Invocación al Espíritu
El Espíritu Santo está empeñado en hacerse presente en nuestra vida, es el alfarero de la nueva humanidad. “Dios es el principal agente y el mozo de ciego que la ha de guiar por la mano a donde ella (la persona) no sabría ir” (San Juan de la Cruz, Llama 3,29).
Motivación. Para disponer el corazón.
La Lectio, acogida en la interioridad del Adviento revitaliza la vida y nos reviste del Señor Jesús. El Adviento nos llama a estar despiertos, en atención amorosa, a la presencia del Señor que nos habla, que viene cada día a nuestro encuentro.
A la espera de la Palabra. Con la lámpara encendida.
Comenzamos el año litúrgico. Nos acompaña el evangelio de Mateo. Hoy leemos un pasaje del último discurso (tiene cinco). El Adviento parte de una historia gastada, agotada, viene de una crisis de credibilidad y apunta a una esperanza; da razones para la esperanza, alimenta la virtud de la esperanza más allá de nuestras fuerzas. Dios no falla, es fiel en su amor y hace posible la vida humana en medio de todas las dificultades. Jesús esperó siempre activamente la venida del Reino a pesar de los fracasos momentáneos. Y cuando todo parecía hundirse, él seguía fiel. Por eso, me holgaré que no te tardarás si yo espero (Juan de la Cruz).
Proclamación de la Palabra: Mateo 24,37-44
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas.
Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.
Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.
Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.
Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre».
1. Fecundidad de la Palabra
Dijo Jesús a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre pasará como en los días de Noé”. Estamos ante un maravilloso evangelio sobre la venida del Señor. Lo que importa es que estemos preparados, atentos con atención amorosa, porque el Señor viene. Frente a la búsqueda de identidad al margen de Dios, la historia necesita siempre ser renovada. Siempre es posible recomenzar; procuren ir comenzando siempre de bien en mejor (Santa Teresa). Ninguna crisis puede detener el empuje del Espíritu que invita a los pueblos de la tierra a caminar al encuentro con Dios. Noé era el hombre que todo lo miraba a la luz de la Palabra; estaba atento a lo esencial. La fidelidad del Señor recrea el horizonte de la esperanza, colma de alegría nuestro vacío profundo. Nos acompañan José y María, que llevan en su corazón toda la esperanza de Dios. Ahora es el momento de dejar paso a la fantasía de la misericordia para dar vida a tantas iniciativas nuevas, fruto de la gracia (Papa Francisco).
“En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos”. Jesús nos presenta tres comparaciones como invitación a la vigilancia. Esta es la primera. Es un ejemplo de vida distraída. Las gentes, absortas en lo secundario, concentraban sus energías en lo que tenían delante. El diluvio anunciado les parecía lejano e irreal, pero en un instante las seguridades se resquebrajan y todo desaparece. El diluvio prepara un tiempo nuevo. Somos infinitamente amados por Dios; más allá de todo lo que pasa Dios no se muda, estamos en sus manos amorosas. El Señor es fiel, nunca decepciona. En el Adviento abrimos el corazón a la confianza de ser amados por Dios. Su amor nos precede siempre, nos acompaña y permanece junto a nosotros a pesar de nuestro pecado (Papa Francisco).
Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán. Segunda comparación. Con escenas de la vida cotidiana. No todos terminaremos igual, como se suele decir. Con la venida del Señor habrá una separación radical. Es posible optar por vigilar, pero no a la defensiva, sino para esperar al ser amado.
Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. El Señor, camino y meta de nuestra peregrinación, es la belleza de la esperanza, siempre nos espera. Si sentimos la mano amorosa del Padre, el Adviento será un tiempo nuevo que nos permitirá alcanzar nuestro ser más verdadero. El Espíritu, con su cercanía de amigo, nos empuja a crear espacios de encuentro, nos da el sentido de la vida. Este mundo, tan lleno de contradicciones, sigue siendo el mundo que Dios ama. Volvamos los ojos a Jesús, rostro radiante de la misericordia de Dios (Papa Francisco).
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. Tercera comparación. Sólo podremos apreciar el amor de Dios con dos actitudes que el Adviento recuerda: la esperanza y la vigilancia. Ambas se complementan. Vigilar es velar solícitamente durante un tiempo, hasta alcanzar el objeto de la esperanza. Vigilar es estar a la espera del amor, es estar despiertos, dispuestos a servir, atentos ante el futuro sin descuidar el presente, abiertos a reconocer la presencia de Dios y a actuar en consecuencia, mirando más lo que hace Dios que lo que hacemos nosotros. La iniciativa la tiene él. El amor es cosa suya. Hay que estar preparados en todo momento. Discernid y vigilad para no anestesiar la conciencia (Papa Francisco).
Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre». Jesús no nos dice estas cosas para meternos miedo sino para abrirnos los ojos. En la vigilancia se expresa el corazón, se sale de sí mismo y se ejercita el amor. Velar es una manera nueva de situarnos ante la vida, con la lámpara de la fe encendida, para que no nos cojan desprevenidos, por sorpresa, los acontecimientos fundamentales. Siempre es maravilloso que se nos den oportunidades.
El momento presente es digno recipiente de gracia, gratuita y solidaria. Un pequeño deseo de Dios que crece en el corazón, una pequeña llama de amor viva al Señor, un pan compartido con los pobres, mirar, escuchar, acompañar y curar las heridas de los que sufren: todo eso y mucho más es oración y compromiso en el Adviento. Un discípulo de Jesús está siempre en vigilia. Dejémonos guiar por María en este tiempo de espera y vigilancia activa. Querer acercarse a Jesús implica hacerse prójimo de los hermanos, porque nada es más agradable al Padre que un signo concreto de misericordia (Papa Francisco).
2. Respuesta a la Palabra. Meditación
Si supiéramos el día y la hora, ¿lo tendríamos todo más preparado?
¿De qué aprovecha saber cuándo vendrá el Señor, si él no viene primero a mi alma y vuelve a mi espíritu, si Cristo no vive en mí y me habla? (San Pascasio)
3. Orar la Palabra
Pues ya sin en el ejido
de hoy más no fuere vista ni hallada,
diréis que me he perdido,
que andando enamorada
me hice perdidiza y fui ganada
San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual
4. Contar al mundo la nueva manera de vivir. Testigos.
Rechazar toda manipulación de la verdad, toda dominación de unas personas sobre otras, todo lo que nos defrauda, nos decepciona y atenta contra la esperanza; y asumir claramente las causas de la paz, de las relaciones justas, de la dignidad de todas las personas, de la verdad que nos hace libres, de los valores del Reino de Dios que ya vamos gustando y que fortalecen nuestra espera esperanzada de un Dios que viene a nosotros.
Pedro Tomás Navajas, ocd