Flor del Carmelo, Madre y Guía en el camino de la santidad.

Unidos a todos los peregrinos de la vida, prestando especial atención a todos los que tienen que dejar su tierra y sus gentes para buscar el pan y el trabajo en otros países, comenzamos este camino en nueve etapas hacia la fiesta de la Virgen del Carmen.

Dios es gratuito en su elección. Elige por amor. Su llegada siempre suena a nueva, a inesperada. Sólo los humildes la perciben. María tiene un corazón humilde, que no se jacta de nada, sencillo, limpio, pobre. Sin saberlo, está preparada para el asombro que supone toda visita de Dios. En la actuación de Dios siempre hay algo sorprendente: Mira a los pobres, los levanta del polvo y los llena de gracia. A María la adorna con joyas, la viste con traje de gala y la envuelve en un manto de triunfo.

María se alegra y canta porque Dios mira su pequeñez. María, al saberse amada, se pone en camino para amar. Si no sabemos que recibimos amor, no nos despertamos a amar. La salvación del Señor la inunda de profunda alegría y la empuja a ir por la vida con un gozoso agradecimiento, dejando todo lo que toca vestido de novedad y belleza.

El bautismo, como experiencia de la gracia, nos pone a nosotros en camino. El Señor nos llama amándonos. Y no vamos solos por el camino; junto a nosotros van miles de hermanas y hermanos que, orientados por el Espíritu, buscan fuentes para su sed en el corazón de la Madre del Carmen. «En este camino nos acompaña la Santísima Virgen, Estrella de la evangelización» (Juan Pablo II).

Llevamos como señal y vestido el escapulario del Carmen, don de la Madre y tarea para el camino, ocasión para asomarnos al corazón de María y ver en él reflejada la hermosura de Dios.