ORAR CON SANTA TERESA DE LOS ANDES

Acercarnos a Teresita de Los Andes, Carmelita del consuelo, así la llaman cariñosamente en Chile, es acercarnos a su vida orante, a su intimidad con Jesús y con María; es descubrir la presencia de Jesucristo tejiendo misteriosamente su vida, desde muy pequeña, y percibir la presencia de María, espejo en el que se miraba constantemente para imitarla.

La oración es su misma vida en continuo trato con Jesús y con María. La oración es el aliento de su vida y la sonrisa que asoma en su bello rostro juvenil. La oración y la vida se funden misteriosamente en esta santa carmelita latinoamericana amasando un rico pan de gracia, de esperanza, de paz, de alegría y de consuelo para quienes se acercan a ella. Su oración es amar todo el tiempo, apreciando lo sencillo de la vida y entregarse a los demás en mil detalles pequeños. Su oración es su actitud contemplativa en todo lo que le acontece y en todo lo que la rodea, reconociendo siempre el Rostro de Jesús, el amor de su vida, crucificado por amor. Su oración es consolar a Jesús, estar con Él amándole, adorándole, alabándole.

DATOS BIOGRÁFICOS.

Nació en Santiago de Chile el 13 de julio de 1900 y murió el 12 de abril de 1920 (le faltaban 3 meses para cumplir 20 años).

En la pila bautismal recibió el nombre de Juana Enriqueta Josefina de los Sagrados Corazones Fernández Solar. Familiarmente se la conoce con el nombre de Juanita.

Su niñez se desarrolló normalmente en el seno familiar: sus padres, Miguel Fernández y Lucía Solar; sus tres hermanos y dos hermanas; el abuelo materno, tíos, tías y primos.

La familia gozaba de buena posición económica, (aunque poco a poco fue perdiendo patrimonio) y conservaba fielmente la fe cristiana, viviéndola con sinceridad y constancia.

Juntamente con Rebeca, su hermana más pequeña, Juanita recibió su formación escolar en el colegio de las monjas francesas del Sagrado Corazón. Entre la vida estudiantil y la vida familiar se desarrolló su corta e intensa historia. A los catorce años de edad, inspirada por Dios, decidió consagrarse a Él como religiosa, carmelita descalza.

En sus vacaciones estivales pasa largos períodos en el fundo o hacienda familiar de Chacabuco, cerca de Los Andes. Dedica largos ratos a la oración ante el Santísimo, da catequesis a los niños de las familias que trabajan en sus propiedades, participa en las misiones que se organizan para estas familias, atiende a los obreros de la hacienda y socorre a los pobres que llaman a su puerta.

Practica deporte y con sus amigas da grandes paseos a caballo por la Cordillera Andina y disfruta del sol en las bellas playas chilenas de la costa del Pacífico.

Terminados los estudios, revela su secreto guardado en su corazón: sus deseos de ser religiosa. Tuvo que luchar para ello y vencer muchas dificultades; entre ellas, la oposición sobre todo de su padre, que mucho la quería, y la de sus hermanos que no veían sentido a su vocación.

El 7 de mayo de 1919 ingresó en las Carmelitas de Los Andes y pasó a llamarse Teresa de Jesús, aunque más tarde sería conocida como Teresa de Los Andes. Durante su estancia en el convento (unos 11 meses), escribió cartas a sus familiares y amistades en las que pregonaba su amor a Cristo, a la Eucaristía y a la Virgen, además de su alegría y su felicidad por ver cumplida su vocación: «así pasamos la vida; orando, trabajando y riéndonos».

A lo largo de su corta vida sufrió varias enfermedades, como la difteria y el tifus. Estuvo varias veces en peligro de muerte. Nunca expresó la más mínima queja, ya que consideraba que era Dios quien le «permitía sufrir». El 7 de abril hizo su profesión religiosa en el artículo de la muerte. Después de muchas tribulaciones interiores e indecibles padecimientos físicos, causados por un violento ataque de tifus que acabó con su vida, pasó de este mundo al Padre al atardecer del 12 de abril de 1920.

Beatificada por Juan Pablo II en Santiago de Chile el 3 de abril de 1987, como «la luz de Cristo y el faro luminoso que debe guiar a los chilenos».  Propuesta como modelo a los jóvenes.

Canonizada en Roma, el 21 de marzo de 1993.

SANTA TERESA DE JESÚS DE LOS ANDES. es la primera santa chilena y del Carmelo Teresiano de América Latina. Sus restos son venerados en el Santuario de Auco-Rinconada de Los Andes por miles de peregrinos que buscan y encuentran en ella el consuelo, la luz y el camino hacia Dios.

¿Qué luz lleva en su interior que la guía a vivir alegre, feliz, en continuo trato con Jesús?
¿Qué oración alimentaba su vida?

ITINERARIO ESPIRITUAL

En un breve espacio de tiempo (20 años), recorrió un camino de santidad y dejó plasmados los sentimientos, estados interiores, su trato de amistad con Jesús y  su identificación con la Virgen María en su Diario y en sus Cartas (164).

Para conocer su oración necesitamos leer, meditar sus escritos.

Juanita no pretendió nunca hacer literatura. Sí, podemos tener en cuenta su sensibilidad, sus dotes personales para escribir y la ayuda de una cultura intensa y bien asimilada en los años de sus estudios densos según los esquemas y parámetros culturales del centro donde se formó.

Los escritos de Teresa de los Andes reflejan el diálogo continuado e intenso durante toda su vida, el trato de amistad que tenía con Jesucristo. No hay una página donde no se perciba esa presencia de los dos, de Teresa y de Dios. Ella siente en todo momento esa voz: «Siempre siento esa voz querida que es la de mi Amado, la voz de Jesús en el fondo de mi alma» (D. 10).

Las páginas de Teresa de los Andes son ella misma, expresan su sensibilidad, sus cualidades psicológicas y espirituales. Tuvo una memoria feliz, gran capacidad de observación y acogida de las situaciones y de las personas; facilidad para situarse ante todo y ante todos; contemplativa por naturaleza admiraba toda forma de belleza física o moral. Muy afectiva y espontánea. Por eso su alma, todo su ser, está en sus páginas con frescura, ofreciendo siempre una sensación de inmediatez y de verdad sin encubrimientos ni máscaras.

A mí, desde chica, me decían que era la más bonita de mis hermanos y yo no me daba cuenta de ello. Pero esas mismas palabras me las repetían cuando más grande, a escondidas de mi mamá, que no le gustaba. Sólo Dios sabe lo que me costó desterrar este orgullo o vanidad que se apoderó de mi corazón cuando estuve más grande. Mi carácter era tímido, de un corazón muy sensible. Por todo lloraba, pero tenía un carácter sumamente suave; yo jamás rabiaba con nadie. (Diario, 2).

Su exquisita sensibilidad la llevaba a darse cuenta del dolor en los demás, a favorecer la confianza, la paz, la alegría y la solidaridad entre cuantos la rodeaban. En su ambiente familiar percibe, escucha, comprende, acompaña los momentos delicados debidos a pérdidas económicas.

Se destacan también otras cualidades como su ternura, su amor hacia todos, manifestado en el interés que sintió por cuantas personas encontró en su entorno familiar y humano. Su bondad de corazón la impulsaba a hacer el bien a todos y a procurar que todos fueran buenos. Todas sus páginas rezuman la presencia de Dios que envolvía su vida, de Jesucristo que habitaba su vida, a quien ella se entregó, y en cuya intimidad vivió constantemente y la compañía de la Virgen María.

La oración y el mensaje espiritual de santa Teresa de los Andes es su propia vida

Quienes se acerquen a sus páginas deben abrirse a lo sobrenatural para percibir la presencia del Espíritu que la animó y la guió.

Su vida breve y sencilla es obra y fruto de la gracia, don que se ofrece e invita a quienes opten por seguir a Jesús en el Evangelio y por mirarse en el espejo de la Virgen María.

En este encuentro de formación para los GOT utilizamos su Diario para descubrir su oración. Teresa lo dedicó a la M. Julia Ríos, religiosa de gran personalidad, que fue animadora espiritual de las alumnas del Colegio del Sagrado Corazón. Y especialmente de Juana. Es la historia de su alma, de su oración. Es una redundancia de su interioridad; una necesidad de dejar constancia de cuanto sucedía en su alma, sin otra finalidad prevista, sino la de la Providencia.

Desde las primeras páginas de su Diario nos brota el asombro la connaturalidad con que relata su trato con Dios. La espontaneidad, la simplicidad con que dialoga con alguien tan cercano, tan presente que vive en ella misma, en la más íntima proximidad de su propio ser. Una intimidad que siguiendo un proceso inevitable llegó hasta la fusión. Declaró ella: «Sobre todo siento que no soy yo la que vivo, sino Jesús» (C. 122).

ASÍ ORA TERESA DE LOS ANDES: CON JESÚS Y CON MARÍA

Su itinerario interior se inició en los primeros años de su vida, en etapas primerizas, y se consumó en una vida muy breve “En cortos años vivió larga vida” (Sab 4,13).

Comienza su Diario diciéndonos: La historia de mi alma se resume en dos palabras: «Sufrir y amar» … El camino que me mostró Jesús, desde pequeña, fue el que recorrió y el que amó; y como Él me quería, buscó para alimentar mi pobre alma el sufrimiento (Diario, 1).
Desde muy pequeña, «desde que me di cuenta de todo, es decir, a los seis años o antes» percibió que su vida era totalmente de Dios, y que no tenía sentido, sino de ser totalmente para Él. Su anhelo más profundo fue mirarse en María, espejo de Jesús. Su Maestro, Jesús, la instruye interiormente.

 Cuando vino el terremoto de 1906, al poco tiempo fue cuando Jesús principió a tomar mi corazón para sí. (Tiene 6 años). Me acuerdo que mi mamá con mi tía Juanita nos llevaban a misa y siempre nos explicaban todo; y yo, en la misa, cuando llegaba la Comunión, me encendía de deseos de recibir a Nuestro Señor. Pedía a mi mamá este favor, pero gracias a Dios que no me encontró preparada para este sublime acto. Me acuerdo que mamá y mi tía Juanita me sentaban en la mesa y me preguntaban acerca de la Eucaristía. Yo contestaba a sus preguntas; pero, como me veían muy chica, no me dejaban hacerla. (Diario 3).

Teresa no recorre este camino en solitario. Lo hace en compañía del Señor, de Cristo que la enseña, la guía, la acompaña, la alumbra y la ayuda.

El día de su primera comunión, 11 de septiembre de 1910, año de felicidad y de recuerdo más puro que tendrá en toda mi vida. La relación profunda y continuada con Jesús se inició el día de su primera comunión. Ese hermoso día para mí, fue un día hermoso para la naturaleza también. El sol despedía sus rayos que llenaban mí alma de felicidad y acción de gracias al Creador. Desperté temprano. Mi mamá me vistió y me puso el vestido. Me peinó. Todo me lo hizo ella, pero yo no pensaba en nada. Para todo estaba indiferente, menos mí alma para Dios. Cuando llegamos, nos llevamos repitiendo el rosario de Primera Comunión. En vez de Ave María, se repetía: «Venid, Jesús mío, venid. Oh mí Salvador, venid Vos mismo a preparar mí corazón»…

No es para describir lo que pasó por mi alma con Jesús. Le pedí mil veces que me llevara, y sentía su voz querida por primera vez. “¡Ah, Jesús, yo te amo; yo te adoro!” Le pedía por todos. Y [a la Virgen la sentía cerca de mí. ¡Oh, cuánto se dilata el corazón! Y por primera vez sentí una paz deliciosa. Después que dimos acciones de gracias fuimos al patio a repartir cosas a los pobres y abrazar [cada una] a su familia.
Pasó ese día tan feliz que será el único en mi vida.
Jesús, desde este primer abrazo, no me soltó y me tomó para sí. Todos los días comulgaba y hablaba con Jesús largo rato. Pero mi devoción especial era la Virgen. Le contaba todo. Desde ese día la tierra para mí no tenía atractivo. Yo quería morir y le pedía a Jesús que el ocho de diciembre me llevara.

La Virgen y Jesús me hablan

En 1913 escribe. Mi devoción a la Virgen era muy grande. Un día, yo que tenía mucha pena por una cosa le conté a la Virgen y le rogué por la conversión de un pecador.
Entonces me contestó Ella. Desde entonces, la Virgen, cuando la llamo, me habla.
Un día estaba sola yo en mi cuarto y con la enfermedad me había puesto tan regalona que no podía estar sola… Mis ojos llenos de lágrimas se fijaron en un cuadro del Sagrado Corazón y sentí una voz muy dulce que me decía: «¡Cómo! Yo, Juanita, estoy solo en el altar por tu amor, ¿y tú no aguantas un momento?» Desde entonces Jesusito me habla. Y yo pasaba horas enteras conversando con El. Así es que me gustaba estar sola. Me fue enseñando cómo debía sufrir y no quejarme… [y] de la unión intima con El. Entonces me dijo que me quería para El. Que quería que fuese Carmelita. ¡Ay! Madre, no se puede imaginar lo que Jesús hacía de mi alma. Yo, en ese tiempo, no vivía en mí. Era Jesús el que vivía en mí. Me levantaba a las siete… todo lo hacía con Jesús y por Jesús. Nuestro Señor me mostró como fin la santidad y ésta la alcanzaría haciéndolo todo lo mejor posible.

De salud delicada y excesiva sensibilidad se confía al Señor para pedirle fortaleza ante una operación de apendicitis: Le pedí a Nuestro Señor con toda mi alma que me diera valor y serenidad. ¿Qué habría sido de mí sin el auxilio de Jesús? ¡Oh Jesús dulcísimo, yo te amo!

Dada su exquisita sensibilidad se enfada con frecuencia y se enrabia para salirse con la suya. Pero se da cuenta de su mal carácter, pide perdón y sobre todo acude a Jesús
Yo creo que de este pecado he tenido contrición perfecta, pues lo he llorado no sé cuántas veces. Y cada vez que me acuerdo, me apeno de haber sido tan ingrata con Nuestro Señor que me acababa de dar la vida.

Al cumplir 15 años, edad en la que la mayoría de los jóvenes comienzan una nueva etapa de ensueños, de búsquedas… En Teresita su pensamiento vuela a Jesús, su vida se mete en la vida de Jesús y de su corazón brota la gratitud por la vida recibida, por recobrarla después de la operación de apendicitis, y el deseo hondo de pertenencia total.
[Julio 13] Hoy cumplo quince años ¡Quince años! La edad en que todos quisieran estar: los niños por ser considerados como más grandes, y los ancianos y los que han pasado esta edad, que tienen veinticinco años, quisieran volver a esta edad por ser la más feliz.
Pero yo pienso: quince años, quince años que Dios me ha conservado la vida.
Me la dio en 1900. Me prefirió entre millares de seres para crearme a mí.
En 1914, el año que pasó estuve a la muerte, y me dio la vida otra vez.
¿Qué [he] hecho yo de mi parte, para este favor tan grande y para que Dios me haya dado la vida dos veces?
¡Quince años! ¿En qué me he ocupado en estos quince años? ¿Qué he hecho yo para agradar a ese Rey omnipotente, a ese Creador misericordioso que me creó? ¿Por qué me prefirió entre tantas criaturas?
El porvenir no se me ha revelado; pero Jesús me ha descorrido la cortina y he divisado las hermosas playas del Carmelo.
 ¡Cuántas veces no le he pedido a Dios que me lleve de este mundo, y El casi ha accedido a mis súplicas y me ha mandado enfermedades de las cuales creían que no salvaba! Pero Jesús me ha enseñado que no debo pedir esto y me ha puesto como término de mi viaje nueve años más en el bendito puerto del Carmelo.
Estos quince años, que para una chiquilla es la edad más peligrosa, es la entrada en la mar tempestuosa del mundo. Pero yo que estoy en los quince años, Jesús ha tomado el mando de mi barquilla y la ha retirado del encuentro de las otras naves. Me ha mantenido solitaria con El. Por eso, mi corazón, conociendo a este Capitán, ha caído en el anzuelo del amor, y aquí me tiene cautiva en él. ¡Oh! cuanto amo esta prisión y a este Rey Poderoso que me tiene cautiva, a este Capitán que, en medio de los oleajes del océano, no ha permitido que naufrague.
Jesús me alimenta cotidianamente con su Carne adorable y, junto con este manjar, escucho una voz dulce y suave como los ecos armoniosos de los ángeles del cielo. Esta es la voz que me guía, que suelta las velas del barco de mi alma para que no sucumba, y para que no se hunda. Siempre siento esa voz querida que es la de mi Amado, la voz de Jesús en el fondo del alma mía; y en mis penas, en mis tentaciones, es El mi Consolador, es El mi Capitán.
Condúceme siempre, Jesús mío, por el camino de la Cruz. Y levantará el vuelo el alma mía, donde se encuentra el aire que vivifica y la quietud. (Diario, 10).

Ese mismo año 1915 tiene que estudiar internas, ella y su hermana Rebeca. Siente profundamente la separación de su familia y de nuevo acude a Jesús para buscar sentido a este nuevo paso de vida.
Pero la voz de Dios manda más y yo debo seguir a Jesús al fin del mundo si Él lo quiere. En El encuentro todo. El solo ocupa mi pensamiento. Y todo lo demás, fuera de Él, es sombra, aflicción, y vanidad. Por Él lo dejaré todo para irme a ocultar tras las rejas del Carmen, si es Su Voluntad, y vivir sólo para El. ¡Qué dicha, qué placer! Es el Cielo en la tierra.
Pero entre tanto, qué siglos son los años que se esperan para darle el dulcísimo nombre de Esposo. Qué tristes los días de destierro. Pero Él está junto a mí y me dice muy seguido: «Amiga muy querida» Esto me infunde ánimo y sigo esforzándome para hacerme un poco menos indigna del título que llevaré. ¡Ah!, ¿dónde será el lugar donde celebraremos nuestros desposorios y el lugar donde viviremos unidos? Me ha dicho el Carmen. Pero cada vez que quiero mirarlo más de cerca, parece que Él lo cubre con un velo para que nada vea, y sin esperanza me retiro triste y desolada. Veo que mi cuerpo no resistirá y todos los que están al cabo me repiten: es muy austera esa Orden y tú eres muy delicada.
Pero Tú, Jesús, eres mi Amigo y como tal me proporcionas consuelo. Cuando salí a la casa por el día, me encontré que la Madre Superiora del Carmen, sin conocerme, me había enviado un retrato de Teresita del Niño Jesús, con mi mamá; lo que me ha proporcionado mucho gusto. Me encomendaré a Teresita para que me sane y pueda ser Carmelita.
Pero no quiero sino que se cumpla la voluntad de Dios. Él sabe mejor lo que me conviene. ¡Oh, Jesús, te amo; te adoro con toda mi alma! (Diario, 11).

Reiterativamente expresa su unión con Jesús
Martes 21. Hoy he tenido la dicha de comulgar. Me sentía tan unida a Él, lo amaba tanto que me parecía estar en el cielo y he continuado en esta unión durante todo el día. ¡Jesús mío, no te separes de mí!
Viernes 24. Hoy nos hemos venido al colegio. Siento desesperación y unas ganas locas de llorar. A Ti, Jesús mío, te ofrezco esta pena; pues quiero sufrir para parecerme a Ti, Jesús, amor mío.

Sufrir con alegría. Carta a la Virgen.
Esposa de Jesús. Mi único amor

 Hoy desde que me levanté estoy muy triste. Parece que de repente se me parte el corazón. Jesús me dijo que quería que sufriese con alegría. Esto cuenta tanto, pero basta que Él lo pida para que yo procure hacerlo.
Me gusta el sufrimiento por dos razones: la primera, porque Jesús siempre prefirió el sufrimiento, desde su nacimiento hasta morir en la cruz. Luego ha de ser algo muy grande para que el Todopoderoso busque en todo el sufrimiento. Segundo: me gusta porque en el yunque del dolor se labran las almas. Y porque Jesús, a las almas que más quiere, envía este regalo que tanto le gustó a Él.
Me dijo que Él había subido al Calvario y se había acostado en la Cruz con alegría por la salvación de los hombres. «¿Acaso no eres tú la que me busca y la que quieres parecerte a Mí? Luego ven conmigo y toma la Cruz con amor y alegría».
Encuentro también en un cuaderno una cosa escrita que se titulaba: «Mi Espejo».
«Mi espejo ha de ser María. Puesto que soy su hija, debo parecerme a Ella y así me pareceré a Jesús».
«No he de amar sino a Jesús. Luego mi corazón ha de tener el sello del amor de Dios. Mis ojos se deben fijar en Jesús crucificado. Mis oídos han de oír constantemente la voz del Divino Crucificado».
«Mi lengua ha de expresarle mi amor. Mi pie ha de encaminarse al Calvario. Por eso ha de ser mi andar lento y recogido. Mis manos deben estrechar el Crucifijo, es decir, aquella imagen divina que ha de imprimirse en mi corazón». (Diario 15).

Expresa su dolor a María, Madre y se confía plenamente a ella.
Sólo quiero a Jesús. Quiero que Él sea el dueño de mi corazón. Dile que le amo y que le adoro. Dile que quiero sufrir, que quiero morir de amor y sufrimiento. Que no me importa el mundo, sino solamente El. Sí, Madre. Estoy sola. Me uno a tu soledad. Consuélame, aliéntame, aconséjame, acompáñame y bendíceme.
Tú eres mi Madre y te digo que tengo pena. Antes tenía una tregua mi dolor, un rayo de luz en mi oscuro corazón; pero ese rayo de luz ya no me alumbra ni sonríe. Esa sonrisa de mi madre me hacía vivir y era dos veces a la semana; pero ahora no la tendré. Mañana será miércoles y nadie me llamará al salón. Ven Tú con tu Hijo y mi felicidad será completa.
Haced que sepa mis lecciones, mis repasos, mis exámenes. Que tenga premios para verte feliz a Ti, y a mi Jesús y a mis padres. María, Madre mía, óyeme. Tu hija» (Diario, 15).

A los 15 años hace voto de castidad, de pertenencia total a Jesús. (7 de diciembre 1915)
«Es mañana el día más grande de mi vida. Voy a ser esposa de Jesús. ¿Quién soy yo y quién es El? [El] todopoderoso, inmenso, la Sabiduría, Bondad y Pureza misma se va a unir a una pobre pecadora. ¡Oh, Jesús, mi amor, mi vida, mi consuelo y alegría, mi todo! ¡Mañana seré tuya! ¡Oh, Jesús, amor mío!  Madre mía, mañana seré doblemente tu Hija. Voy a ser Esposa de Jesús. Él va a poner en mi dedo el anillo nupcial. Oh, soy feliz, pues puedo decir con verdad que el único amor de mi corazón ha sido El.
Soy feliz. Tengo mi fórmula escrita:
«Hoy, ocho de diciembre de 1915, de edad de quince años, hago el voto delante de la Sma. Trinidad y en presencia de la Virgen María y de todos los santos del Cielo, de no admitir otro Esposo sino a mi Señor Jesucristo, a quien amo de todo corazón y a quien quiero servir hasta el último momento de mi vida (Diario, 15).

Carta a su Rebeca confiándole el secreto de su vida. (15 de abril de 1916).
Me he entregado a Él. El ocho de diciembre me comprometí. Todo lo que quiero me es imposible decirlo. Mi pensamiento no se ocupa sino en El. Es mi ideal. Es un ideal infinito. Suspiro por el día de irme al Carmen para no ocuparme sino de Él, para confundirme en El y para no vivir sino la vida de El: Amar y sufrir para salvar las almas. Sí; sedienta estoy de ellas porque sé que [es] lo que más quiere mi Jesús. ¡Oh, le amo tanto!
Quisiera inflamarte en ese amor. ¡Qué dicha la mía si pudiera darte a El! ¡Oh, nunca tengo necesidad de nada, porque en Jesús encuentro todo lo que busco! El jamás me abandona. Jamás disminuye su amor. Es tan puro. Es tan bello. Es la Bondad misma. Pídele por mí, Rebequita. Necesito oraciones. Veo que mi vocación es muy grande: salvar almas, dar obreros a la Viña de Cristo. Todos los sacrificios que hagamos es poco en comparación del valor de un alma. Dios entregó su vida por ellas y nosotros cuánto descuidamos su salvación. Yo, como prometida, tengo que tener sed de almas, ofrecerle a mi Novio la sangre que por cada una de ellas ha derramado. ¿Y cuál es el medio de ganar almas? La oración, la mortificación y el sufrimiento.
El viene con una Cruz, y sobre ella está escrita una sola palabra que conmueve mi corazón hasta sus más íntimas fibras: «Amor». ¡Oh, qué bello se ve con su túnica de sangre! Esa sangre vale para mí más que las joyas y los diamantes de toda la tierra.
Los que se aman en la tierra, mi querida Rebeca, como tú lo ves en la Lucía y Chiro, no tratan sino de tener una sola alma y un solo ideal. Mas son vanos sus esfuerzos pues las criaturas son tan impotentes. Mas no pasa eso en nuestra unión. Jesús vive ya en mi corazón. Yo trato de unirme, asemejarme y confundirme en El. Yo soy la gota de agua que he de perderme en el Océano Infinito. Mas hay un abismo que la gota no puede traspasar; más el océano se desborda con tal que la gota de agua permanezca en el más completo abandono de sí misma; que viva en un susurro continuo llamando al Océano Divino.
Más yo no soy sino un pobre pajarito sin alas. ¿Y quién me las dará para irme a anidar para siempre junto a Él? El amor. Oh, sí, le amo y quisiera morir por El. Es tanto lo que lo quiero que quisiera ser martirizada para demostrarle que le amo.
Sin duda que tu corazón de hermana se desgarra al oírme hablar de separación, al oírme murmurar esas palabras: adiós para siempre en la tierra para encerrarme en el Carmen. Mas no temas, hermanita querida. No existirá jamás separación entre nuestras almas. Yo viviré en El. Busca a Jesús y en El me encontrarás y allí los tres seguiremos los coloquios íntimos que hemos de continuar allá en la eternidad. ¡Qué feliz soy! Te convido a pasar con Jesús en el fondo de tu alma. He leído en la vida de Isabel de la Trinidad que esta santita le había dicho a N. Señor hiciera de su alma su casita.
Hagamos nosotros otro tanto. Vivamos con Jesús dentro de nosotras mismas, mi pichita querida. Él nos dirá cosas desconocidas. Es tan dulce su arrullo de amor. Y así como Isabel, encontraremos el Cielo en la tierra porque Dios es el Cielo.
Diremos a Jesús en la Comunión que edifique en nuestras almas una casita; que nosotras pondremos el material que ha de ser nuestros actos de vencimiento [y] el olvido de nosotras mismas, haciendo desaparecer el yo, que es el dios que adoramos interiormente. Esto cuesta y nos arrancará gritos de dolor. Pero Jesús pide ese trono y hay que dárselo. La caridad ha de ser el arma para combatir a ese dios.
Ocupémonos del prójimo, de servirle, aunque nos cause repugnancia hacerlo. De esta manera conseguiremos que el trono de nuestro corazón sea ocupado por su Dueño, por Dios nuestro Creador.
Venzámonos. Obedezcamos en todo. Seamos humildes. ¡Somos tan miserables!
Seamos pacientes y puras como los ángeles y tendremos la felicidad de ver que Jesús, que es un buen arquitecto, edifique una segunda casa de Betania, donde tú te ocuparás de servirlo en la persona de tus prójimos como lo hacía Marta, y yo como Magdalena permaneceré contemplándolo y oyendo su palabra de vida. Es imposible que, mientras estemos en el colegio, El exija de nosotras esa total unión que no consiste sino en ocuparnos de Él. Pero podemos cada hora ofrecerle un ramillete de amor.
Amemos al divino Niño que sufre tanto sin encontrar consuelo en las criaturas. Que El encuentre en nuestras almas un refugio, un asilo donde guarecerse en medio del odio de sus enemigos y un jardín de delicias que le haga olvidar el olvido de sus amigos.
Termino. Adiós. Contéstame esta carta y guárdame el más completo secreto. Tu hermana que te quiere en Jesús. Juana. (Diario, 16).

1916. RESOLUCIONES que toma de las meditaciones que hace durante los días de retiro.
María, Madre mía, bendíceme.
Jesús mío, ahora he visto que todo lo del mundo es vanidad. Que sólo una cosa es necesaria: amarte y servirte con fidelidad, parecerme y asemejarme en todo a Ti. En eso consistirá toda mi ambición. Quiero pasar contigo por todas las afrentas con alegría. Y si por mi flaqueza caigo, Jesús querido, te miraré en tu subida al Calvario y ayudada por Ti me levantaré. No permitas que te ofenda ni aun levemente. Prefiero mil muertes antes que darte la más ligera pena.
Madre mía, lirio entre espinas, enséñame el camino del Calvario. Guíame por esa senda de la mano. San José, custodio de vírgenes, guárdame

La meditación, espejo del alma

 1º de enero. Un año más hacia la patria. Cuántos beneficios recibidos y cuántas gracias desperdiciadas en este año que ha pasado. Y éste que viene, en su misterioso manto, quizás tendrá envueltas penas o felicidades de toda suerte. Apoyémonos en la Cruz. Ella es inmutable. Ni los siglos ni las tempestades la han quebrado. Spes única.

 Enero 2. Tengo pena. Me sangra el corazón. ¡Ah, mil vidas, si yo pudiera, ofrecería por él; todos los sufrimientos, Dios mío, enviadme y dadme gracia para soportarlos, con tal que él se convirtiera!
Jesús mío, quiero acompañarte en el huerto en tu agonía. Quiero consolarte y decir contigo: «Señor, si es posible, que pase de mí este cáliz amargo, mas no se haga mi voluntad sino la tuya».
 9. Todos los días hago mi meditación y veo cuán gran ayuda es para santificarse. Es el espejo del alma. Cuánto se conoce en ella a sí misma. Jesús me ha dado a entender que para encontrar la perfección es necesario:
1º El amor a la oración.
2º el desasimiento completo de sí misma, es decir, el olvido de sí misma que se alcanza uniéndose a Jesús, tanto que no se llegue a formar con El sino una persona y atrayéndose siempre para si lo que le gusta a Jesús: es decir, humillaciones, penas, etc., y también la caridad para con el prójimo.
3º Perfecta entrega de sí misma, es decir, la voluntad dársela a Dios. (Diario, 18).

Juanita lee desde muy joven la Vida y el Camino de perfección de santa Teresa de Jesús, que dejan en ella una profunda huella. Son varias las resonancias que encontramos en sus escritos, particularmente sobre la oración teresiana y las cuatro formas de regar el huerto (cfr. Libro de la Vida, 11). Más tarde, unos meses antes de su ingreso en el Carmelo, lee la Suma Espiritual de san Juan de la Cruz, editada en Burgos en 1900. Su lectura aviva en ella la llama de amor viva que había prendido ya en su corazón. A la luz de esta lectura, descubre muchas de las experiencias que ella había tenido anteriormente. Entre ambas lecturas está la lectura de Teresa de Lisieux y de Isabel de la Trinidad; dos figuras más cercanas a ella, casi coetáneas, cuyo influjo ha cambiado el signo de la espiritualidad contemporánea. Teresa de los Andes confiesa que su vida es muy semejante a la de estas dos santas carmelitas francesas. De hecho, en sus escritos se encuentran muchas expresiones y muchas resonancias.

De su visita a Lourdes el 12 de febrero de 1916 nos ha dejado este testimonio de su amor a María: María, Madre llena de dulzura. Sí, María, eres la Madre del universo entero. Tu corazón está lleno de dulzura. A tus pies se postran con la misma confianza el sacerdote como la virgen para hallar entre tus brazos el Amor de tus entrañas. El rico como el pobre, para encontrar en tu corazón su cielo. El afligido como el dichoso, para encontrar en tu boca la sonrisa celestial. El enfermo como el sano, para encontrar en tus manos dulces caricias. Y por fin, el pecador como yo, encuentra en Ti la Madre protectora que bajo tus plantas inmaculadas tienes quebrantada la cabeza del dragón; mientras que en tus ojos descubre la misericordia, el perdón y faro luminoso para no caer en las cenagosas aguas del pecado.  Madre mía, sí. En Lourdes se encontraba el cielo: estaba Dios en el altar rodeado de ángeles, y Tú, desde la concavidad de la roca, le presentabas los clamores de la multitud arrodillada ante el altar. Y le pedías que oyese las súplicas del pobre desterrado en este valle de lágrimas, mientras que, junto con los cantos, te ofrecían un corazón lleno de amor y gratitud (Diario, 19).

Su amor apasionado a Jesús la lleva a ofrendarse por los pecadores. Jesús mío, Tú conoces la ofrenda que te he hecho de mí misma por la conversión de las personas que te he nombrado. Desde hoy, no sólo te ofrezco mi vida, sino también mi muerte como te pluguiere dármela. La recibiré con gusto, ya sea en el abandono del Calvario, ya en el Paraíso de Nazaret. Además, si quieres, dame sufrimientos, cruz, humillaciones… Como Tú quieras, Jesús mío. Soy luya, haz de mí según tu santa voluntad. A ti, Oh María, que jamás me has desoído los ruegos que te he dirigido, como una hija le pide a su madre, también te pongo en tus manos maternales esas almas. Óyeme. Toda mi vida no he dejado de pedirte, Madre mía. Escúchame, te lo ruego por Jesús y por tu Esposo San José, a quien ruego interceda por esta pobre pecadora. Sufro. Esta palabra expresa todo para mí. ¡Felicidad! Cuando sufro estoy en la Cruz de mi Jesús. ¡Qué felicidad más grande es decirle: Jesús, Esposo mío, acuérdate que soy tu esposa, dame tu cruz! (Diario, 21).

Abril 1917. De su encuentro con el Director de su alma nos ha dejado este bello retazo de su oración:
Oro con devoción…; pero hay períodos en que no puedo meditar y me quedo tranquila con Nuestro Señor.
Me dijo que viviera constantemente en la presencia de Dios Nuestro Señor dentro de mi alma. Que lo hiciera lo más a menudo posible. Que hiciera el examen particular sobre eso. Que apuntara los pensamientos y afectos de la meditación que más me movieran a devoción… Que trajera a mis amigas al servicio de Dios.
Lo que más consuelo y alegría me dio fue que me dijo que tenía vocación para Carmelita. Me preguntó qué virtud prefería. Le contesté: la humildad. Después me dio permiso para renovar el voto de virginidad hasta la Asunción de la Virgen.

La celebración de las fiestas litúrgicas la ayuda a renovar su entrega total a Jesús.
Ascensión del Señor al cielo de mi alma. Haré todas mis cosas en unión con El, por El y para El. Lo consolaré. Quiero ser crucificada. Y El me dejó sus clavos.
Cuanto más nos unimos al Creador, más nos aislamos de las criaturas. Jesús mío, esposo de mi alma, te amo. Soy toda tuya. Sé Tú todo mío. Mañana es el día de la Trinidad. ¿Encontrará el Padre la figura de Cristo en mí? ¡Oh, cuánto me falta para parecerme a El! No tengo todavía bastante virtud. Me abato muy luego. Sin embargo, soy más humilde o me humillo más y tengo más fe.
15 de junio 1917. No sólo soy Esposa de Jesús, sino que hoy me he unido más a Él. Soy [su] hermana. Soy hija de María. Desde hoy, como las princesas que las llevan al palacio del prometido para ser formadas como él, ahora también voy a entrar a mi alma, la casa de Dios. Allí me espera mi Madre y mi Jesús. ¡Oh, cuánto lo amo! (Diario, 22).
Junio 19. Hoy me he unido a N. Señor. Desde que tengo ese crucifijo, vivo más unida a Él. ¡Oh, cuánto le amo! Me he ofrecido a Él por la conversión de esas personas…
 Hoy me he vencido mucho para no rabiar. Dios mío, Tú me has ayudado. Gracias te doy.
Junio 20.  Mi Jesús me habló mucho esta mañana. Me apoyó sobre su corazón y me dijo que me amaba. ¡Su voz era tan dulce! Lo amo tanto. Soy toda de Él. Me dijo que apuntara los actos que hacía, pero se me olvidó. También que [lo] imitara (Diario, 23).
Junio 22. Quisiera llorar de reconocimiento porque ya se cumplió una intención: ya cumplió con la Iglesia ese señor. ¡Ah, qué bueno eres, Jesús mío, cuánto te amo! ¡Oh Virgen, Madre mía, me habéis escuchado! Pero te pido más: la perseverancia y también la conversión del otro. Madre, te lo pido por Jesús.
 Hoy he hecho dos grandes actos de humildad. Cuánto me han costado; pero la Virgen me ayudó…
Me he fijado en no nombrarme, en no hablar de mí. Cuesta bastante, pero lo haré por Jesús, para consolarle. Anoche me dijo que sufría mucho. Se reclinó sobre mi corazón y allí lloró y yo con El. Me dijo que una nueva persecución se iniciaba contra El, y que amaba tanto a los hombres que no podía vivir sin ellos.
Todas las noches le doy un beso en el que le envío mi ser. Estoy tan cerca de su altar… Una puerta nos separa. Entonces me lo figuro prisionero y que le voy a abrir su prisión y lo traigo a mi corazón.
Hoy he procurado hacer todo el bien posible. Sin embargo, no he sido bastante silenciosa, pues, aunque sea para dar consejos, no debo hablar (Diario, 24).

El amor son obras.
Junio 30. Anoche lloré al verlo en esa Cruz, enclavado por mi amor. Qué bueno es El y yo qué ingrata he sido.
Mañana voy a ejercer mi apostolado. Ojalá N. Señor y mi Madre me concedan un feliz éxito.  Junté treinta pesos para mi día. Voy a comprarle zapatos a Juanito y lo demás le diré a mi mamá que me lo tenga para dárselo a los pobres. Es tan rico darles. Le di mis zapatos a la mamita de Juanito. (Diario, 26)

La meditación la ayuda a conocerse y a relativizar las apreciaciones de los demás.
Me uno a N. Señor pero no lo imito. Todavía soy muy orgullosa. Me propondré abatir hasta los últimos gérmenes del amor propio. Hoy he tratado [de] hacer retiro, aunque no me resulta. Sin embargo, he sacado provecho de la meditación, pues medité en Dios y, cuando pienso en El, quedo sumida en el amor. Veo su grandeza infinita y mi extremada miseria y veo lo que es el pecado y el gran amor de Dios. Además, conversé con Jesús y me dio a entender la nada de las apreciaciones humanas. Un día la creen buena; ven mañana un defecto, inmediatamente la encuentran mala. Además ¿de qué sirve que las criaturas la amen, la llenen de honores, si Dios, el Ser Infinito, la desprecia?
Hoy hice el voto de no cometer pecado voluntario y gracias a Dios lo cumplí… «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y así encontraréis la paz». Aunque se sufren persecuciones… etc., si imitamos a Cristo tendremos paz. Aunque las aves, como el cóndor, tienen alas y plumas pesadas, se elevan a grandes alturas a pesar de que llueva, etc., así el alma extiende sus alas y se eleva. Y esas alas son el amor de Dios… (Diario, 27).

Estoy leyendo Isabel de la Sma. Trinidad. Me encanta. Su alma es parecida a la mía.

Vamos a la soledad con Teresa de Los Andes (Retiro de 1917)
 Agosto 8. Hoy entro a retiro. Oigo la voz de mi Jesús que me dice «vamos a la soledad». «La llevaré a la soledad y allí le hablaré a su corazón». Me retiro con El en lo íntimo de mi alma y allí, como en otro Nazaret, viviré en su compañía con mi Madre y San José. Jesús me ha dicho que va a hacer un registro en su casita para ver lo que le hace falta para purificarla.
¡Oh, cuán grande me considero después de haber visto mi origen ¡todo un Dios! y mi fin: ¡un Dios Infinito! Pero hay un punto entre el origen y el fin, y éste es la vida. ¿Qué he de hacer, pues, mientras viva? Servir, honrar, amar, glorificar a mi Creador. ¿Y cómo? Aquí está mi voluntad. Si soy generosa, me daré toda a mi Jesús, que lo ha dado todo por mí. Las criaturas y todo cuanto poseo me lo ha dado Dios. Luego debo usar de ellas como que no me pertenecen. En todo, pues, debo cumplir la Voluntad de Dios, de mi Creador, de mi Salvador y de mi Todo. Le pertenezco.
¿Qué son todas las cosas sino vanidad? Todo pasa, todo se muere. Luego, ¿para qué apegarme a cosas transitorias, que no me llevan a Dios que es mi fin? Oh, mi Dios, no sé con qué pagarte tantos beneficios como me otorgas.
Señor, desde ahora quiero serte fiel. Ya que me he dado a Ti, me quiero dar completamente. Desde ahora comienzo a no mirar sino a Ti, pues eres Tú el único ser soberano. Quiero que todas mis acciones sean según tu voluntad. Ya no me importa la pobreza, los desprecios, pues esto me lleva a Ti. Quiero ser indiferente a todo, menos a Dios y mi alma.
 ¡Oh, qué ingrata me veo para con mi Dios! Tengo confusión, vergüenza con tantos pecados como he cometido. Dios mío, perdón. Cuánto te he ofendido y qué bueno eres Tú, que no me has condenado. Yo desde ahora odio el pecado pues él me aparta de Ti. Me hace objeto de horror a tu vista. Señor, perdón.
Ya desde ahora quiero ser santa. Y pensar que el germen de todos los pecados es la soberbia y esa es mi pasión dominante… ¿Qué soy yo, Señor, sino miseria, nada criminal? ¿Qué tengo yo, Señor, que Tú no me hayas dado?
Señor, quiero ser humillada, ser despreciada, aborrecida, para acercarme más a Ti; para no amar más que a Ti. Quiero sufrir para reparar mis pecados. ¡Perdón, Señor, ten piedad de mí!
 He comprendido que lo que más me aparta de Dios es mi orgullo. Desde hoy quiero y me propongo ser humilde. Sin la humildad las demás virtudes son hipocresía. Sin ella las gracias recibidas de Dios son daño y ruina.
La humildad nos procura la semejanza de Cristo, la paz del alma, la santidad y la unión íntima con Dios.
Dos son los medios necesarios para alcanzarla:
1º La consideración de los motivos que tenemos para humillarnos.
2º La práctica frecuente de actos de humillación.
Los grados principales son éstos:
1º Sentir bajamente de si y tratar de sus cosas como se suele hacer con aquellos a quienes se desprecia.
2º El verdadero humilde no quiere ser estimado. Nada grande siente o habla de sí; antes bien, se reputa por el último de todos. Si otros lo trataren así, sufrirlo en silencio.
3º Desear que lo hagan y buscar con cuidado estas ocasiones.
4º Si condenaran nuestro parecer o intención, alegrarse, dar gracias a Dios por ello.
Yo practico a veces los dos primeros. La humildad debe ser voluntaria, debe ser sincera, debe ser circunspecta, esto es, saber cuándo se debe ejercer.
Jesús, manso y humilde de corazón, haced mi corazón semejante al vuestro.
 ¡Oh, Jesús, estoy confundida, aterrada! Quisiera anonadarme en vuestra presencia. Tantos pecados con que os he ofendido. Mi Dios, perdóname. Me veo como un abismo oscuro, del cual sale un hedor insoportable. Sí, mi Jesús, ¡qué pena tengo de haberte ofendido, de haber afeado mi alma, de haber desfigurado tu divina imagen en ella! Quizás he sido, no una sino muchas veces, objeto de horror a vuestra vista. Señor, perdón. Quisiera morir antes que haber pecado. Yo, una criatura que casi no se ve. Soy una nada, más aún, soy una nada criminal que me levanté contra mi Creador, ese Ser que es la misma Sabiduría, el mismo Poder y que es la misma Bondad, que no ha hecho sino llenarme de beneficios y me conserva la vida. ¡Señor, mi Padre, mi Esposo, perdóname mis maldades, mis ingratitudes! Señor, desde ahora quiero ser santa.
 Cuán diferentes son las cosas miradas bajo la luz de la muerte. Aparecen en toda su realidad y entonces el alma exclama: «Vanidad de vanidades y todo vanidad». Todo es nada. Todo lo que el mundo estima no vale nada. Jesucristo lo desprecia. Ahora quiero ser pobre, pues las riquezas, la plata, los vestidos, las comodidades, las buenas comidas, ¿de que me servirán en mi lecho de muerte? De turbación, nada más. ¿De qué sirven un gran nombre, los aplausos, los honores, la adulación y estima de las criaturas? A la hora de la muerte, todo desaparece con ese cuerpo que va a ser muy pronto vaso de podredumbre y corrupción.
Tú, Jesús, la Sabiduría Infinita, despreciaste todo esto. Luego tu esposa ingrata quiere con tu ayuda despreciarlo.
¡Oh María, Madre mía, dame humildad, dame la verdadera sabiduría! No pasaré ningún día sin acordarme de la muerte y de la vanidad de las cosas humanas. Mi corazón, Jesús, no te ha de amar sino a Ti.
 Oh, qué espanto causará al alma cuando vea toda la enormidad de sus faltas, vea a su vista toda su vida, ver que ha desfigurado la imagen de su Creador.
¡Qué confusión tendrá cuando Jesucristo se le presente! ¡Qué horror! Jesús mío, ten piedad de mí. Acuérdate, Jesús, que toda mi vida sólo he deseado ser tuya. No sé por qué no me causa tanto espanto el juicio, pues yo [no] creo que las almas que han tomado y elegido a Jesús por dueño de su corazón sean rechazadas. Un esposo tiene compasión de su esposa. ¡Madre mía, «Spes única», cuando comparezca ante mi Juez, dile que soy tu hijita!
 Jesús querido, he disipado los tesoros de gracias con que me has colmado. He sido ingrata. Te he abandonado. Pequé, Padre mío, contra Ti. Perdón, Jesús querido. Soy indigna de tus celestiales miradas. No quiero que me mires, pero dame sólo un refugio en tu Divino Corazón. Allí quiero vivir, purificándome con tu fuego abrasador.  
Oh María, he despreciado a tu Hijo por darme gusto, por divertirme. ¡Oh! Perdón. Desde hoy quiero que mi inteligencia no conozca sino a Él; que mi voluntad no se incline sino a E!; que mi corazón y todo mi ser no pertenezcan sino a Él.
 Habló [el predicador] sobre tu imitación, Jesús mío. Tú crecías en gracia delante de Dios y de los hombres. Eras obediente, trabajador. Madre mía, enséñame a imitar a mi Divino Esposo (Diario, 29).

Humildad
Quiero desde hoy ser siempre la última en todo, ocupar el último puesto, servir a los demás, sacrificarme siempre y en todo para unirme más a Aquél que se hizo siervo siendo Dios, porque nos amaba.  No me disculparé jamás, aunque sea injusto. Haré todas las cosas lo mejor que pueda por agradar no a las criaturas sino a Dios. Amaré las criaturas por Dios, en Dios y para Dios. Viviré constantemente en ese espíritu de fe. No despreciaré ninguna ocasión para humillarme y para mortificarme. Cumpliré a cada instante la voluntad de Dios. Creo que en el amor está la santidad.

Quiero vivir con Jesús en lo íntimo de mi alma. Quiero defenderlo de sus enemigos. Quiero vivir una vida de Cielo, así como dice Isabel, siendo una alabanza de gloria:
1º Viviendo una vida divina. Amando con un amor puro a Dios. Entregándome a El sin reserva. Viviendo en una comunión íntima con el Esposo de mi alma.
2º Cumpliendo en todo la voluntad de Dios. ¿Cómo? Cumpliendo a cada instante, con alegría, mi deber. Nada me debe conturbar. Todo debe ser paz, como es la que inunda a los ángeles en el cielo.
3º Viviendo en el silencio; porque así el Espíritu Santo sacará sonidos armoniosos y el Padre, junto con el Espíritu, formará [en mí] la imagen del Verbo.
4º Sufriendo, ya que Cristo sufrió toda su vida y fue alabanza de gloria de su Padre. Sufriré con alegría por mis pecados y por los pecadores.
5º Viviendo una vida de fe. Mirando todo bajo el punto de vista sobrenatural. Reflejando a Cristo como en un cristal en nuestras acciones.
6º Viviendo en un continuo hacimiento de gracias: que nuestros pensamientos, deseos y actos sean una acción perpetua de gracias.
7º Viviendo en una continua adoración, como los ángeles; repitiendo: «Sanctus, sanctus», etc. Y ya que no podemos constantemente estar en oración, al menos antes de cada ejercicio renovar la intención, y así seremos una alabanza de gloria y viviremos una vida de Cielo. Es más, debemos inflamarnos más en el celo de la gloria divina. (Diario, 28).

Quiero ser santa.
Luego me entregaré al amor, ya que éste purifica, sirve para expiar. El que ama no tiene otra voluntad sino la del amado; luego yo quiero hacer la voluntad de Jesús. El que ama se sacrifica. Yo quiero sacrificarme en todo. No me quiero dar ningún gusto. Quiero inmolarme constantemente para parecerme a Aquél que sufre por mí y me ama. El amor obedece sin réplica. El amor es fiel. El amor no vacila. El amor es lazo de unión de dos almas. Por el amor me fundiré en Jesús.
Agosto 15. Hoy, día de la Asunción, le he pedido a mi Madre me dé su corazón. Con ese tesoro lo tendré todo, puesto que en él está Jesús y todas las virtudes (Diario, 30).

ORACIÓN CONTEMPLATIVA

Nos dice el P. Ciro García, ocd que: La vida espiritual de Juanita, su camino de santidad, está ligado a su camino de oración. La oración ocupa un lugar central en su vida, compaginando  su vida familiar y apostólica con una vida intensa de oración.

Su oración tiene muchos más matices, que ella se encarga de transmitir en sus escritos. Ante todo es un encuentro gozoso con Dios en lo hondo de su alma; pero se produce también en medio de pruebas y sequedades.

Su vida de oración se basa en un programa de vida ascética y de meditación, que ella misma se ha trazado bajo la guía de sus directores espirituales. Se puede decir que la dimensión ascética de su oración forma parte de la etapa inicial, centrada en la meditación, mientras que la segunda etapa, rumbo ya al Carmelo, se va centrando cada vez más en la contemplación. Son dos etapas de su itinerario, que se suceden muy rápidamente y con frecuencia de forma alternativa, entreveradas de gracias místicas.

En esta segunda etapa, casi al final de su vida nos ha dejado reflejada en su Diario, su actitud orante contemplativa.

Orar en la enfermedad – noche oscura
Agotada. Enferma. Las fatigas no me dejan. Cuando comulgo siento ánimo. Necesito de Jesús

 No sé lo que tengo, pues siento a cada instante fatigas. Hoy varias veces he tenido que poner toda mi voluntad para no dejarme llevar de la tristeza. Y ayer saqué ese propósito en la meditación: mostrarme alegre todo el día. Y lo he cumplido. He pasado a veces de tal manera, que casi no podía menearme del agotamiento de ánimo en que estoy. Yo creo que es la debilidad en que estoy: un dolor de cabeza constante…dolor de espalda. Yo no sé cómo estoy; pero estoy feliz, pues sufro y sufro con Jesús para consolarlo y reparar mis pecados y los de los hombres. Y una tristeza moral

Agosto 28. Me siento cada día peor. No tengo ánimo para nada; pero en fin, es la voluntad de Dios. Que se haga como Él quiera. Madre mía, todo lo he puesto en vuestras manos.

Me muero, me siento morir. Jesús mío, me doy a Ti. Te ofrezco mi vida por mis pecados y por los pecadores. Madre mía, ofréceme como hostia. Verdaderamente, ayer ya no podía más de dolor al pecho. Me estaba ahogando. No podía respirar y del dolor me daban fatigas. Todo se lo ofrecí a Jesús por mis pecados y los de los pecadores.

Noche.
La mirada de mi crucifijo me sostiene. Veo todo oscu­ro. Mi oración se acabó. Me han prohibido que la haga en la noche. La comunión me la han negado; pero venzo porque Jesús lo es Todo y Él está dentro de mi alma. ¿Qué importa todo? No quiero mirar sino el presente, es decir, mirar a Jesús. Él me alumbra. El porvenir se me presenta en medio de tinieblas.
Cuando comulgo siento ánimo. Jesús me da vida, no solo la del alma sino la del cuerpo. Y me la quitan; me privan del Cielo. Jesús querido, que se haga tu voluntad y no la mía.

Año 1918
Pena. Sequedad. Abandono. Tinieblas

Abril. Sufro, pero de una manera horrible, el abandono. Jesús me ha abandonado porque soy infiel. Ya no oye mis oraciones y me deja sin su gracia para vencerme, de manera que estoy desesperada. Jesús mío, ten piedad de mí. Tú sabes que te amo. Madre mía, socórreme en las tinieblas. Nada. Jesús no está en mi alma. La Virgen no me contesta. Jesús, ten piedad de tu esposa infiel. Sí. Te amo. No me abandones. ¡Oh, gracias! Con tu palabra, Jesús, disipas por completo la tempestad.

¿Cómo no me vuelvo loca por Jesús? Jesús es el único capaz de enamorarme.
Junio 7 de 1918. Día del Sdo. Corazón. Hoy hace un año que recibí la medalla de Hija de María. ¡Oh, qué gracias me ha concedido mi Madre! Le he prometido a N. Señor la renuncia completa de mi voluntad: hacer aquello que no me gusta siempre. Pienso que cómo no me vuelvo loca de amor por Jesús, siendo digno de toda mi veneración, amor y desvelo. Cuán poco lo amo en comparación de lo que Él me ama. ¿Cómo no me vuelvo loca por Él?

47. Año 1919
Su opción por ser Carmelita

La vida de la carmelita consiste en amar, con­templar y sufrir. Vive sola con su Dios. Entre ella y Él no hay criaturas, no hay mundo, no hay nada, pues su alma alcanza la plenitud del amor, se funde en la Divinidad, alcanza la perfección por la contemplación y el sufrimien­to. Contempla solo a Dios y, como los ángeles en el Cielo, entona las alabanzas del Señor por excelencia. La sole­dad, el aislamiento de todo lo de la tierra, la pobreza en que vive, son poderosos elementos que favorecen la contemplación del Dios Amor. Por fin, el sufrimiento la purifica intensamente.

La carmelita sufre en silencio angustias del espíritu, que quizás sean más horribles que las del cuerpo. Jesucristo en su pasión no se quejó ni una sola vez;
La carmelita muchas veces se ve rodeada de tinieblas que le ocultan a su Amado.
La carmelita no tiene distracciones que pueden sacarla de su dolor. Vive para Él y nadie puede hacerle olvidar por un instante su pena. Está en la soledad.
Sufre en la voluntad: trata de despojarse de sí misma para divinizarse. No tiene querer, porque nunca más hará lo que le gusta. Ha dejado por Dios los seres que más amó en la vida.
Sufre en el cuerpo por las austerida­des a que se somete. Sufre el hambre y el frío. Y muchas veces se ofrece a Dios como víctima por las almas, y Dios la acepta haciéndola sufrir enfermedades horribles que nadie puede remediar. Mas, ¡qué alegría expresa en su semblante, qué paz se trasluce en sus actos! Es que está sumergida en atmósfera divina. Aun cuando se sienta débil para las penitencias, cuando se encuentre desalen­tada de esa vida tan llena de sacrificios y de soledad, sigue su Regla con gozo. Ella lo supo antes de ingresar al claustro y prefirió, sin embargo, la cruz.
La carmelita es pobre. No posee nada. Tiene que tra­bajar para vivir. Su lecho es un jergón. Su túnica es áspera. No tiene ni una silla donde sentarse. Su alimento es escaso. Mas ama, y el amor la enriquece, le da a su Dios.
Pero, ¿por qué ese atractivo por sufrir me nace desde el fondo de mi alma? Ah, es porque amo. Mi alma desea la Cruz porque en ella está Jesús.


Oración de unión

15 de enero 1919. Estoy en el campo. Qué pena tengo, pues no puedo ni hacer oración, pues ni aun puedo estar sola. Mas, estaré unida a mi Jesús. Todo se lo ofrez­co a Él, pues es esta su voluntad.

Oración que he tenido. En las noches he tenido mucho fervor y N. Señor me dio a entender su grandeza y al pro­pio tiempo mi nada.
27 de enero. Leí en la mañana la «Suma Espíritual» de San Juan de la Cruz y tengo tanto amor, que Dios no se aparta de mi pensamiento y es tal la intensidad de amor que experimento, que me siento sin fuerzas, des­fallecida y algo como si estuviera en otra parte, no en mí misma.
Sentí un gran impulso por ir a la oración. Principié por mi comunión espiritual, pero al dar la acción de gracias, mi alma estaba dominada por el amor. Las perfecciones de Dios se me presentaron una a una: la Bondad, la Sabidu­ría, la Inmensidad, la Misericordia, la Santidad, la Justicia. Hubo un instante que no supe nada. Me sentía en Dios.

28 de enero. Hice mi oración. Sentía amor y unión con Dios. Sin embargo, tuve muy poco recogimiento. Me man­tenía a ratos sin pensar en nada. Me quedé recibiendo pasivamente los rayos del Sol divino. N. Señor me pidió obedeciera por fe. Me dijo que quería de mí la pureza más grande….
Que viviera solo viendo a Dios y a mi alma en todo.

En comunión perpetua con Jesús
21 de febrero
Comulgué espiritualmente y N. Señor me dijo que quería que viviera con Él en una comunión perpetua, porque me amaba mucho….
Que la Sma. Trinidad estaba en mi alma; que la adorara. Inmedia­tamente quedé muy recogida, la contemplaba y me pare­cía estaba llena de luz. Mi alma estaba anonadada….
Entonces, en lo íntimo de mi alma, de una mane­ra rápida, me hizo comprender el amor que lo hacía salir de sí mismo para buscarme; pero, esto fue sin palabras y me encendió en el amor de Dios. Él me amó y se quiere unir a mí.
Todo esto me hace como salir de mí y cuando abro los ojos me parece que vuelvo de otra parte.
Me ofrecí para consolarlo.
Él me dijo que Él me amaba; que se preocupaba de mí, que ese deseo le agradaba. Entonces uní mis deseos de reparación a los deseos de N. Señor, a los de la Virgen y a los ángeles y santos.

En la tarde. Medité en la Oración del Huerto. N. Señor me acercó a Él. Vi su rostro moribundo. Lo sentí helado. Él rogó por mí a su Padre para que al menos yo no le abandonara y le fuera fiel. Sentí fervor y dolor de ofenderlo.

22 de febrero. Estoy en la meditación. N. Señor me dijo meditara sobre la pureza de la Virgen. Ella, sin decirme nada, me principió a hablar.

Hace 8 días que estoy en el Carmelo
Oración de unión: gracias místicas

14 de mayo de 1919. Hace ocho días que estoy en el Carmelo. Ocho días de cielo. Siento de tal manera el amor divino, que hay momentos creo no voy a resistir. Quiero ser hostia pura, sacrificarme en todo continuamente por los sacerdotes y pecadores.

17 de mayo 1919. He sentido mucho amor divino. En la oración sentí que el Sdo. Corazón se unía a mí. Y su amor era tanto, que sentía todo mi cuerpo abrasado en ese amor y estaba sin sentir mi cuerpo. Me tocaron para que me sentara, y me produjo una sensación tan desagra­dable, que me puse a tiritar. El amor de Dios se me mani­festó de tal manera, que no sabía lo que me pasaba. Pasé así cerca de una hora tres cuartos. N. Señor me dijo me abandonara a Él totalmente y que atrajera muchas almas al abandono total de sí mismas. Me ofrecí como víctima para que manifestara a las almas su infinito amor. Me dijo que todo lo hiciera uniéndome a Él.

Pena por la separación. Ingratitud humana. Sumida en la agonía de N. Señor

22 de mayo. N. Señor, en la oración, me manifestó cómo Él había sido triturado por nosotros y convertido en hostia. Me dijo que para ser hostia era necesario morir a sí misma. Una hostia -una carmelita- debe crucificar su pen­samiento, rechazando todo aquello que no sea de Dios. Siempre tener el pensamiento enclavado en Él.

26 de mayo 1919. Hace tres días que estoy sumida en la agonía de N. Señor. Se me representa a cada instante moribundo. Con el rostro en el suelo. Con los cabellos rojos de sangre. Con los ojos amoratados. Sin facciones. Pálido. Demacrado.

La Sma. Virgen está a su lado, de pie, llorando y pidiendo al Padre misericordia. Esta imagen la veo con una viveza tal que me produce una especie de agonía. Con esta visión, todo se me hace amargo y no encuentro gusto nada más que en estar acompañando a N. Señor.

Lo único que me pide es que no hable de mí misma, viva solo para Dios y para consolarlo. Que sufra en silencio.

«Retiro del Espíritu Santo»

Comienza el retiro el día de la Ascensión por la noche, el  29 de mayo de 1919

Entré ayer en retiro. N. Señor me dijo que fuera por Él a su Padre. Que lo único que quería en este retiro era que me escondiera y sumergiera en la Divinidad para conocer más a Dios y amarlo, y conocerme más a mí y aborrecer­me.

Que me dejase guiar por el Espíritu Santo enteramente.
Que mi vida debe ser una alabanza continua de amor. Perderme en Dios. Contemplarle siempre sin perderle de vista jamás. Para esto, vivir en un silencio y olvido de todo lo creado, pues Dios, por su naturaleza, siempre vive solo. Todo es silencio, armonía, unidad en Él. Y para vivir en Él, es necesario simplificarse, no tener sino un solo pensamiento y actividad: alabar.
Dios se comunica a mi alma de una manera inefable en estos días que estoy en el Cenáculo. Ya no es sensible el amor que siento, es mucho más interior.
En la oración me sucede como nunca me había pasado: me quedo completamente penetrada de Dios. No puedo reflexionar sino como que me duermo en Dios. Así siento su grandeza y es tal el gozo que siento en el alma, como que es de Dios. Me parece que me encuentro penetrada toda de la divinidad.
Hace tres o cuatro días que, estando en oración, he sentido como que Dios bajaba a mí, pero con un ímpe­tu de amor tan grande, que creo que poco más no podría resistir, pues en ese instante mi alma tiende a salir del cuerpo. Mi corazón late con tanta violencia, que es horri­ble y siento que todo mi ser está como suspendido y que está unido a Dios.
Pero no todo ha sido goce. La cruz ha sido bien pesa­da. Primero tuve que acompañar a N. Señor en la agonía.
Hoy, víspera de Pentecostés, he sentido ese arrebato de todo mi ser en Dios, con mucha violencia, sin poderlo disimular. Sufro mucho, pues no sé si son ilusio­nes, y no tengo con quien consultarlo. Me abando­no a la voluntad de Dios. Él es mi Padre, mi Esposo, mi Santificador. Él me ama y quiere mi bien.

CIPE.

«Teresita de Los Andes, Carmelita del Consuelo» es el Himno Oficial a Santa Teresa de Los Andes, interpretado por Huasos De Algarrobal.

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