Yo soy para ti, María, y tú eres para nosotros. María, Madre espiritual, siempre en medio de la Iglesia.

Cuando uno quiere dar un salto hacia adelante, tiene que retroceder algunos pasos hacia atrás. El hoy se alimenta del ayer para construir el mañana. Los que formamos la Familia del Carmelo no miramos al pasado glorioso solamente para recordarlo, sino también para construir, junto con otros, la nueva civilización del amor.

La familia del Carmelo, desde sus orígenes, hizo alianza con María. Cuando los primeros carmelitas se establecieron en las cuevas del monte Carmelo, buscando el silencio y la soledad para contemplar al Señor, y construyeron una pequeña capillita dedicada a la Virgen, estaban poniendo los cimientos de una relación fecunda entre todos los carmelitas y la Madre del Carmelo.

Santa Teresa de Jesús con su cariño tierno y misionero hacia la Madre, san Juan de la Cruz y su mirada permanente al misterio de María para aprender a dejarse guiar por el Espíritu, y tantos hermanos y hermanas, han hecho alianza con la Madre. «El Escapulario se convierte en signo de alianza y de comunión recíproca entre María y los fieles» (Juan Pablo II).

El Escapulario, por su sencillez, nos habla de las cosas de cada día, pero, por una rica expresividad que lo convierte en patrimonio de los pobres de la tierra, nos habla de alianza con todos los pueblos y nos invita a darnos todos los seres humanos la mano en la hondura para compartir una recíproca pobreza. El Escapulario es una parábola de comunión, porque es regalo de una Mujer que besa cada día nuestra herida y nos acerca de modo entrañable, en su ser de mujer, la ternura de Dios Trinidad.