Atráenos, Virgen María, caminaremos en pos de ti.

Cuando Jesús se vuelve y ve a los que le siguen, contempla a María y proclama emocionado: «¡Mujer qué grande es tu fe!» María ha acompañado el crecimiento de Jesús, lo ha seguido por los caminos, y, al pie de la Cruz, se convertirá en la Madre espiritual que Jesús nos entrega para que nos enseñe a «avanzar en la peregrinación de la fe».

A todos los peregrinos de la humanidad, a todos los que buscan caminos de verdad y belleza, María tiene mucho que decirles. Ella es testigo de Cristo. Por ser seguidora apasionada de Jesús, ofrece a todos, desde su vida abierta, el verdadero rostro del hombre y de mujer. Jesús definió un día a los ciudadanos del Reino como «comerciantes de perlas finas», rastreadores de belleza, buscadores del amor.

Por eso, no es de extrañar que quiera ser hoy seguidor/a de Jesús se asome a la vida de María, para descubrir la belleza de su corazón, que no es otra sino la presencia de Jesús. Jesús es el gozo de María, como lo es también de la Iglesia. Con Isabel decimos a la Madre de los creyentes: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». Con toda la Iglesia proclamamos: ¡Dichosa tú, que avanzaste en la peregrinación de la fe! ¡Dichosa tú que en las dificultades, seguiste diciendo «sí, hágase»! ¡Dichosa tú que viviste la fe en medio de la comunidad!

El Escapulario es una señal sencilla de la presencia de María en nuestra vida; es una llamada a estar cerca de Ella; es un compromiso de seguir a Jesús en la fe, unidos a toda la Iglesia; es mostrar la belleza de una vida evangélica, para que todos puedan encontrarse con el rostro de Jesús.