María, obra del Espíritu, que lee en la fe su propia historia.

Echamos la vista atrás para contemplar a tantas generaciones de cristianos que han avanzado hacia el «monte de la salvación, que es Cristo», modelados por el ejemplo de María. Nos da alegría formar parte de este pueblo que busca al Señor.

La Iglesia se goza al contemplar a María, como la «mujer oyente de la Palabra», la mujer que hace silencio para escuchar a Dios y para escuchar a los demás. «Educada y modelada por el Espíritu, fue capaz de leer en la fe su propia historia» (Juan Pablo II).

Recordamos su «sí» confiado al Señor. Nos alegramos de las maravillas que hace Dios en los que abren la puerta del corazón. Resuena en nosotros su invitación a centrar en Jesús la mirada: «Haced lo que él os diga». En medio de los ruidos y las prisas, en medio de nuestros intereses personales y de nuestros vuelos cortos, escuchamos el reto del Espíritu: «A ver si sois capaces de escuchar a Dios y de escuchar las voces de los que están en la orilla de todos los caminos; a ver si sois capaces de escuchar a los sin voz».

Con María nos abrimos cada día a la Palabra, fuente de vida cristiana. Con María acogemos confiadamente el proyecto de salvación del Padre para la humanidad. Así continuamos el canto de san Juan de la Cruz: «¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche!»

Llevamos el Escapulario, signo del silencio humilde que nos acerca al Evangelio; expresión de una mirada mutua, de María a nosotros, y de nosotros a ella; compromiso de guardar la Palabra en el interior a la espera de que, como el grano de trigo en la tierra, produzca fruto abundante.