Teresa de Jesús vive en la España del siglo XVI, concretamente en Castilla, donde pasa toda su vida, salvo los tres años de la fundación de Sevilla. Le toca una época que ella califica de «tiempos recios», de cambios profundos. El hombre, ya no Dios, comienza a ser la medida de todas las cosas, pasa a ser el centro del mundo y toma conciencia de su interioridad.

Se manifiesta un gran ansia de reforma de la vida cristiana, entendida como experiencia del Dios misterioso que se busca por los caminos de la vida interior, y que se ha hecho rostro y palabra humana, (libro vivo, en expresión de la Madre Teresa) en Jesucristo. Se anhela una vida cristiana liberada de las mediaciones externas que la asfixiaban, y la fe se redescubre como acto de confianza radical en el Dios encarnado, el Dios de la misericordia, que “no se espanta de las flaquezas de los hombres, que entiende nuestra miserable compostura” (Vida 37, 6), como dice Santa Teresa, que hablará de la amistad con Dios a través de Cristo.

En medio de ese mundo, Teresa de Jesús afirma que Dios existe, que ella lo ha experimentado y que es un Dios vivo que ha trasformado su vida. Que si, por una parte, trasciende nuestras ideas y conceptos, por otra es un Dios cercano, entrañable, que ha querido hacer de nuestro interior morada, casa y hogar; un Dios con quien se puede dialogar, y ese diálogo es la oración.

En ese tiempo no es fácil ser mujer, espiritual y lectora. Todo lo que es Teresa. Ella reclama la presencia activa de la mujer en la Iglesia pidiendo el derecho a la vida espiritual. Por otra parte, Teresa asiste a la ruptura dolorosa de la unidad de la Iglesia; y a pesar de no haber sido comprendida por muchos eclesiásticos del momento, puede exclamar: «al fin, Señor, soy hija de la Iglesia«.

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VIDA Y OBRAS DE TERESA DE JESÚS