María, que vas por la vida con los ojos abiertos, descubriendo las transparencias de Dios, intercede por nosotros.

Toda la vida de María es una vida de oración. Porque orar no consiste en pensar mucho, sino en amar mucho. Y cuando se ama, no se ama sólo en los rincones, se ama siempre y en todo lugar. Unas veces, como en las bodas de Caná, ora intercediendo, o sea, pronunciando ante Jesús necesidades de los seres humanos y de los pueblos. Otras, como en la Cruz, ora en silencio, dejando que sea el dolor quien hable. En medio de la primera comunidad cristiana hace oración de grupo, alabando a Dios y pidiendo con los discípulos la venida del Espíritu.

Junto a María hemos aprendido a orar. Junto a ella hemos descubierto que, para que broten fuentes en el desierto, tiene que haber pozos de agua escondidos en la montaña. No sabemos lo que el Espíritu Santo está preparando a nuestro tiempo en todos los que, en silencio y sin ruido, invocan y abren los ojos y el corazón a Dios. La sencillez y la paz que se respiran en torno a la Virgen, la mirada atenta a todo lo humano que ha ido naciendo en los que están cerca de Ella, y la sintonía y acogida de la misión que María desempeña con respecto a la Iglesia y a la humanidad, nos ha llevado «a comprender que la forma más auténtica de devoción a la Virgen, expresada mediante el humilde signo del Escapulario, es la consagración a su Corazón inmaculado» (Juan Pablo II).

El escapulario expresa una profunda sintonía con María y nos recuerda que debemos continuar aquí en la tierra el amor de Jesús hacia su Madre. Orar es «recibir a Dios en nuestros corazones, llevarlo dentro de nuestros corazones, alimentarlo y hacerlo crecer en nosotros de tal modo que El nazca de nosotros y viva con nosotros como el Dios con nosotros» (Tito Brandsma).