7º día: Alcanzados por el misterio de la Cruz

Santa María de la esperanza, enséñanos a decir “amén” en los momentos de cruz.

Estamos ante la cruz, misterio tremendo que nos cuesta entender: ¿por qué la cruz?, ¿por qué está tan presente la cruz?, ¿por qué Dios no nos ha salvado de otra manera? La cruz, objeto de adorno para algunos, es para muchos una experiencia de dolor que humilla mucho, una necesidad de ayuda para no caer en la desesperanza, una oportunidad, en el mejor de los casos, para mirar a Jesús crucificado, al Salvador del mundo. María, ¡cómo no!, llevó la cruz, porque quien está cerca de Jesús no puede seguir otro camino que el de él. Al igual que Cristo, también María terminó crucificada, entregada totalmente por la salvación de la humanidad. La cruz está muy presente en nuestras vidas. A unos los destroza, y a otros, sin embargo, les hace recuperar su mayor dignidad.

¿Qué podemos hacer ante la cruz? Estar cerca de quien sufre, es una forma de consolar como nosotros somos consolados. Unir nuestra cruz a la de Jesús y a la de María, para que contribuya de forma misteriosa a la salvación del mundo. Pedir que cuando venga la cruz no nos desconcertemos y sigamos con los ojos fijos en Jesús que inició nuestra fe. El Escapulario nos hace experimentar “la protección continua de la Virgen Santísima, no solo a lo largo de la vida, sino también en el momento del paso hacia la plenitud de la gloria eterna” (Juan Pablo II).

El Escapulario es un hábito, lo que supone un estilo de vida, una opción por la santidad, alimentada por la oración y los sacramentos. Traducido todo en un compromiso de amor hacia todos, especialmente a los pobres.

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