces que nuestro Señor acostumbraba enseñarme así y que hasta entonces se habían visto muchas cosas en que se entendía ser espíritu suyo, y contéle lo que pasaba; mas que yo haría lo que a él le pareciese, aunque me sería pena. El es muy cuerdo y santo y de buen consejo en cualquiera cosa, aunque es mozo; y aunque vio había de ser nota, no se determinó a que se dejase de hacer lo que se había entendido» (F 29,21).</p>
<p><strong>La presencia alentadora del pueblo de Dios.</strong> En varias ocasiones, a lo largo del relato, se vuelve Teresa, llena de agradecimiento, al pueblo de Palencia. «Fue tanto el contento que mostró el pueblo y tan general, que fue cosa muy particular, porque ninguna persona hubo que le pareciese mal. Mucho ayudó saber lo quería el Obispo, por ser allí muy amado. Mas toda la gente es de la mejor masa y nobleza que yo he visto, y así cada día me alegro más de haber fundado allí» (F 29,11). «Yo no querría dejar de decir muchos loores de la caridad que hallé en Palencia, en particular y general. Es verdad que me parecía cosa de la primitiva Iglesia, al menos no muy usada ahora en el mundo, ver que no llevábamos renta y que nos habían de dar de comer, y no sólo no defenderlo, sino decir que les hacía Dios merced grandísima. Y si se mirase con luz, decían verdad; porque, aunque no sea sino haber otra iglesia adonde está el Santísimo Sacramento más, es mucho» (F 29,27). «Es gente virtuosa la de aquel lugar, si yo la he visto en mi vida» (F 29,13).</p>
<p>«¡Sea por siempre bendito, amén!, que bien se va entendiendo se ha servido de que esté allí y que debía haber algunas cosas de impertinencias que ahora no se hacen; porque, como velaban allí mucha gente y la ermita estaba sola, no todos iban por devoción. Ello se va remediando. La imagen de nuestra Señora estaba puesta muy indecentemente. Hale hecho capilla por sí el obispo Don Álvaro de Mendoza, y poco a poco se van haciendo cosas en honra y gloria de esta gloriosa Virgen y su Hijo. ¡Sea por siempre alabado, amén, amén!» (F 29,28).</p>
<p>Las acciones de Dios van envueltas en fiesta. «Pues acabada de aderezar la casa para el tiempo de pasar allá las monjas, quiso el obispo fuese con gran solemnidad. Y así fue un día de la octava del Santísimo Sacramento, que él mismo vino de Valladolid, y se juntó al Cabildo con las Órdenes, y casi todo el lugar. Mucha música. Fuimos, desde la casa adonde estábamos todas, en procesión, con nuestras capas blancas y velos delante del rostro, a una parroquia que estaba cerca de la casa de nuestra Señora, que la misma imagen vino también por nosotras, y de allí tomamos el Santísimo Sacramento y se puso en la iglesia con mucha solemnidad y concierto. Hizo harta devoción. Iban más monjas, que habían venido allí para la fundación de Soria, y con candelas en las manos. Yo creo fue el Señor harto alabado aquel día en aquel lugar. Plega a Él para siempre lo sea de todas las criaturas, amén, amén». (F 29,29).</p>
<p><strong>Uno de los grandes gozos.</strong> «Estando en Palencia, fue Dios servido que se hizo el apartamiento de los Descalzos y Calzados, haciendo provincia por sí, que era todo lo que deseábamos para nuestra paz y sosiego&#8230; Eligieron por provincial al padre maestro fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios» (F 29,30). «Me dio a mí uno de los grandes gozos y contentos que podía recibir en esta vida&#8230; el gozo que vino a mi corazón y el deseo que yo tenía que todo el mundo alabase a nuestro Señor» (F 29,31). «Ahora estamos todos en paz, Calzados y Descalzos. No nos estorba nadie a servir a nuestro Señor. Por eso, hermanos y hermanas mías, pues tan bien ha oído sus oraciones, prisa a servir a Su Majestad&#8230; Ahora comenzamos y procuren ir comenzando siempre de bien en mejor. Miren que por muy pequeñas cosas va el demonio barrenando agujeros por donde entren las muy grandes. No les acaezca decir: &#8216;En esto no va nada, que son extremos&#8217;. ¡Oh hijas mías, que en todo va mucho, como no sea ir adelante!» (F 29,32).</p>
<p>«Por amor de nuestro Señor les pido se acuerden cuán presto se acaba todo y la merced que nos ha hecho nuestro Señor a traernos a esta Orden, y la gran pena que tendrá quien comenzare alguna relajación. Sino que pongan siempre los ojos en la casta de donde venimos, de aquellos santos Profetas. ¡Qué de santos tenemos en el cielo que trajeron este hábito! Tomemos una santa presunción, con el favor de Dios, de ser nosotros como ellos. Poco durará la batalla, hermanas mías, y el fin es eterno. Dejemos estas cosas que en sí no son, si no es las que nos allegan a este fin que no tiene fin, para más amarle y servirle, pues ha de vivir para siempre jamás, amén, amén. A Dios sean dadas gracias» (F 29,33).</p>
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		<title>Fundaciones (28): Villanueva de la Jara</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Virtual Revolut OÜ]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 26 May 2012 17:01:05 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Fichas: Libro de las Fundaciones]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Orar en tiempos difíciles.La oración se realiza en todo tiempo.Es posible vivir la confianza en Dios en medio de la bonanza y en medio de la prueba. «Cesaron las fundaciones por más de cuatro años. La causa fue que comenzaron grandes persecuciones muy de golpe a los Descalzos y Descalzas&#8230; que estuvo a punto de [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Orar en tiempos difíciles.</strong>La oración se realiza en todo tiempo.Es posible vivir la confianza en Dios en medio de la bonanza y en medio de la prueba. «Cesaron las fundaciones por más de cuatro años. La causa fue que comenzaron grandes persecuciones muy de golpe a los Descalzos y Descalzas&#8230; que estuvo a punto de acabarse todo» (F 28,1).</p>
<p>Falsos testimonios malean la bondad del General, pero las contradicciones no quiebran el corazón orante. «Le pusieron de suerte que ponía mucho porque no pasasen adelante los Descalzos, que con los monasterios de las monjas siempre estuvo bien» (F 28,2). Teresa está entre dos fuegos: «Porque dejar de ayudar a que fuese adelante obra adonde yo claramente veía servirse nuestro Señor y acrecentarse nuestra Orden, no me lo consentían muy grandes letrados con quien me confesaba y aconsejaba, e ir contra lo que veía quería mi prelado, érame una muerte» (F 28,2).</p>
<p>La persecución no ensucia la mirada de Teresa. «Murió un Nuncio santo que favorecía mucho la virtud, y así estimaba los Descalzos. Vino otro que parecía le había enviado Dios para ejercitarnos en padecer. Era algo deudo del Papa, y debe ser siervo de Dios&#8230; enteróse mucho en que era bien no fuesen adelante estos principios, y así comenzó a ponerlo por obra con grandísimo rigor, condenando a los que le pareció le podían resistir, encarcelándolos, desterrándolos» (F 28,3).</p>
<p>En medio de la tormenta, ve Teresa la mano de Dios. «Bien se entendía venir todo de Dios y que lo permitía Su Majestad para mayor bien y para que fuese más entendida la virtud de estos Padres, como lo ha sido» (F 28,5). «Sea Dios alabado, que favorece la verdad» (F 28,6). En estas circunstancias era impensable fundar. «¡Ya veréis, hermanas, el lugar que había para fundar! Todas nos ocupábamos en oraciones y penitencias sin cesar, para que lo fundado llevase Dios adelante, si se había de servir de ello» (F 28,7).</p>
<p><strong>Fundación en la prueba.</strong>«En el principio de estos grandes trabajos&#8230; estando yo en Toledo, que venía de la fundación de Sevilla, año de 1576, me llevó cartas un clérigo de Villanueva de la Jara del ayuntamiento de este lugar, que iba a negociar conmigo admitiese para monasterio nueve mujeres que se habían entrado juntas en una ermita de la gloriosa Santa Ana que había en aquel pueblo, con una casa pequeña cabe ella, algunos años había, y vivían con tanto recogimiento y santidad, que convidaba a todo el pueblo a procurar cumplir sus deseos, que eran ser monjas» (F 28,8).</p>
<p>Catarata de razones en contra. «A mí me pareció cosa que en ninguna manera convenía admitirla por estas razones: la primera, por ser tantas, y parecíame cosa muy dificultosa, mostradas a su manera de vivir, acomodarse a la nuestra. La segunda, porque no tenía casi nada para poderse sustentar, y el lugar no es poco más de mil vecinos, que para vivir de limosna es poca ayuda; aunque el ayuntamiento se ofrecía a sustentarlas, no me parecía cosa durable. La tercera, que no tenían casa. La cuarta, lejos de estotros monasterios. Quinta, y que aunque me decían eran muy buenas, como no las había visto no podía entender si tenían los talentos que pretendemos en estos monasterios; y así me determiné a despedirlo del todo» (F 28,9). Pide consejo, como hace siempre, a un letrado, el Doctor Velásquez. «Díjome que no lo despidiese, sino que respondiese bien; porque cuando tantos corazones juntaba Dios en una casa, que se entendía se había de servir de ella. Yo lo hice así, que ni lo admití del todo ni lo despedí&#8230; Cuando respondía, nunca podía responder del todo mal» (F 20,10).</p>
<p>Dos descalzos «comenzaron a tratar con estas santas hermanas. Y aficionados de su virtud&#8230; tomaron este negocio por propio y comenzaron a persuadirme con mucha fuerza con cartas» (F 28,11). Teresa teme que un grupo no se entienda con el otro y que no tengan para mantenerse. «Después he entendido era el demonio, que con haberme el Señor dado ánimo, me tenía con tanta pusilanimidad entonces, que no parece confiaba nada de Dios» (F 28,14).</p>
<p>La fuerza de la palabra del Señor. «Acabando un día de comulgar y estándolo encomendando a Dios, como hacía muchas veces&#8230;me hizo Su Majestad una gran reprensión, diciéndome que con qué tesoros se había hecho lo que estaba hecho hasta aquí; que no dudase de admitir esta casa, que sería para mucho servicio suyo y aprovechamiento de las almas» (F 28,15). «Como son tan poderosas estas palabras de Dios, que no sólo las entiende el entendimiento, sino que le alumbra para entender la verdad, y dispone la voluntad para querer obrarlo, así me acaeció a mí; que no sólo gusté de admitirlo, sino que me pareció había sido culpa tanto detenerme y estar tan asida a razones humanas, pues tan sobre razón he visto lo que Su Majestad ha obrado por esta sagrada Religión» (F 28,16).</p>
<p>El Señor es poderoso. Cuando se le sirve, nada se pone delante. «Vinieron por nosotras el padre fray Antonio de Jesús y el padre prior fray Gabriel de la Asunción&#8230; Fue Dios servido de hacer tan buen tiempo y darme tanta salud, que parecía nunca había tenido mal; que yo me espantaba y consideraba lo mucho que importa no mirar nuestra flaca disposición cuando entendemos se sirve el Señor, por contradicción que se nos ponga delante, pues es poderoso de hacer de los flacos fuertes y de los enfermos sanos&#8230; ¿Para qué es la vida y la salud, sino para perderla por tan gran Rey y Señor? Creedme, hermanas, que jamás os irá mal en ir por aquí» (F 28,18).</p>
<p>«Yo confieso que mi ruindad y flaqueza muchas veces me ha hecho temer y dudar; mas no me acuerdo ninguna, después que el Señor me dio hábito de Descalza, ni algunos años antes, que no me hiciese merced, por su sola misericordia, de vencer estas tentaciones y arrojarme a lo que entendía era mayor servicio suyo, por dificultoso que fuese. Bien claro entiendo que era poco lo que hacía de mi parte, mas no quiere más Dios de esta determinación para hacerlo todo de la suya. Sea por siempre bendito y alabado, amén» (F 28,19).</p>
<p><strong>Un convento de frailes entre el halo de santidad de «la pecadora».</strong> «Habíamos de ir al monasterio de nuestra Señora del Socorro&#8230; Está esta casa en un desierto y soledad harto sabrosa; y como llegamos cerca, salieron los frailes a recibir a su Prior con mucho concierto. Como iban descalzos y con sus capas pobres de sayal, hiciéronnos a todas devoción, y a mí me enterneció mucho pareciéndome estar en aquel florido tiempo de nuestros santos Padres. Parecían en aquel campo unas flores blancas olorosas, y así creo yo lo son a Dios, porque, a mi parecer, es allí servido muy a las veras. Entraron en la iglesia con un <em>Te Deum</em> y voces muy mortificadas. La entrada de ella es debajo de tierra, como por una cueva, que representaba la de nuestro Padre Elías. Cierto, yo iba con tanto gozo interior, que diera por muy bien empleado más largo camino; aunque me hizo harta lástima ser ya muerta la santa por quien nuestro Señor fundó esta casa, que no merecí verla, aunque lo deseé mucho» (F 28,20). «Se llamaba ella doña Catalina de Cardona. Después de algunas veces que me escribió, sólo firmaba &#8216;la Pecadora'» (F 28,21).</p>
<p>Un canto a la misericordia. «Yo me consolé muy mucho lo que allí estuve, aunque con harta confusión, y me dura; porque veía que la que había hecho allí la penitencia tan áspera era mujer como yo, y más delicada, por ser quien era y no tan gran pecadora como yo soy; que en esto, de la una a la otra no se sufre comparación, y he recibido muy mayores mercedes de nuestro Señor de muchas maneras, y no me tener ya en el infierno, según mis grandes pecados, es grandísima. Sólo el deseo de remedarla, si pudiera, me consolaba, mas no mucho; porque toda mi vida se me ha ido en deseos y las obras no las hago. Válgame la misericordia de Dios, en quien yo he confiado siempre por su Hijo sacratísimo y la Virgen nuestra Señora, cuyo hábito por la bondad del Señor traigo» (F 28,35).</p>
<p><strong>Apoteosis final.</strong> «Llegamos el domingo primero de la cuaresma&#8230; año de 1580, a Villanueva de la Jara. Este mismo día se puso el Santísimo Sacramento en la iglesia de la gloriosa Santa Ana, a la hora de misa mayor. Saliéronnos a recibir todo el ayuntamiento&#8230; Era tanta la alegría de todo el pueblo, que me hizo harta consolación ver con el contento que recibían la Orden de la sacratísima Virgen Señora nuestra. Desde lejos oíamos el repicar de las campanas. Entradas en la iglesia, comenzaron el <em>Te Deum,</em> un verso la capilla de canto de órgano, y otro el órgano» (F 28,37).</p>
<p>«A mí me hizo alabar a nuestro Señor, y mientras más las trataba más contento me daba haber venido&#8230; Gran cosa puede la santidad y virtud» (F 28,43). «La misericordia de Dios es tan grande que no dejará de favorecer la casa de su gloriosa abuela. Plega a Su Majestad que sea siempre servido en ella, y le alaben todas las criaturas por siempre jamás, amén» (F 28,45).</p>
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		<title>Fundaciones (27): Caravaca ¿Punto y final?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Virtual Revolut OÜ]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 10 May 2012 12:58:41 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Fichas: Libro de las Fundaciones]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El Espíritu mueve los hilos. Se sirve de muchos, relaciona a unos con otros para llevar a cabo su proyecto. El movimiento que hay en este texto es paradigmático. Teresa está en Ávila. «Llega un mensajero propio, que le enviaba una señora de allí, llamada doña Catalina, porque se habían ido a su casa desde [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El Espíritu mueve los hilos.</strong> Se sirve de muchos, relaciona a unos con otros para llevar a cabo su proyecto. El movimiento que hay en este texto es paradigmático. Teresa está en Ávila. «Llega un mensajero propio, que le enviaba una señora de allí, llamada doña Catalina, porque se habían ido a su casa desde un sermón que oyeron a un padre de la Compañía de Jesús tres doncellas con determinación de no salir hasta que se fundase un monasterio en el mismo lugar&#8230; Tenían noticia de ésta que ha hecho nuestro Señor en fundar estos monasterios, que se la habían dado de la Compañía de Jesús, que siempre han favorecido y ayudado a ella» (F 27,1). «Yo, como vi el deseo y hervor de aquellas almas, y que de tan lejos iban a buscar la Orden de nuestra Señora, hízome devoción y púsome deseo de ayudar a su buen intento» (F 27,2). «Mas como el Señor tenía determinado otra cosa, aprovecharon poco mis trazas» (F 27,2).</p>
<p>Caravaca está lejos. Los deseos de la Madre Teresa, poco conocedora de aquella geografía, se debilitan. Le importa mucho que la comunidad no quede aislada. «Verdad es que, como yo me informé en Beas de adónde era y vi ser tan a trasmano y de allí allá tan mal camino, que habían de pasar trabajo los que fuesen a visitar las monjas, y que a los prelados se les haría de mal, tenía bien poca gana de ir a fundarle» (F 27,3). Pero las candidatas, como la mujer sirofenicia del evangelio, «estaban tan firmes&#8230; que supieron tan bien granjear al padre Julián de Ávila y Antonio Gaytán, que antes que se vinieron dejaron hechas las escrituras, y se vinieron dejándolas muy contentas; y ellos lo vinieron tanto de ellas y de la tierra&#8230; a la verdad, se les puede a ellos agradecer esta fundación» (F 27,4).</p>
<p>Caravaca y Beas pertenecen a la Orden de Santiago. Las pretensiones de éstos chocan con el proyecto de Teresa. Escribe al Rey. Éste le responde. Ella queda agradecida, ora intercediendo. «Mas hízome tanta merced el Rey, que en escribiéndole yo, mandó que se diese, que es al presente Don Felipe, tan amigo de favorecer los religiosos que entienden que guardan su profesión, que, como hubiese sabido la manera del proceder de estos monasterios, y ser de la primera Regla, en todo nos ha favorecido. Y así, hijas, os ruego yo mucho, que siempre se haga particular oración por Su Majestad, como ahora la hacemos» (F 27,6).</p>
<p><strong>La fundación llena de alegría al pueblo.</strong> Teresa delega funciones. «Como yo estaba tan lejos y con tantos trabajos, no podía remediarlas, y habíales harta lástima&#8230; (F 27,7). «Acordó el padre maestro fray Jerónimo Gracián&#8230; que fuesen las monjas que allí habían de fundar, aunque no fuese yo&#8230; Procuré que fuese priora de quien yo confiaba lo haría muy bien, porque es harto mejor que yo» (F 27,8). Era a finales de diciembre. Hacía mal tiempo. «Llegadas allá, fueron recibidas con gran contento del pueblo, en especial de las que estaban encerradas. Fundaron el monasterio, poniendo el Santísimo Sacramento día del Nombre de Jesús, año de 1576. Luego tomaron las dos hábito» (F 27,9).</p>
<p><strong>Una forma de leer los hechos de la vida con la mirada teologal.</strong> Sale a la luz lo interior. Una de las tres jóvenes se echa para atrás, «acordó de tornarse a su casa con una hermana suya» (F 27,9). Se respira un aire de libertad. «Mirad, mis hijas, los juicios de Dios y la obligación que tenemos de servirle las que nos ha dejado perseverar hasta hacer profesión y quedar para siempre en la casa de Dios y por hijas de la Virgen, que se aprovechó Su Majestad de la voluntad de esta doncella y de su hacienda para hacer este monasterio, y al tiempo que había de gozar de lo que tanto había deseado, faltóle la fortaleza y sujetóla el humor, a quien muchas veces, hijas, echamos la culpa de nuestras imperfecciones y mudanzas» (F 27,10).</p>
<p><strong>Es el Señor quien lo hace.</strong> «Plega a Su Majestad que nos dé abundantemente su gracia, que con esto no habrá cosa que nos ataje los pasos para ir siempre adelante en su servicio, y que a todas nos ampare y favorezca para que no se pierda por nuestra flaqueza un tan gran principio como ha sido servido que comience en unas mujeres tan miserables como nosotras&#8230;Que cada una haga cuenta de las que vinieren que en ella torna a comenzar esta primera Regla de la Orden de la Virgen nuestra Señora&#8230; Acordaos con la pobreza y trabajo que se ha hecho lo que vosotras gozáis con descanso; y si bien lo advertís, veréis que estas casas en parte no las han fundado hombres las más de ellas, sino la mano poderosa de Dios, y que es muy amigo Su Majestad de llevar adelante las obras que El hace, si no queda por nosotras. ¿De dónde pensáis que tuviera poder una mujercilla como yo para tan grandes obras, sujeta, sin solo un maravedí, ni quien con nada me favoreciese?» (F 27,11).</p>
<p><strong>Una sorprendente definición de la vida.</strong> «Mirad, mirad, mis hijas, la mano de Dios. Pues no sería por ser de sangre ilustre el hacerme honra. De todas cuantas maneras lo queráis mirar, entenderéis ser obra suya. No es razón que nosotras la disminuyamos en nada, aunque nos costase la vida y la honra y el descanso; cuánto más que todo lo tenemos aquí junto. Porque vida es vivir de manera que no se tema la muerte ni todos los sucesos de la vida, y estar con esta ordinaria alegría que ahora todas traéis y esta prosperidad, que no puede ser mayor que no temer la pobreza, antes desearla. ¿Pues a qué se puede comparar la paz interior y exterior con que siempre andáis? En vuestra mano está vivir y morir con ella, como veis que mueren las que hemos visto morir en estas casas. Porque, si siempre pedís a Dios lo lleve adelante y no fiáis nada de vosotras, no os negará su misericordia; si tenéis confianza en El y ánimos animosos que es muy amigo Su Majestad de esto, no hayáis miedo que os falte nada» (F 27,12).</p>
<p><strong>Discernimiento vocacional.</strong> «Nunca dejéis de recibir las que vinieren a querer ser monjas (como os contenten sus deseos y talentos, y que no sea por sólo remediarse, sino por servir a Dios con más perfección), porque no tenga bienes de fortuna, si los tiene de virtudes; que por otra parte remediará Dios lo que por ésta os habíais de remediar, con el doblo» (F 27,12). «Gran experiencia tengo de ello. Bien sabe Su Majestad que a cuanto me puedo acordar jamás he dejado de recibir ninguna por esta falta, como me contentase lo demás. Testigos son las muchas que están recibidas sólo por Dios, como vosotras sabéis. Y puédoos certificar que no me daba tan gran contento cuando recibía la que traía mucho, como las que tomaba sólo por Dios; antes las había miedo, y las pobres me dilataban el espíritu y daba un gozo tan grande, que me hacía llorar de alegría. Esto es verdad» (F 27,13).</p>
<p>«No pretendemos todas otra cosa, ni Dios nos dé tal lugar, sino que sea Su Majestad servido en todo y por todo» (F 27,14).</p>
<p><strong>Andar en verdad.</strong> «Y aunque yo soy miserable y ruin, para honra y gloria suya lo digo, y para que os holguéis de cómo se han fundado estas casas suyas. Que nunca en negocio de ellas, ni en cosa que se me ofreciese para esto, si pensara no salir con ninguna si no era torciendo en algo este intento, en ninguna manera hiciera cosa, ni la he hecho digo en estas fundaciones que yo entendiese torcía de la voluntad del Señor un punto, conforme a lo que me aconsejaban mis confesores (que siempre han sido, después que ando en esto, grandes letrados y siervos de Dios, como sabéis), ni -que me acuerde- llegó jamás a mi pensamiento otra cosa» (F 27,15). «Bendito sea el que todo lo ha hecho, y despertado la caridad de las personas que nos han ayudado. Plega a Su Majestad que siempre nos ampare y dé gracia, para que no seamos ingratas a tantas mercedes, amén» (F 27,16).</p>
<p><strong>¿Culminación de su etapa de fundadora?</strong> La Madre Teresa hace recuento de su tarea. «Se han pasado algunos trabajos, aunque creo son los menos los que he escrito; porque si se hubieran de decir por menudo, era gran cansancio, así de los caminos, con aguas y nieves y con perderlos, y sobre todo muchas veces con tan poca salud» (F 27,17). «En llevar condiciones de muchas personas, que era menester en cada pueblo, no se trabajaba poco» (F 27,18). «Y en dejar las hijas y hermanas mías cuando me iba de una parte a otra, yo os digo que, como yo las amo tanto, que no ha sido la más pequeña cruz, en especial cuando pensaba que no las había de tornar a ver y veía su gran sentimiento y lágrimas. Que aunque están de otras cosas desasidas, ésta no se lo ha dado Dios, por ventura para que me fuese a mí más tormento, que tampoco lo estoy de ellas, aunque me esforzaba todo lo que podía para no se lo mostrar, y las reñía; mas poco me aprovechaba, que es grande el amor que me tienen y bien se ve&#8230; ser verdadero» (F 27,18).</p>
<p>Ha fundado siempre con licencia y mandato del General, al que «amo mucho». «Cada casa que se fundaba me escribía recibir grandísimo contento&#8230; porque deseaba fundase tantas como tengo cabellos en la cabeza» (F 27,19). Pero, porque «Su Majestad fue servido de darme ya algún descanso, o que al demonio le pesó porque se hacían tantas casas adonde se servía nuestro Señor (bien se ha entendido no fue por voluntad de nuestro Padre General)&#8230; tráenme un mandamiento dado en Definitorio, no sólo para que no fundase más, sino para que por ninguna vía saliese de la casa que eligiese para estar, que es como manera de cárcel&#8230; Y lo peor era estar disgustado conmigo nuestro Padre General, que era lo que a mí me daba pena, harto sin causa, sino con informaciones de personas apasionadas. Con esto me dijeron juntamente otras dos cosas de testimonios bien graves que me levantaban» (F 27,19). «Para que veáis la misericordia de nuestro Señor y cómo no desampara Su Majestad a quien desea servirle, que no sólo no me dio pena, sino un gozo&#8230; que no cabía en mí, de manera que no me espanto de lo que hacía el rey David cuando iba delante del arca del Señor, porque no quisiera yo entonces hacer otra, según el gozo, que no sabía cómo le encubrir» (F 27,20). Aunque ellos «pensaban&#8230; que me hacían el mayor pesar del mundo» (F 27,20).</p>
<p><strong>Experiencia de gozo.</strong> «Creo fue mi gozo principal parecerme que, pues las criaturas me pagaban así, que tenía contento al Criador. Porque tengo entendido que el que le tomare por cosas de la tierra o dichos de alabanzas de los hombres, está muy engañado; dejado de la poca ganancia que en esto hay, una cosa les parece hoy, otra mañana; de lo que una vez dicen bien, presto tornan a decir mal. Bendito seáis Vos, Dios y Señor mío, que sois inmutable por siempre jamás, amén. Quien os sirviere hasta el fin, vivirá sin fin, en vuestra eternidad» (F 27,21).</p>
<p>«Hase acabado hoy, víspera de San Eugenio, a catorce días del mes de noviembre, año de 1576 en el Monasterio de San José de Toledo, adonde ahora estoy&#8230; a gloria y honra de nuestro Señor Jesucristo, que reina y reinará para siempre. Amén.» (F 27,23). «Por amor de nuestro Señor pido a las hermanas y hermanos que esto leyeren me encomienden a nuestro Señor para que haya misericordia de mí y me libre de las penas del purgatorio y me deje gozar de sí» (F 27,24).</p>
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		<title>Fundaciones (24-26): Sevilla</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Virtual Revolut OÜ]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 03 May 2012 11:12:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Fichas: Libro de las Fundaciones]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Una gran alegría: el encuentro de la Madre Teresa con el P. Gracián. Rezuma gozo por todos los poros; ora agradecida. «Holguéme en extremo cuando supe que estaba allí, porque lo deseaba mucho por las buenas nuevas que de él me habían dado; mas muy mucho más me alegré cuando le comencé a tratar, porque, [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Una gran alegría: el encuentro de la Madre Teresa con el P. Gracián.</strong> Rezuma gozo por todos los poros; ora agradecida. «Holguéme en extremo cuando supe que estaba allí, porque lo deseaba mucho por las buenas nuevas que de él me habían dado; mas muy mucho más me alegré cuando le comencé a tratar, porque, según me contentó, no me parecía le habían conocido los que me le habían loado» (F 24,1). «Y como yo estaba con tanta fatiga, en viéndole, parece que me representó el Señor el bien que por él nos había de venir; y así andaba aquellos días con tan excesivo consuelo y contento, que es verdad que yo misma me espantaba de mí» (F 24,2). «Era tanto el gozo que tenía mi espíritu, que no me hartaba de dar gracias a nuestro Señor aquellos días, ni quisiera hacer otra cosa» (F 24,2).</p>
<p><strong>Trueque de Caravaca por Sevilla.</strong> «Parecióle (a Gracián) que sería gran servicio de Dios fundar en Sevilla, que le pareció muy fácil&#8230; que tuvo creído se le haría gran servicio (al arzobispo de Sevilla)&#8230; Yo, aunque siempre había rehusado mucho hacer monasterio de estos en Andalucía por algunas causas&#8230; como vi ser aquélla la determinación del prelado, luego me rendí&#8230; aunque&#8230; tenía algunas causas que tenía, bien graves, para no ir a Sevilla» (F 24,4).</p>
<p><strong>Un viaje muy accidentado.</strong> Todos los viajes de la Madre Teresa lo fueron, pero éste se llevó la palma. «Íbamos en carros muy cubiertas, que siempre era esta nuestra manera de caminar; y, entradas en la posada, tomábamos un aposento, bueno o malo, como le había, y a la puerta tomaba una hermana lo que habíamos menester, que aun los que iban con nosotras no entraban allá» (F 24,5).</p>
<p>Cuenta solo cuatro detalles, para regocijo de las lectoras, que tanto se lo piden.Primero, y omnipresente, el calor. «Grandísimo calor en el camino; porque, aunque no se caminaba las siestas, yo os digo, hermanas, que como había dado todo el sol a los carros, que era entrar en ellos como en un purgatorio&#8230; Iban aquellas hermanas con gran contento y alegría. Porque seis que iban conmigo eran tales almas, que me parece me atreviera a ir con ellas a tierra de turcos, y que tuvieran fortaleza o, por mejor decir, se la diera nuestro Señor para padecer por Él» (F 24,6).</p>
<p>El segundo, la recia calentura que le dio. «Les dio Dios un trabajo harto grande, que fue darme a mí una muy recia calentura. Yo creo que sus clamores a Dios fueron bastantes para que no fuese adelante el mal&#8230; Ellas a echarme agua en el rostro, tan caliente del sol, que daba poco refrigerio. No os dejaré de decir la mala posada que hubo para esta necesidad: fue darnos una camarilla a teja vana; ella no tenía ventana, y si se abría la puerta, toda se henchía de sol. Habéis de mirar que no es como el de Castilla por allá, sino muy más importuno&#8230; En fin, tuve por mejor levantarme, y que nos fuésemos» (F 24,7-9).</p>
<p>El tercero, el paso en barca del Guadalquivir. «No sé cómo fue, que la barca iba sin maroma ni remos con el carro. El barquero me hacía mucha más lástima verle tan fatigado, que no el peligro. Nosotras a rezar. Todos voces grandes&#8230; Por cierto que me puso gran devoción un hijo del barquero, que nunca se me olvida: paréceme debía haber como diez u once años, que lo que aquél trabajaba de ver a su padre con pena, me hacía alabar a nuestro Señor. Mas como Su Majestad da siempre los trabajos con piedad, así fue aquí; que acertó a detenerse la barca en un arenal, y estaba hacia una parte el agua poca, y así pudo haber remedio» (F 24,10-11).</p>
<p>El cuarto: el sofoco de Córdoba, que fue el mayor trabajo. «Dímonos mucha prisa por llegar de mañana a Córdoba para oír misa sin que nos viese nadie. Guiábannos a una iglesia que está pasada la puente, por más soledad. Ya que íbamos a pasar, no había licencia para pasar por allí carros, que la ha de dar el corregidor. De aquí a que se trajo, pasaron más de dos horas, por no estar levantados, y mucha gente que se llegaba a procurar saber quién iba ahí&#8230; Cuando ya vino la licencia, no cabían los carros por la puerta de la puente; fue menester aserrarlos, o no sé qué, en que se pasó otro rato. En fin, cuando llegamos a la iglesia, que había de decir misa el padre Julián de Ávila, estaba llena de gente; porque era la vocación del Espíritu Santo, lo que no habíamos sabido, y había gran fiesta y sermón. Cuando yo esto vi, diome mucha pena, y, a mi parecer, era mejor irnos sin oír misa que entrar entre tanta baraúnda. Al padre Julián de Ávila no le pareció; y como era teólogo, hubímonos todas de llegar a su parecer&#8230; Apeámonos cerca de la iglesia, que aunque no nos podía ver nadie los rostros, porque siempre llevábamos delante de ellos velos grandes, bastaba vernos con ellos y capas blancas de sayal, como traemos, y alpargatas, para alterar a todos, y así lo fue. Aquel sobresalto me debía quitar la calentura del todo&#8230;el alboroto de la gente era como si entraran toros» (F 24,12-14).</p>
<p><strong>¿Dónde está la licencia para fundar?</strong> «No sólo la teníamos por dada, sino, como digo, porque se le hacía gran servicio (al arzobispo), como a la verdad lo era, y así lo entendió después; sino que ninguna fundación ha querido el Señor que se haga sin mucho trabajo mío: unos de una manera, otros de otra» (F 24,15). «Ya fue Dios servido que nos fue a ver. Yo le dije el agravio que nos hacía. En fin, me dijo que fuese lo que quisiese y como lo quisiese. Y desde ahí adelante, siempre nos hacía merced en todo lo que se nos ofrecía, y favor» (F 24,20).</p>
<p>Fundar con renta o sin renta, esa era la cuestión. La Madre quería sin renta, el arzobispo con renta. No tiene una blanca después del viaje. Y además, «nadie pudiera juzgar que en una ciudad tan caudalosa como Sevilla y de gente tan rica había de haber menos aparejo de fundar que en todas las partes que había estado. Húbole tan menos, que pensé algunas veces que no nos estaba bien tener monasterio en aquel lugar. No sé si el mismo clima de la tierra, que he oído siempre decir los demonios tienen más mano allí para tentar, que se la debe dar Dios, y en esto me apretaron a mí, que nunca me vi más pusilánime y cobarde en mi vida que allí me hallé. Yo, cierto, a mí misma no me conocía. Bien que la confianza que suelo tener en nuestro Señor no se me quitaba; mas el natural estaba tan diferente del que yo suelo tener después que ando en estas cosas, que entendía apartaba en parte el Señor su mano para que él se quedase en su ser y viese yo que, si había tenido ánimo, no era mío» (F 25,1).</p>
<p><strong>Tres ayudas providentes.</strong> El primero, su hermano. «Fue Dios servido que viniese entonces de las Indias un hermano mío que había más de treinta y cuatro años que estaba allá, llamado Lorenzo de Cepeda&#8230; El nos ayudó mucho&#8230; Ya yo entonces ponía mucho con nuestro Señor, suplicándole que no me fuese sin dejarlas casa y hacía a las hermanas se lo pidiesen y al glorioso San José, y hacíamos muchas procesiones y oración a nuestra Señora.» (F 25,3). «Estando un día en oración, pidiendo a Dios, pues eran sus esposas y le tenían tanto deseo de contentar, les diese casa, me dijo: <em>ya os he oído; déjame a Mí.</em> Yo quedé muy contenta, pareciéndome la tenía ya, y así fue» (F 25,4).</p>
<p>El segundo, un sacerdote. «Desde luego que fuimos allí, como supo que no teníamos misa, cada día nos la iba a decir, con tener harto lejos su casa y hacer grandísimos soles. Llámase Garciálvarez, persona muy de bien y tenida en la ciudad por sus buenas obras, que siempre no entiende en otra cosa; y a tener él mucho, no nos faltara nada» (F 25,5).</p>
<p>El tercero, un cartujo. «Había poca limosna, si no era de un santo viejo prior de las Cuevas, que es de los cartujos, grandísimo siervo de Dios. Era de Ávila, de los Pantojas. Púsole Dios tan grande amor con nosotras, que desde que fuimos, y creo le durará hasta que se le acabe la vida, el hacernos bien de todas maneras. Porque es razón, hermanas, que encomendéis a Dios a quien tan bien nos ha ayudado, si leyereis esto, sean vivos o muertos, lo pongo aquí. A este santo debemos mucho» (F 25,9).</p>
<p>«No se pasó poco en pasarnos a ella (la casa), porque quien la tenía no la quería dejar, y los frailes franciscos, como estaban junto, vinieron luego a requerirnos que en ninguna manera nos pasásemos a ella&#8230; Esto no quisiera la priora, sino que alababa a Dios de que no se pudiesen deshacer; que le daba Su Majestad mucha más fe y ánimo que a mí en lo que tocaba a aquella casa, y en todo le debe tener, que es harto mejor que yo» (F 25,6). «¡Oh Jesús!, ¡qué de ellos he pasado al tomar de las posesiones! Considero yo si yendo a no hacer mal, sino en servicio de Dios, se siente tanto miedo, ¿qué será de las personas que le van a hacer, siendo contra Dios y contra el prójimo? No sé qué ganancia pueden tener ni qué gusto pueden buscar con tal contrapeso» (F 25,8).</p>
<p><strong>Fiesta, para terminar</strong>. «Después de acabado, yo quisiera no hacer ruido en poner el Santísimo Sacramento&#8230; (pero a los benefactores) parecióles que para que fuese conocido el monasterio en Sevilla, no se sufría sino ponerse con solemnidad, y fuéronse al Arzobispo. Entre todos concertaron que se trajese de una parroquia el Santísimo Sacramento con mucha solemnidad, y mandó el Arzobispo se juntasen los clérigos y algunas cofradías, y se aderezasen las calles» (F 25,11). «Y nos consolamos ordenasen nuestra fiesta con tanta solemnidad y las calles tan aderezadas y con tanta música y ministriles, que me dijo el santo prior de las Cuevas que nunca tal había visto en Sevilla, que conocidamente se vio ser obra de Dios. Fue él en la procesión, que no lo acostumbraba. El Arzobispo puso el Santísimo Sacramento. Veis aquí, hijas, las pobres Descalzas honradas de todos; que no parecía, aquel tiempo antes, que había de haber agua para ellas, aunque hay harto en aquel río. La gente que vino fue cosa excesiva» (F 25,12).</p>
<p>Y de nuevo a caminar. «Me dio alegría haber gozado de los trabajos, y cuando había de tener algún descanso, me iba&#8230; Harto se les aguó el contento a las monjas con mi partida, que sintieron mucho, como habíamos estado aquel año juntas y pasado tantos trabajos&#8230; Plega a la divina Majestad que sea siempre servido en ella, que, con esto, es todo poco, como yo espero que será» (F 26,1-2).</p>
<p>«Que comenzó Su Majestad a traer buenas almas a aquella casa&#8230;De la primera que aquí entró quiero tratar, por ser cosa que os dará gusto» (F 26,2). Y relata una historia, con argumento para una novela de Cervantes. Frente a la calumnia, «Dios la tuvo, como era inocente, para decir siempre verdad. Y como Su Majestad torna por los que están sin culpa&#8230;» (F 26,4). «¡Qué hace el amor de Dios!, ¡cómo ya ni tenía honra, ni se acordaba sino de que no impidiesen su deseo!» (F 26,12). «Sea por siempre jamás bendito, y alabado por siempre jamás, amén» (F 26,11-16).</p>
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		<title>Fundaciones (22-23): Sucedió en Beas de Segura</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Virtual Revolut OÜ]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 03 May 2012 11:05:51 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Audacia. «Estando allí (Salamanca), vino un mensajero de la villa de Beas, con cartas para mí de una señora de aquel lugar y del beneficiado de él y de otras personas, pidiéndome fuese a fundar un monasterio, porque ya tenían casa para él, que no faltaba sino irle a fundar» (F 22,1). ¿Qué hacer? Por [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Audacia.</strong> «Estando allí (Salamanca), vino un mensajero de la villa de Beas, con cartas para mí de una señora de aquel lugar y del beneficiado de él y de otras personas, pidiéndome fuese a fundar un monasterio, porque ya tenían casa para él, que no faltaba sino irle a fundar» (F 22,1). ¿Qué hacer? Por una parte, «grandes bienes de la tierra, y con razón, que es muy deleitosa y de buen temple»&#8230;Por otra, «mas mirando las muchas leguas que había desde allí allá, parecióme desatino» (F 22,2). ¿Qué hacer? Debe obediencia al «Comisario Apostólico, enemigo, o al menos no amigo, de que fundase.»; y también al precepto del General: «que no dejase fundación» (F 22,2). Concluye con una mirada teologal: «Algunas veces pienso en esto y cómo lo que nuestro Señor quiere, aunque nosotros no queramos, se viene a que, sin entenderlo, seamos el instrumento» (F 22,3).</p>
<p><strong>Catalina Godínez o los caminos del manantial antes de que aflore.</strong> Relato vocacional encantador de una muchacha de catorce años, a la que «nuestro Señor la llamó para sí» (F 22,4). Cómo pasó de estar «muy fuera de dejar el mundo» y de tener «una estima de sí de manera, que le parecía todo era poco lo que su padre pretendía en casamientos que la traían» (F 22,4), a dejarlo todo por Jesús..</p>
<p><strong>Encuentro orante. Cruce de miradas. Conversión.</strong> «Estando un día en una pieza que estaba&#8230; acaso llegó a leer en un crucifijo que allí estaba el título que se pone sobre la cruz, y súbitamente, en leyéndole, la mudó toda el Señor» (F 22,5). «Le pareció había venido una luz a su alma para entender la verdad, como si en una pieza oscura entrara el sol; y con esta luz puso los ojos en el Señor que estaba en la cruz corriendo sangre, y pensó cuán maltratado estaba, y en su gran humildad, y cuán diferente camino llevaba ella yendo por soberbia. En esto debía estar algún espacio, que la suspendió el Señor. Allí le dio Su Majestad un propio conocimiento grande de su miseria, y quisiera que todos lo entendieran. Diole un deseo de padecer por Dios tan grande, que todo lo que pasaron los mártires quisiera ella padecer junto, una humillación tan profunda de humildad y aborrecimiento de sí, que, si no fuera por no haber ofendido a Dios, quisiera ser una mujer muy perdida para que todos la aborrecieran» (F 22,6). Ante esto, Teresa no puede dejar de orar: «Seáis Vos bendito, mi Dios, por siempre jamás, que en un momento deshacéis un alma y la tornáis a hacer. ¿Qué es esto, Señor? ¡Oh, grandes son vuestros juicios, Señor! Vos sabéis lo que hacéis, y yo no sé lo que me digo, pues son incomprensibles vuestras obras y juicios. Seáis por siempre glorificado, que tenéis poder para más. ¿Qué fuera de mí, si esto no fuera?» (F 22,7).</p>
<p>Ruido del Enemigo, «porque tengo para mí que nunca nuestro Señor hace merced tan grande, sin que alcance parte a más que la misma persona» (F 22,9). A propósito del color moreno de la piel: «No hacía sino entrarse a un corral y mojarse el rostro y ponerse al sol, para que por parecer mal la dejasen los casamientos que todavía la importunaban» (F 22,10). «Quedó de manera en no querer mandar a nadie&#8230; Muchas veces comenzaba a las diez de la noche la oración, y no se sentía hasta que era de día» (F 22,11).</p>
<p><strong>Juicio de Dios.</strong> Está enferma, los parientes le dicen que es desatino ser monja y fundar convento, no tiene autorización. «Ella dijo que, si en un mes la daba nuestro Señor salud, que entenderían era servido de ello y que ella misma iría a la Corte a procurarlo» (F 22,14). «Una víspera de San Sebastián, que era sábado, la dio nuestro Señor tan entera salud, que ella no sabía cómo encubrirlo para que no se entendiese el milagro&#8230;Ella vio en sí grandísima mudanza, y en el alma dice que se sintió otra, según quedó aprovechada» (F 22,15). «Lo que Su Majestad quiere no se puede dejar de hacer. Así vinieron las monjas al principio de cuaresma, año de 1575. Recibiólas el pueblo con gran solemnidad y alegría y procesión. En lo general fue grande el contento; hasta los niños mostraban ser obra de que se servía nuestro Señor. Fundóse el monasterio, llamado San José del Salvador, esta misma cuaresma, día de Santo Matía» (F 22,19). «Ninguna cosa entiendo de esta alma que no sea para ser agradable a Dios, y así lo es con todas. Plega a Su Majestad la tenga de su mano, y la aumente las virtudes y gracia que le ha dado para mayor servicio y honra suya. Amén» (F 22,24).</p>
<p><strong>Una perla preciosa, excepcional: el P. Gracián.</strong>Capítulo polémico. Quiere hablar de Sevilla y habla de Gracián. «Pues estando en esta villa de Beas esperando licencia del Consejo de las Órdenes para la fundación de Caravaca, vino a verme allí un padre de nuestra Orden, de los Descalzos, llamado el maestro fray Jerónimo de la Madre de Dios, Gracián, que había pocos años que tomó nuestro hábito estando en Alcalá, hombre de muchas letras y entendimiento y modestia, acompañado de grandes virtudes toda su vida, que parece nuestra Señora le escogió para bien de esta Orden primitiva, estando él en Alcalá, muy fuera de tomar nuestro hábito, aunque no de ser religioso» (F 23,1).</p>
<p><strong>El Magníficat de Teresa:</strong> «¡Oh sabiduría de Dios y poder!, ¡cómo no podemos nosotros huir de lo que es su voluntad! Bien veía nuestro Señor la gran necesidad que había en esta obra que Su Majestad había comenzado, de persona semejante. Yo le alabo muchas veces por la merced que en esto nos hizo; que si yo mucho quisiera pedir a Su Majestad una persona para que pusiera en orden todas las cosas de la Orden en estos principios, no acertara a pedir tanto como Su Majestad en esto nos dio. Sea bendito por siempre» (F 23,3).</p>
<p><strong>La Virgen «su enamorada».</strong> «Pues teniendo él bien apartado de su pensamiento tomar este hábito, rogáronle que fuese a tratar a Pastrana con la Priora del monasterio de nuestra Orden, que aun no era quitado de allí, para que recibiese una monja» (F 23,4). «¡Qué medios toma la divina Majestad!&#8230;La Virgen nuestra Señora, cuyo devoto es en gran extremo, le quiso pagar con darle su hábito; y así pienso que fue la medianera para que Dios le hiciese esta merced; y aun la causa de tomarle él y haberse aficionado tanto a la Orden era esta gloriosa Virgen; no quiso que a quien tanto la deseaba servir le faltase ocasión para ponerlo por obra, porque es su costumbre favorecer a los que de ella se quieren amparar» (F 23,4). «Pues llevándole la Virgen a Pastrana como engañado, pensando él que iba a procurar el hábito de la monja, y llevábale Dios para dársele a él. ¡Oh secretos de Dios! Y cómo, sin que lo queramos, nos va disponiendo para hacernos mercedes y para pagar a esta alma las buenas obras que había hecho y el buen ejemplo que siempre había dado y lo mucho que deseaba servir a su gloriosa Madre; que siempre debe Su Majestad de pagar esto con grandes premios» (F 23,6).</p>
<p><em>«Estando muchacho en Madrid, iba muchas veces a una imagen de nuestra Señora que él tenía gran devoción, no me acuerdo adónde era: llamábala «su enamorada», y era muy ordinario lo que la visitaba. Ella le debía alcanzar de su Hijo la limpieza con que siempre ha vivido&#8230; Dice que algunas veces le parecía que tenía hinchados los ojos de llorar por las muchas ofensas que se hacían a su Hijo. De aquí le nacía un ímpetu grande y deseo del remedio de las almas&#8230; A este deseo del bien de las almas tiene tan gran inclinación, que cualquier trabajo se le hace pequeño si piensa hacer con él algún fruto»</em> (F 23,5).</p>
<p><strong>Pastoral vocacional.</strong> «Pues llegado a Pastrana, fue a hablar a la priora, para que tomase aquella monja, y parece que la habló para que procurase con nuestro Señor que entrase él. Como ella le vio, que es agradable su trato, de manera que, por la mayor parte, los que le tratan le aman (es gracia que da nuestro Señor), y así de todos sus súbditos y súbditas es en extremo amado; porque aunque no perdona ninguna falta (que en esto tiene extremo, en mirar el aumento de la religión), es con una suavidad tan agradable, que parece no se ha de poder quejar ninguno de él» (F 23,7).</p>
<p><strong>Oración por las vocaciones.</strong> «Pues acaeciéndole a esta priora lo que a los demás, diole grandísima gana de que entrase en la Orden, y díjolo a las hermanas, que mirasen lo que les importaba, porque entonces había muy pocos o casi ninguno semejante, y que todas pidiesen a nuestro Señor que no le dejase ir, sino que tomase el hábito. Es esta priora grandísima sierva de Dios, que aun su oración sola pienso sería oída de Su Majestad, ¡cuánto más las de almas tan buenas como allí estaban! Todas lo tomaron muy a su cargo, y con ayunos, disciplinas y oración lo pedían continuo a Su Majestad, y así fue servido de hacernos esta merced» (F 23,8). Dificultades, tentaciones, «en especial de la pena que había de ser para sus padres, que le amaban mucho y tenían gran confianza había de ayudar a remediar sus hijos, que tenían hartas hijas e hijos, él, dejando este cuidado a Dios, por quien lo dejaba todo, se determinó a ser súbdito de la Virgen y tomar su hábito. Y así se le dieron con gran alegría de todos, en especial de las monjas y priora, que daban grandes alabanzas a nuestro Señor, pareciéndole que las había Su Majestad hecho esta merced por sus oraciones» (F 23,8).</p>
<p>No lo pasó nada bien en el noviciado. «Era cosa excesiva de la manera que los llevaba (un fraile harto mozo) y las mortificaciones que les hacía hacer; que cada vez me espanto cómo lo podían sufrir, en especial semejantes personas, que era menester el espíritu que le daba Dios para sufrirlo» (F 23,9).</p>
<p><strong>Su confidente.</strong> Teresa justifica que hable así de él. «Parecerá cosa impertinente haberme comunicado él tantas particularidades de su alma; quizá lo quiso el Señor para que yo lo pusiese aquí, porque sea El alabado en sus criaturas; que sé yo que con confesor ni con ninguna persona se ha declarado tanto» (F 23,11).</p>
<p>«Idome he, cierto, mucho a la mano. No he podido más, ni me ha parecido, que se deje de hacer memoria de quien tanto bien ha hecho a esta renovación de la Regla primera. Digo las casas de los frailes, que las de las monjas, por su bondad, siempre hasta ahora han ido bien; y las de los frailes no iban mal, mas llevaba principio de caer muy presto. En cada casa hacían como les parecía,porque a unos les parecía uno y a otros otro. Harto fatigada me tenían algunas veces» (F 23,12).</p>
<p>«Remediólo nuestro Señor por el padre maestro fray Jerónimo de la Madre de Dios&#8230;Le dieron autoridad y gobierno sobre los Descalzos y Descalzas. Hizo constituciones para los frailes&#8230; La primera vez que los visitó, lo puso todo en tanta sazón y concierto, que se parecía bien ser ayudado de la divina Majestad y que nuestra Señora le había escogido para remedio de su Orden, a quien suplico yo mucho acabe con su Hijo siempre le favorezca y dé gracia para ir muy adelante en su servicio. Amén» F 23,13).</p>
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		<title>Fundaciones (20-21): Fundación en Alba de Tormes y Segovia</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Virtual Revolut OÜ]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 19 Apr 2012 12:41:44 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>ALBA DE TORMES: CONVENTO PRIVILEGIADO Suma y sigue. «No había dos meses que se había tomado la posesión, el día de Todos Santos, en la casa de Salamanca, cuando de parte del contador del duque de Alba y de su mujer fui importunada que en aquella villa hiciese una fundación y monasterio. Yo no lo [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>ALBA DE TORMES: CONVENTO PRIVILEGIADO</h3>
<p><strong>Suma y sigue.</strong> «No había dos meses que se había tomado la posesión, el día de Todos Santos, en la casa de Salamanca, cuando de parte del contador del duque de Alba y de su mujer fui importunada que en aquella villa hiciese una fundación y monasterio. Yo no lo había mucha gana a causa que, por ser lugar pequeño, era menester que tuviese renta, que mi inclinación era a que ninguna tuviese» (F 20,1).</p>
<p><strong>Una fundadora laica.</strong> «Fue hija Teresa de Layz&#8230; de padres nobles, y muy hijosdealgo y de limpia sangre. Tenían su asiento, por no ser tan ricos como pedía la nobleza de sus padres, en un lugar llamado Tordillos, que es dos leguas de la dicha villa de Alba» (F 20,2). Teresa lamenta, con ironía, la vieja mentalidad de la honra: «Es harta lástima que, por estar las cosas del mundo puestas en tanta vanidad, quieren más pasar la soledad que hay en estos lugares pequeños de doctrina y otras muchas cosas que son medios para dar luz a las almas, que caer un punto de los puntos que esto que ellos llaman honra traen consigo» (F 20,2).</p>
<p>«Pues habiendo ya tenido cuatro hijas, cuando vino a nacer Teresa de Layz, dio mucha pena a sus padres de ver que también era hija» (F 20,2). Y Teresa elogia a las hijas. «Cosa cierto mucho para llorar, que sin entender los mortales lo que les está mejor, como los que del todo ignoran los juicios de Dios, no sabiendo los grandes bienes que pueden venir de las hijas ni los grandes males de los hijos, no parece que quieren dejar al que todo lo entiende y los cría, sino que se matan por lo que se habían de alegrar. Como gente que tiene dormida la fe, no van adelante con la consideración, ni se acuerdan que es Dios el que así lo ordena, para dejarlo todo en sus manos&#8230; ¡Oh, válgame Dios!, ¡cuán diferente entenderemos estas ignorancias en el día adonde se entenderá la verdad de todas las cosas!» (F 20,3).</p>
<p><strong>Un prodigio en la vida de la niña.</strong> «Pues, tornando a lo que decía, vienen las cosas a términos, que, como cosa que les importaba poco la vida de la niña, a tercer día de su nacimiento se la dejaron sola y sin acordarse nadie de ella desde la mañana hasta la noche. Una cosa habían hecho bien, que la habían hecho bautizar a un clérigo luego en naciendo. Cuando a la noche vino una mujer, que tenía cuenta con ella y supo lo que pasaba, fue corriendo a ver si era muerta, y con ella otras algunas personas que habían ido a visitar a la madre, que fueron testigos de lo que ahora diré. La mujer la tomó llorando en los brazos, y le dijo: &#8216;¡Cómo, mi hija! ¿vos no sois cristiana?&#8217;, a manera de que había sido crueldad. Alzó la cabeza la niña y dijo: &#8216;Sí soy&#8217;, y no habló más hasta la edad que suelen hablar todos. Los que la oyeron, quedaron espantados, y su madre la comenzó a querer y regalar desde entonces, y así decía muchas veces que quisiera vivir hasta ver lo que Dios hacía de esta niña» (F 20,4).</p>
<p>De joven, se casa con Francisco Velázquez, «que es el fundador también de esta casa&#8230; hombre virtuoso y rico, quiere tanto a su mujer, que la hace placer en todo y con mucha razón; porque todo lo que se puede pedir en una mujer casada, se lo dio el Señor muy cumplidamente&#8230; siendo moza y de muy buen parecer, a no ser tan buena, según el demonio comenzó a poner en él (un mancebo que hospedaron en su casa) malos pensamientos, pudiera suceder algún mal» (F 20,5). El marido la lleva a Salamanca. «Sólo tenían una pena, que era no les dar nuestro Señor hijos, y para que se los diese eran grandes las devociones y oraciones que ella hacía, y nunca suplicaba al Señor otra cosa sino que le diese generación, para que, acabada ella, alabasen a Su Majestad; que le parecía recia cosa que se acabase en ella y no tuviese quien después de sus días alabase a Su Majestad» (F 20,6).</p>
<p><strong>Señales que vio en el patio.</strong> Se encomienda «a San Andrés, que le dijeron era abogado para esto, después de otras muchas devociones que había hecho» (F 20,7). Tiene algunas visiones en las que ve y oye al apóstol. «Una vez&#8230; parecióle que se hallaba en una casa, adonde en el patio, debajo del corredor, estaba un pozo; y vio en aquel lugar un prado y verdura, con unas flores blancas por él de tanta hermosura que no sabe ella encarecer de la manera que lo vio. Cerca del pozo se le apareció San Andrés de forma de una persona muy venerable y hermosa, que le dio gran recreación mirarle, y díjole: &#8216;otros hijos son éstos que los que tú quieres&#8217;&#8230; Y ella entendió claro&#8230; que era la voluntad de nuestro Señor que hiciese monasterio» (F 20,7). «Quedó tan asentado en su corazón que era aquella la voluntad de Dios, que ni se los pidió más ni los deseó. Así comenzó a pensar qué modo tendría para hacer lo que el Señor quería» (F 20,8). Por motivos de trabajo de su marido, vuelve a Alba a disgusto. Pero «como entró en el patio, vio al mismo lado el pozo, adonde había visto a San Andrés, y todo, ni más ni menos que lo había visto, se le representó»(F 20,10). «Ella, como vio aquello, quedó turbada y determinada a hacer allí el monasterio y con gran consuelo y sosiego ya para no querer ir a otra parte. Y comenzaron a comprar más casas juntas, hasta que tuvieron sitio muy bastante» (F 20,10).</p>
<p><strong>Aires en contra.</strong> «Ella andaba cuidadosa de qué Orden le haría, porque quería fuesen pocas y muy encerradas, y tratándolo con dos religiosos de diferentes Órdenes, muy buenos y letrados, entrambos le dijeron sería mejor hacer otras obras; porque las monjas las más estaban descontentas, y otras cosas hartas; que, como al demonio le pesaba, queríalo estorbar, y así les hacía parecer era gran razón las razones que le decían» (F 20,11). Conciertan una boda de sobrinos para darles la herencia, y todo se desconcierta al morir. «A ella se le asentó en tanto extremo que había sido la causa de su muerte la determinación que tenían de dejar lo que Dios quería que hiciese por dárselo a él, que hubo gran temor. Acordábasele de Jonás profeta, lo que le había sucedido por no querer obedecer a Dios» (F 20,12).</p>
<p><strong>Acuerdo nada fácil entre las dos Teresas.</strong> «En este tiempo acertó a ir este fraile a cierto lugar, adonde le dieron noticia de estos monasterios de nuestra Señora del Carmen que ahora se fundaban. Él, informado muy bien, tornó a ella y díjole que ya había hallado que podía hacer el monasterio como quería; díjole lo que pasaba, y que procurase tratarlo conmigo. Así se hizo. Harto trabajo se pasó en concertarnos, porque yo siempre he pretendido que los monasterios que fundaba con renta la tuviesen tan bastante, que no hayan menester las monjas a sus deudos ni a ninguno, sino que de comer y vestir les den todo lo necesario en la casa, y las enfermas muy bien curadas; porque de faltarles lo necesario vienen muchos inconvenientes» (F 20,13). «En fin, vinieron a ponerse en razón&#8230; Púsose el Santísimo Sacramento e hízose la fundación día de la Conversión de San Pablo, año de 1571, para gloria y honra de Dios, adonde, a mi parecer, es Su Majestad muy servido. Plega a Él lo lleve siempre adelante» (F 20,14).</p>
<h3>SEGOVIA: MUCHOS PERSONAJES EN ESCENA</h3>
<p>«Estando allí (Salamanca) un día en oración, me fue dicho de nuestro Señor que fuese a fundar a Segovia. A mí me pareció cosa imposible, porque yo no había de ir sin que me lo mandasen, y tenía entendido del padre comisario apostólico, el maestro fray Pedro Fernández, que no había gana que fundase más&#8230; Estando pensando esto, díjome el Señor que se lo dijese, que El lo haría» (F 21,1).</p>
<p><strong>En actitud obediente.</strong> «Escribíle (al comisario) que ya sabía cómo yo tenía precepto de nuestro reverendísimo General de que cuando viese cómodo en alguna parte para fundar, que no lo dejase. Que en Segovia estaba admitido un monasterio de éstos, de la ciudad y del Obispo; que si mandaba Su Paternidad, que le fundaría; que se lo significaba por cumplir con mi conciencia; y con lo que mandase quedaría segura o contenta. Creo estas eran las palabras, poco más o menos, y que me parecía sería servicio de Dios. Bien parece que lo quería Su Majestad, porque luego dijo que le fundase, y me dio licencia» (F 21,2).</p>
<p><strong>Una nueva presencia alentadora, también mujer.</strong> «Estaba allí una señora, mujer que había sido de un mayorazgo, llamada doña Ana de Jimena. Esta me había ido una vez a ver a Ávila y era muy sierva de Dios, y siempre su llamamiento había sido para monja. Así, en haciéndose el monasterio, entró ella y una hija suya de harto buena vida, y el descontento que había tenido casada y viuda le dio el Señor de doblado contento en viéndose en la religión» (F 21,3).</p>
<p>«Esta bendita señora tomó la casa y de todo lo que vio habíamos menester, así para la iglesia como para nosotras, la proveyó, que para eso tuve poco trabajo. Mas porque no hubiese fundación sin alguno, dejado el ir yo allí con harta calentura y hastío y males interiores de sequedad y oscuridad en el alma, grandísima, y males de muchas maneras corporales, que lo recio me duraría tres meses, y medio año que estuve allí siempre fue mala» (F 21,4).</p>
<p><strong>Amenazas del Provisor.</strong> «El día de San José, que pusimos el Santísimo Sacramento, que, aunque había del Obispo licencia y de la ciudad, no quise sino entrar la víspera secretamente de noche» (F 21,5). El Provisor «vino luego muy enojado y no consintió decir más misa y quería llevar preso a quien la había hecho, que era un fraile Descalzo (Juan dela Cruz) que iba con el padre Julián de Ávila y otro siervo de Dios que andaba conmigo, llamado Antonio Gaytán» (F 21,5). «Este era un caballero de Alba, y habíale llamado nuestro Señor, andando muy metido en el mundo, algunos años había; teníale tan debajo de los pies, que sólo entendía en cómo le hacer más servicio&#8230; Tiene gran oración, y hale hecho Dios tantas mercedes, que todo lo que a otros sería contradicción le daba contento y se le hacía fácil&#8230; Su trato por los caminos era tratar de Dios y enseñar a los que iban con nosotras» (F 21,6). «No se quiso ir el Provisor de nuestra iglesia sin dejar un alguacil a la puerta, yo no sé para qué. Sirvió de espantar un poco a los que allí estaban. A mí nunca se me daba mucho de cosa que acaeciese después de tomada la posesión; antes eran todos mis miedos» (F 21,7).</p>
<p>«Estuvimos así algunos meses, hasta que se compró una casa, y con ella hartos pleitos. Harto le habíamos tenido con los frailes franciscos por otra que se compraba cerca. Con estotra le hubo con los dela Mercedy con el Cabildo, porque tenía un censo la casa suyo» (F 21,8). «¡Oh Jesús!, ¡qué trabajo es contender con muchos pareceres! Cuando ya parecía que estaba acabado, comenzaba de nuevo; porque no bastaba darles lo que pedían, que luego había otro inconveniente. Dicho así no parece nada, y el pasarlo fue mucho» (F 21,9). «Fue nuestro Señor servido que se acabó todo tan bien, que no quedó ninguna contienda, y desde a dos o tres días me fui aLa Encarnación. Seasu nombre por siempre bendito, que tantas mercedes me ha hecho siempre, y alábenle todas sus criaturas. Amén» (F 21,11).</p>
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		<title>Fundaciones (18-19): Fundación de Salamanca</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Virtual Revolut OÜ]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 19 Apr 2012 12:07:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Fichas: Libro de las Fundaciones]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Luz en la ciudad. Algo nuevo está surgiendo en torno a la Madre Teresa: entrega apasionada a Dios amigo, servicio a la Iglesia y a la sociedad, estilo muy humano -evangélico- de vivir. Un jesuita, el P. Martín Gutiérrez, percibe este perfume y lo quiere para su ciudad. «Estando entendiendo en esto, me escribió un [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Luz en la ciudad.</strong> Algo nuevo está surgiendo en torno a la Madre Teresa: entrega apasionada a Dios amigo, servicio a la Iglesia y a la sociedad, estilo muy humano -evangélico- de vivir. Un jesuita, el P. Martín Gutiérrez, percibe este perfume y lo quiere para su ciudad. «Estando entendiendo en esto, me escribió un rector de la Compañía de Jesús de Salamanca, diciéndome que estaría allí muy bien un monasterio de éstos, dándome de ello razones; aunque por ser muy pobre el lugar, me había detenido a hacer allí fundación de pobreza. Mas considerando que lo es tanto Ávila y nunca le falta, ni creo faltará Dios a quien le sirviere, puestas las cosas tan en razón como se pone, siendo tan pocas y ayudándose del trabajo de sus manos, me determiné a hacerlo&#8230; Y yéndome desde Toledo a Ávila, procuré desde allí la licencia del Obispo&#8230; el cual lo hizo tan bien que como el padre rector le informó de esta Orden y que sería servicio de Dios, la dio luego» (F 18,1).</p>
<p><strong>El que tiene casa descansa.</strong> «Y así luego procuré alquilar una casa que me hizo haber una señora que yo conocía, y era dificultoso por no ser tiempo en que se alquilan y tenerla unos estudiantes, con los cuales acabaron de darla cuando estuviese allí quien había de entrar en ella» (F 18,2). «Pues habida la licencia y teniendo cierta la casa, confiada de la misericordia de Dios&#8230; me partí para allá, llevando sola una compañera» (F 18,3). Dos reflexiones al hilo de la casa: «Que nunca hasta dejar casa propia y recogida y acomodada a mi querer, dejara ningún monasterio, ni le he dejado. Que en esto me hacía Dios mucha merced, que en el trabajo gustaba ser la primera, y todas las cosas para su descanso y acomodamiento procuraba hasta las muy menudas, como si toda mi vida hubiera de vivir en aquella casa, y así me daba gran alegría cuando quedaban muy bien» (F 19,6). Otra: «Que en tener buena casa o no la tener, va poco; antes es gran placer cuando nos vemos en casa que nos pueden echar de ella, acordándonos cómo el Señor del mundo no tuvo ninguna&#8230; Plega a la divina Majestad que no nos falten las moradas eternas, por su infinita bondad y misericordia. Amén, amén» (F 19,12).</p>
<p><strong>Andando los caminos con una meta viva en el corazón.</strong> El que tiene un porqué profundo soporta cualquier cómo. La Madre Teresa tiene claro que es Jesús quien da fuerzas. «Llegamos víspera de Todos Santos, habiendo andado harto del camino la noche antes con harto frío, y dormido en un lugar, estando yo bien mala» (F 18,3). «No pongo en estas fundaciones los grandes trabajos de los caminos, con fríos, con soles, con nieves, que venía vez no cesarnos en todo el día de nevar, otras perder el camino, otras con hartos males y calenturas, porque, gloria a Dios, de ordinario es tener yo poca salud, sino que veía claro que nuestro Señor me daba esfuerzo. Porque me acaecía algunas veces que se trataba de fundación, hallarme con tantos males y dolores, que yo me congojaba mucho, porque me parecía que aun para estar en la celda sin acostarme no estaba; y tornarme a nuestro Señor, quejándome a Su Majestad y diciéndole que cómo quería hiciese lo que no podía, y después, aunque con trabajo, Su Majestad daba fuerzas, y con el hervor que me ponía y el cuidado, parece que me olvidaba de mí» (F 18,4).</p>
<p>«A lo que ahora me acuerdo nunca dejé fundación por miedo del trabajo, aunque de los caminos, en especial largos, sentía gran contradicción; mas en comenzándolos a andar me parecía poco, viendo en servicio de quién se hacía y considerando que en aquella casa se había de alabar el Señor y haber Santísimo Sacramento. Esto es particular consuelo para mí, ver una iglesia más&#8230; que aunque muchos no lo advertimos, estar Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, como está en el Santísimo Sacramento en muchas partes, gran consuelo nos había de ser» (F 18,5), «Cuando veo estas almas tan limpias en alabanzas de Dios» (F 18,5).</p>
<p><strong>La noche, como camino hacia la aurora.</strong> La Madre Teresa vive cada fundación como un paso de la noche a la luz, como un amanecer que estrena Cristo resucitado. La noche es tiempo de fundación. «Pues, víspera de Todos Santos, el año que queda dicho, a mediodía, llegamos a la ciudad de Salamanca. Desde una posada procuré saber de un buen hombre de allí, a quien tenía encomendado me tuviese desembarazada la casa, llamado Nicolás Gutiérrez, harto siervo de Dios. Había ganado de Su Majestad con su buena vida una paz y contento en los trabajos grande, que había tenido muchos y vístose en gran prosperidad y había quedado muy pobre, y llevábalo con tanta alegría como la riqueza&#8230; Como vino, díjome que la casa no estaba desembarazada, que no había podido acabar con los estudiantes que saliesen de ella. Yo le dije lo que importaba que luego nos la diesen&#8230; El fue a cuya era la casa, y tanto trabajó, que se la desembarazaron aquella tarde. Ya casi noche, entramos en ella» (F 19,2). «Como (los estudiantes) no deben tener esa curiosidad, estaba de suerte toda la casa, que no se trabajó poco aquella noche&#8230;. Otro día por la mañana se dijo la primera misa» (F 19,3).</p>
<p>No les fue bien en esa casa, no «por falta de mantenimiento&#8230; sino de poca salud, porque era húmeda y muy fría&#8230; y lo peor, que no tenían Santísimo Sacramento, que para tanto encerramiento es harto desconsuelo» (F 19,6). Teresa regresa para comprar otra. «Fuimos por agosto, y con darse toda la prisa posible, se estuvieron hasta San Miguel, que es cuando allí se alquilan las casas, y aun no estaba bien acabada, con mucho; mas como no habíamos alquilado en la que estábamos para otro año, teníala ya otro morador; dábannos gran prisa&#8230; Algunas personas que nos querían bien, decían que hacíamos mal en irnos tan presto; mas adonde hay necesidad puédense mal tomar los consejos, si no dan remedio. Pasámonos víspera de San Miguel, un poco antes que amaneciese» (F 19,8-9). Se acerca el día. Llueve a cántaros. Todo goteras. Teresa pierde los nervios. «Yo os digo, hijas, que me vi harto imperfecta aquel día. Por estar ya divulgado, yo no sabía qué hacer, sino que me estaba deshaciendo, y dije a nuestro Señor, casi quejándome, que o no me mandase entender en estas obras, o remediase aquella necesidad. El buen hombre de Nicolás Gutiérrez, con su igualdad, como si no hubiera nada, me decía muy mansamente que no tuviese pena, que Dios lo remediaría. Y así fue, que el día de San Miguel, al tiempo de venir la gente, comenzó a hacer sol, que me hizo harta devoción y vi cuán mejor había hecho aquel bendito en confiar de nuestro Señor que no yo con mi pena» (F 19,9). «Hubo mucha gente, y música, y púsose el Santísimo Sacramento con gran solemnidad» (F 19,10).</p>
<p><strong>El sentido del humor, siempre tan necesario.</strong> «Quedamos la noche de Todos Santos mi compañera y yo solas. Yo os digo, hermanas, que cuando se me acuerda el miedo de mi compañera, que era María del Sacramento, una monja de más edad que yo, y harto sierva de Dios, que me da gana de reír» (F 19,3). «La casa era muy grande y desbaratada y con muchos desvanes, y mi compañera no había quitársele del pensamiento los estudiantes, pareciéndole que como se habían enojado tanto de que salieron de la casa, que alguno se había escondido en ella; ellos lo pudieran muy bien hacer, según había adónde. Encerrámonos en una pieza adonde estaba paja» (F 19,4). «Como mi compañera se vio cerrada en aquella pieza, parece sosegó algo cuanto a lo de los estudiantes, aunque no hacía sino mirar a una parte y a otra, todavía con temores, y el demonio que la debía ayudar con representarla pensamientos de peligro para turbarme a mí, que con la flaqueza de corazón que tengo, poco me solía bastar. Yo la dije que qué miraba, que cómo allí no podía entrar nadie. Díjome: &#8216;Madre, estoy pensando, si ahora me muriese yo aquí, ¿qué haríais vos sola?&#8217;. Aquello, si fuera, me parecía recia cosa; y comencé a pensar un poco en ello, y aun haber miedo; porque siempre los cuerpos muertos, aunque yo no le he, me enflaquecen el corazón, aunque no esté sola. Y como el doblar de las campanas ayudaba, que como he dicho era noche de las Animas, buen principio llevaba el demonio para hacernos perder el pensamiento con niñerías; cuando entiende que de él no se ha miedo, busca otros rodeos. Yo la dije: &#8216;Hermana, de que eso sea, pensaré lo que he de hacer; ahora déjeme dormir&#8217;. Como habíamos tenido dos noches malas, presto quitó el sueño los miedos. Otro día vinieron más monjas, con que se nos quitaron» (F 19,5).</p>
<h3>PERLAS PRECIOSAS</h3>
<p>La Madre Teresa interrumpe el relato de la fundación para «tratar algunas cosas» (F 18,6), importantes para las monjas de entonces y para nosotros. Respeto a la persona, conocimiento de los otros, mortificación con suavidad, obediencia sana.</p>
<p>No todos van por el mismo camino. Dios tiene para cada uno un camino virgen. «Porque como hay diferentes talentos y virtudes en las preladas, por aquel camino quieren llevar a sus monjas: la que está muy mortificada, parécele fácil cualquiera cosa que mande para doblar la voluntad, como lo sería para ella&#8230; Otras prioras que tienen mucho espíritu, todo gustarían que fuese rezar. En fin, lleva el Señor por diferentes caminos&#8230;La discreción es gran cosa para el gobierno» (F 18,6).</p>
<p>Conocimiento de las personas. «Si la priora se embebe en oración, aunque no sea en la hora de oración sino después de maitines, allí tiene todo el convento, cuando sería muy mejor que se fuesen a dormir. Si es amiga de mortificación, todo ha de ser bullir, y estas ovejitas dela Virgencallando, como unos corderitos; que a mí, cierto, me hace gran devoción y confusión, y, a las veces, harta tentación&#8230;que hay harto que hacer, y lo demás fuese con suavidad&#8230; que es cosa muy importante la discreción en estas cosas y conocer los talentos» (F 18,7). «No ha de pensar la priora que conoce luego las almas. Deje esto para Dios, que es solo quien puede entenderlo; sino procure llevar a cada una por donde Su Majestad la lleva» (F 18,9).</p>
<p>Mortificación sí, pero&#8230; «Han de considerar que esto de mortificación no es de obligación: esto es lo primero que han de mirar. Aunque es muy necesario para ganar el alma libertad y subida perfección, no se hace esto en breve tiempo, sino que poco a poco vayan ayudando a cada una, según el talento les da Dios de entendimiento, y el espíritu» (F 18,8). «Esté advertida la priora a no la perfeccionar a fuerza de brazos, sino disimule y vaya poco a poco hasta que obre en ella el Señor» (F 18,10). «Así que unas sufrirán grandes mortificaciones, y mientras mayores se las mandaren gustarán más, porque ya les ha dado el Señor fuerza en el alma para rendir su voluntad; otras no las sufrirán aun pequeñas y será como si a un niño cargan dos hanegas de trigo, no sólo no las llevará, mas quebrantarse ha y caeráse en el suelo» (F 18,10).</p>
<p>Ojo con la obediencia. «Aunque sea por probar la obediencia, no mandéis cosa que pueda ser, haciéndola, pecado, ni venial» (F 18,11). «Y también estén avisadas las súbditas, que cosa que sería pecado mortal hacerla sin mandársela, que no la pueden hacer mandándosela» (F 18,11). «Todo lo que no fuere con estos peligros, yo lo alabo» (F 18,12).</p>
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		<title>Fundaciones (17): Fundaciónes en Pastrana</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Virtual Revolut OÜ]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 07 Feb 2012 12:52:14 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Fichas: Libro de las Fundaciones]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>PASTRANA Casi sin tiempo para respirar y estar a sus anchas con el Señor, «luego que se fundó la casa de Toledo, desde a quince días, víspera de Pascua del Espíritu Santo» (F 17,1), la Madre Teresa emprende una nueva aventura fundacional en el tiempo del Espíritu. Hubiera querido otra cosa. «Cansada aquellos días de [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>PASTRANA</h3>
<p>Casi sin tiempo para respirar y estar a sus anchas con el Señor, «luego que se fundó la casa de Toledo, desde a quince días, víspera de Pascua del Espíritu Santo» (F 17,1), la Madre Teresa emprende una nueva aventura fundacional en el tiempo del Espíritu. Hubiera querido otra cosa. «Cansada aquellos días de andar con oficiales, había acabádose todo. Aquella mañana, sentándonos en refectorio a comer, me dio tan gran consuelo de ver que ya no tenía qué hacer y que aquella Pascua podía gozarme con nuestro Señor algún rato, que casi no podía comer, según se sentía mi alma regalada. No merecí mucho este consuelo» (F 17,1). Estamos a finales de mayo de 1569 y tiene Teresa cincuenta y cuatro años. Y de nuevo, vuelve a los caminos para mostrar el amor de su Amado.</p>
<h3>DOS MUJERES FRENTE A FRENTE</h3>
<p>Una, Ana de Mendoza, Princesa de Éboli, fémina inquieta, veleidosa y avasalladora. La otra, Teresa de Jesús, mujer siempre dispuesta a buscar luz pero no a dejarse pisar. Desde el principio saltan chispas y terminará habiendo fuego. «Estando en esto, me vienen a decir que está allí un criado de la princesa de Éboli, mujer de Ruy Gómez de Silva. Yo fui allá, y era que enviaba por mí, porque había mucho que estaba tratado entre ella y mí de fundar un monasterio en Pastrana. Yo no pensé que fuera tan presto. A mí me dio pena, porque tan recién fundado el monasterio y con contradicción, era mucho peligro dejarle, y así me determiné luego a no ir y se lo dije. El díjome que no se sufría, porque la princesa estaba ya allá y no iba a otra cosa, que era hacerle afrenta. Con todo eso, no me pasaba por pensamiento de ir, y así le dije que se fuese a comer y que yo escribiría a la princesa y se iría. El era hombre muy honrado y, aunque se le hacía de mal, como yo le dije las razones que había, pasaba por ello» (F 17,2).</p>
<p>Pero a la hora de tomar decisiones, no solo cuentan las razones, entra también, y de qué manera, la oración, y la búsqueda de parecer del confesor. «Fuime delante del Santísimo Sacramento para pedir al Señor escribiese de suerte que no se enojase, porque nos estaba muy mal, a causa de comenzar entonces los frailes, y para todo era bueno tener a Ruy Gómez, que tanta cabida tenía con el Rey y con todos&#8230; Estando en esto, fueme dicho de parte de nuestro Señor que no dejase de ir, que a más iba que a aquella fundación, y que llevase la Regla y Constituciones» (F 17,3). «Yo, como esto entendí, aunque veía grandes razones para no ir, no osé sino hacer lo que solía en semejantes cosas, que era regirme por el consejo del confesor. Y así le envié a llamar, sin decirle lo que había entendido en la oración&#8230; Su Majestad, cuando quiere se haga una cosa, se lo pone en corazón&#8230; Mirándolo todo, le pareció fuese, y con eso me determiné a ir» (F 17,4). «Salí de Toledo segundo día de Pascua de Espíritu Santo» (F 17,5).</p>
<h3>SORPRESA INESPERADA, AUNQUE ANUNCIADA: VOCACIONES PARA EL CARMELO DESCALZO</h3>
<p>El relato de Teresa parece una lección de historia de altura -tal es la pléyade de personajes importantes que aparecen-, pero en el fondo es historia de salvación. «Era el camino por Madrid, y fuímonos a posar mis compañeras y yo a un monasterio de franciscas con una señora que le hizo y estaba en él, llamada doña Leonor Mascareñas, aya que fue del rey, muy sierva de nuestro Señor» (F 17,5). Esta mujer es la mediadora de las nuevas vocaciones parea frailes descalzos.</p>
<p>«Esta señora me dijo que se holgaba viniese a tal tiempo, porque estaba allí un ermitaño que me deseaba mucho conocer, y que le parecía que la vida que hacían él y sus compañeros conformaba mucho con nuestra Regla. Yo, como tenía solos dos frailes, vínome el pensamiento, que si pudiese que éste lo fuese, que sería gran cosa; y así la supliqué procurase que nos hablásemos. El posaba en un aposento que esta señora le tenía dado, con otro hermano mancebo, llamado fray Juan de la Miseria, gran siervo de Dios y muy simple en las cosas del mundo. Pues comunicándonos entrambos, me vino a decir que quería ir a Roma» (F 17,6).</p>
<p>El retrato y relato del candidato de Mariano dejan embelesada a la Madre Teresa. «Era de nación italiana, doctor y de muy gran ingenio y habilidad. Estando con la Reina de Polonia, que era el gobierno de toda su casa, nunca se habiendo inclinado a casar&#8230; llamóle nuestro Señor a dejarlo todo para mejor procurar su salvación. Después de haber pasado algunos trabajos, que le levantaron había sido en una muerte de un hombre, y le tuvieron dos años en la cárcel, adonde no quiso letrado, ni que nadie volviese por él, sino Dios y su justicia, habiendo testigos que decían que él los había llamado para que le matasen, casi como a los viejos de Santa Susana acaeció que, preguntado a cada uno adónde estaba entonces, el uno dijo que sentado sobre una cama; el otro, que a una ventana; en fin, vinieron a confesar cómo lo levantaban, y él me certificaba que le había costado hartos dineros librarlos para que no los castigasen, y que el mismo que le hacía la guerra, había venido a sus manos que hiciese cierta información contra él, y que por el mismo caso había puesto cuanto había podido por no le hacer daño» (F 17,7). «Estas y otras virtudes que es hombre limpio y casto, enemigo de tratar con mujeres debían de merecer con nuestro Señor que le diese conocimiento de lo que era el mundo, para procurar apartarse de él&#8230; Supo que cerca de Sevilla estaban juntos unos ermitaños en un desierto, que llamaban el Tardón, teniendo un hombre muy santo por mayor, que llamaban el padre Mateo. Tenía cada uno su celda y aparte, sin decir oficio divino, sino un oratorio adonde se juntaban a misa. Ni tenían renta ni querían recibir limosna ni la recibían; sino de la labor de sus manos se mantenían, y cada uno comía por sí, harto pobremente. Parecióme, cuando lo oí, el retrato de nuestros santos Padres» (F 17,8).</p>
<p>«Pues como me dijo la manera de su vida, yo le mostré nuestra Regla primitiva y le dije que sin tanto trabajo podía guardar todo aquello, pues era lo mismo, en especial de vivir de la labor de sus manos, que era a lo que él mucho se inclinaba, diciéndome que estaba el mundo perdido de codicia y que esto hacía no tener en nada a los religiosos. Como yo estaba en lo mismo, en esto presto nos concertamos y aun en todo; que, dándole yo razones de lo mucho que podía servir a Dios en este hábito, me dijo que pensaría en ello aquella noche. Ya yo le vi casi determinado» (F 17,9). «Su Majestad, que lo quería, le movió de manera aquella noche, que otro día me llamó ya muy determinado y aun espantado de verse mudado tan presto, en especial por una mujer, que aun ahora algunas veces me lo dice, como si fuera eso la causa, sino el Señor que puede mudar los corazones. Grandes son sus juicios» (F 17,9).</p>
<h3>SEGUNDO CONVENTO DE LOS FRAILES</h3>
<p>«Pues díjome cómo Ruy Gómez en Pastrana, que es el mismo lugar adonde yo iba, le había dado una buena ermita y sitio para hacer allí asiento de ermitaños, y que él quería hacerla de esta Orden y tomar el hábito. Yo se lo agradecí y alabé mucho a nuestro Señor; porque de las dos licencias que me había enviado nuestro padre General Reverendísimo para dos monasterios, no estaba hecho más del uno. Y desde allí hice mensajero a los dos padres que quedan dichos, el que era Provincial y lo había sido, pidiéndole mucho me diesen licencia, porque no se podía hacer sin su consentimiento; y escribí al obispo de Ávila, que era don Álvaro de Mendoza, que nos favorecía mucho, para que lo acabase con ellos. Fue Dios servido que lo tuvieron por bien. Les parecería que en lugar tan apartado les podía hacer poco perjuicio. Diome la palabra de ir allá en siendo venida la licencia. Con esto fui en extremo contenta» (F 17,11-12).</p>
<p>«Hallé allá a la princesa y al príncipe Ruy Gómez, que me hicieron muy buen acogimiento. Diéronnos un aposento apartado&#8230; Estaría allí tres meses, adonde se pasaron hartos trabajos, por pedirme algunas cosas la princesa que no convenían a nuestra religión, y así me determiné a venir de allí sin fundar, antes que hacerlo. El príncipe Ruy Gómez, con su cordura, que lo era mucho y llegado a razón, hizo a su mujer que se allanase; y yo llevaba algunas cosas, porque tenía más deseo de que se hiciese el monasterio de los frailes que el de las monjas, por entender lo mucho que importaba, como después se ha visto» (F 17,12-13).</p>
<p>«En este tiempo vino Mariano y su compañero, los ermitaños que quedan dichos, y traída la licencia, aquellos señores tuvieron por bien que se hiciese la ermita que le había dado para ermitaños de frailes Descalzos&#8230; Yo les aderecé hábitos y capas, y hacía todo lo que podía para que ellos tomasen luego el hábito» (F 17,14).</p>
<p>Un fraile calzado de Medina se quiere unir. «Que aunque no era muy viejo, no era mozo, muy buen predicador, llamado fray Baltasar de Jesús. &#8230; yo alabé a Dios. El dio el hábito al padre Mariano y a su compañero, para legos entrambos&#8230; Pues fundados entrambos monasterios y venido el padre fray Antonio de Jesús, comenzaron a entrar novicios tales cuales adelante se dirá de algunos, y a servir a nuestro Señor tan de veras, como si El es servido escribirá quien lo sepa mejor decir que yo, que en este caso, cierto quedo corta» (F 17,15).</p>
<p>La Princesa monja. «En lo que toca a las monjas, estuvo el monasterio allí de ellas en mucha gracia de estos señores y con gran cuidado de la princesa en regalarlas y tratarlas bien, hasta que murió el príncipe Ruy Gómez, que el demonio, o por ventura porque el Señor lo permitió Su Majestad sabe por qué con la acelerada pasión de su muerte entró la princesa allí monja. Con la pena que tenía, no le podían caer en mucho gusto las cosas a que no estaba usada de encerramiento, y por el santo concilio la priora no podía dar las libertades que quería» (F 17,16).</p>
<p>«Vínose a disgustar con ella y con todas de tal manera, que aun después que dejó el hábito, estando ya en su casa, le daban enojo, y las pobres monjas andaban con tanta inquietud, que yo procuré con cuantas vías pude, suplicándolo a los prelados, que quitasen de allí el monasterio&#8230; dejando cuanto les había dado la princesa&#8230; dejando bien lastimados a los del lugar. Yo con el mayor contento del mundo de verlas en quietud, porque estaba muy bien informada que ellas ninguna culpa habían tenido en el disgusto de la princesa&#8230; En fin, el Señor que lo permitió. Debía ver que no convenía allí aquel monasterio, que sus juicios son grandes y contra todos nuestros entendimientos. Yo, por solo el mío, no me atreviera, sino por el parecer de personas de letras y santidad» (F 17,17).</p>
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