AQUEL DÍA LOS HOMBRES EMPEZARON A SER FELICES

Y cuando Él dijo «Padre»

el mundo se preguntó por qué

aquel día amanecía dos veces.

La palabra estalló en el aire como una bengala

y todos los árboles quisieron ser frutales

y los pájaros decidieron enamorarse

antes de que llegara la noche.

 

Hacía siglos que el mundo

no había estado de fiesta:

los lirios empezaron a parecerse a las trompetas

y aquella palabra comenzó a circular

de mano en mano, bella como una muchacha enamorada.

 

Los hombres husmearon el continente

recién descubierto

y a todos les parecía imposible pero pensaban que,

aun como sueño, era ya suficientemente hermoso.

 

Hasta entonces los hombres se habían inventado

dioses tan aburridos como ellos,

serios y solemnes faraones,

atrapamoscas con sus tridentes de opereta.

Dioses que enarbolan el relámpago

cuando los hombres encendían una cerilla en sábado

o que reñían como colegiales

por un quítame allá ese incienso.

Dioses egoístas y pijoteros

que imponían mandamientos de amar

sin molestarse en cumplirlos,

vanidosos como cantantes de ópera,

pavos reales de su propia gloria

a quienes había que engatusar con becerros bien cebados.

 

Y he aquí que de pronto el fabricante de tormentas

bajaba… a ser Padre,

Se uncía el carro del amor

y se sentaba sobre la pradera

a comer con nosotros la tortilla.

Era un nuevo Dios bastante poco excelentísimo

que no desentonaba en las tabernas

y ante quien sólo era necesario descalzar el alma.

 

Aquel día los hombres empezaron a ser felices

porque dejaron de buscar la felicidad

como quien excava una mina.

No eran felices porque fueran felices,

sino porque amaban y eran amados

porque su corazón tenía una casa,

y su Dios, las manos calientes.

 

José Luis Martín Descalzo