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Veo que María sostiene el racimo de uvas y lo mira con verdadero mimo. Jesús coloca su manita sobre él sin ninguna intención de hacerle daño, mientras juega con nosotros al escondite debajo del transparente velo de su madre.

Nos salvamos en racimo… Tanto María como Jesús sonríen: ESTAMOS SALVADOS.

Cuando pienso en los abrazos

que dabas al Niño Dios,

me dan ganas de meterme

entre los dos

¡Que dos piedras de lagar

para racimos de amor!

Entre los dos corazones,

entre los dos.

(J. L. Martín Descalzo)