Lectura orante del Evangelio: Lucas 12,49-53
El alma de la mujer está modelada como un refugio donde otras almas puedan desarrollarse (Santa Edith Stein).
‘He venido a prender fuego en el mundo’.
Jesús es ese fuego que viene a ponernos a prueba, que viene a purificarnos y a sacar lo mejor de nosotros. Es la tarea principal de Jesús y de María, la de ayer, la de hoy y la de siempre: poner amor donde no hay amor, dejar sembrada la tierra del conocimiento del Padre y del fuego del Espíritu, encender corazones, apasionar vidas, enamorar. Jesús no es una cosa más entre muchas; su novedad alcanza, su pasión renueva, su humanidad da sentido. Nuestro corazón está hecho para él. Queremos caminar con la llama del amor a Jesús encendida, como María, como Edith Stein.
Ven, Espíritu. Hiérenos con tu ternura de amor. Que ya no queremos seguir a Jesús con el corazón apagado.
‘¡Ojalá estuviera ya ardiendo!’
Este deseo de Jesús, que ha entregado a María, la misionera, siempre está vivo: que arda el mundo, que no se le muera la vida, que surjan sueños solidarios. Este deseo de Jesús de que comience la fiesta del Espíritu es misionero: que ardan los corazones, para que los pies callejeen llevando el Evangelio de la bondad y la ternura a la humanidad. La oración como espacio de comodidad, como tranquilizante de conciencias, no tiene nada que ver con el deseo apasionado de Jesús. Querer vivir una fe, que no altere nuestras costumbres ni moleste nuestra mentalidad, es contrario al fuego del Espíritu. Nuestro centro es Dios mismo amando sin cesar en nosotros.
Sopla, Espíritu Santo, sobre nuestras brasas, aunque estén casi apagadas. Enciende, cada día, la llama de tu amor.
‘Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!
María es el espejo en el que nos miramos para superar los miedos a nacer de nuevo; ella es la mujer nueva que nos empuja a bautizarnos en el amor de Jesús donde se queman nuestras flaquezas y miserias. María quiere meternos en el abrazo entrañable de la dulzura de Dios, para que parezcamos Dios. María nos invita a poner los ojos en Jesús. Y, al mirarlo, lo vemos decidido a afrontar la muerte para darnos vida nueva. La oración es, muchas veces, grano de trigo que muere, decisión de meternos en la grandeza de Dios, atrevernos a creer estas maravillas, deseo intenso de que Jesús marque lo que somos y hacemos. Nos espera una nueva manera de vivir y de amar. Es el Señor quien lo hace.
Jesús, miramos tu Cruz. Tu entrega de amor nos anima a dar vida abundante.
‘¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división’
Jesús no quiere una falsa paz. Su palabra es incómoda para el conformismo, molesta para la cobardía, inquieta para la desigualdad. Jesús remueve conciencias y los corazones de las personas. Pero la palabra de Jesús ¡cómo enamora a quien tiene el corazón limpio! “Sólo se pide a los cristianos que sean auténticos. Esta es la verdadera revolución” (Mounier). La falsa paz, al verse amenazada, se vuelve violenta y quiere echar fuera al que viene con la paz verdadera. La oración es un camino de miradas que nos agita por dentro.
Jesús, danos la paz que sólo tú puedes dar.
¡FELIZ DOMINGO! ¡FELIZ FIESTA DE NUESTRA SEÑORA! – CIPE, agosto 2025.