EN DIÁLOGO CON EL DIOS DE JUAN DE LA CRUZ

La experiencia mística de san Juan de la Cruz nos invita a descubrir una forma radicalmente nueva de relacionarnos con Dios. No se trata de acumular muchos conocimientos ni de multiplicar prácticas piadosas, sino de adentrarse en un diálogo transformador que él condensó en una expresión luminosa: la «atención amorosa». Esta expresión, que atraviesa toda su obra, representa mucho más que una técnica de oración. Es una forma de vida. Es camino y es meta. Es don y tarea. Que integra conocimiento y amor. Silencio y escucha. Contemplación y compromiso.

En nuestra tradición espiritual, amor y conocimiento han sido siempre dos palabras clave sobre las que se construye la experiencia de Dios. San Juan de la Cruz las une magistralmente en su propuesta de «atención amorosa», recordándonos que el encuentro con lo divino es un proceso tanto del querer como del conocer. Hoy en día, en medio de la ingente información que nos invade y la constante distracción digital, el mensaje de Juan de la Cruz cobra una relevancia insospechada: necesitamos aprender de nuevo a prestar atención. Discernir lo que verdaderamente tenga una resonancia trascendente. Volver a centrarnos en aquello que tenga repercusiones existenciales para la vida cotidiana.

Cómo es el Dios de Juan de la Cruz

Una experiencia general y holística. Una presencia que trasciende conceptos y categorías mentales. Un conocimiento oscuro. Una luz que va más allá de la razón y nos invita a confiar. Una mirada sencilla y amorosa. Un encuentro donde el amor es la verdad de la vida…

Para san Juan de la Cruz, a Dios lo percibimos como «noticia general, oscura y amorosa». Esta triple caracterización define su experiencia mística. Es «general» porque trasciende todas las ideas y conceptos humanos; es holística y totalizante. Aquí no sirven las categorías habituales de la mente humana: «En la práctica esto supone el abandono del razonamiento, del pensamiento y de cualquier clase de esfuerzo discursivo».

Es «oscura» no por ausencia de luz, sino porque ha sido trascendida la vieja luz del entendimiento. Cuando las seguridades racionales quedan atrás, aparece una nueva luz: la luz de la fe, la luz del corazón. Esta oscuridad conceptual es consecuencia lógica de la confianza, del salto de fe. Sólo ese abandono confiado tiene el poder de liberarnos de los viejos miedos que nos acechan. Como canta el poeta místico: «Sin otra luz y guía/ sino la que en el corazón ardía».

Y es «amorosa» porque, en última instancia, el amor no es sólo la naturaleza de Dios sino la verdad de la vida humana. «Para que el alma esté en su centro, que es Dios, basta que tenga amor», escribe Juan de la Cruz. Lo que da madurez y equilibrio a una vida no son las seguridades intelectuales o económicas, ni las últimas herramientas de la psicología del mercado, sino tener amor y dejarse amar. En la expresión «atención amorosa», lo sustantivo es el adjetivo: la mística cristiana se decide desde el amor, no desde técnicas psicoterapéuticas. Sólo abrirse a un amor grande dignifica una vida humana: «Contemplación no es otra cosa que infusión secreta, pacífica y amorosa de Dios».

Esta experiencia contemplativa es además una «inteligencia sin ruido de voces», una «sabiduría de Dios secreta o escondida» que enseña «sin ruido de palabras, como en silencio y en quietud». De ahí el poema sanjuanista: «Entréme donde no supe,/ y quedéme no sabiendo,/ toda ciencia trascendiendo».

Finalmente, se trata de una actividad pasiva, de pura receptividad. Para recibir esta noticia amorosa, «el alma no ha de estar asida a nada». La clave está en ese «no estar asido», en ese aprender a descentrarse para dejar el protagonismo al actor principal, que es Dios. Como afirma bellamente el santo: «Aunque ella no se siente caminar, mucho más camina que por su pie, porque la lleva Dios en sus brazos». La verdadera contemplación consiste en ’recibir’. Con los brazos abiertos. Como se recibe a un huésped. Como se recibe a un amigo en la propia casa

Cómo comunicarse con ese Dios

La atención amorosa es un don, pero también comporta un aprendizaje. San Juan de la Cruz nos ofrece una pedagogía concreta para adentrarnos en esta experiencia. Hay toda una serie de actitudes que pueden ayudarnos a entrar en los territorios de la atención amorosa. Actitudes que son al mismo tiempo don y tarea.

Perseverancia y determinación: la fidelidad humilde y cotidiana es la clave de casi todo. Es la certeza de que en silencio y ante el Misterio, nunca “se está perdiendo el tiempo». Aunque nos parezca que no se hace nada. Saber disfrutar del momento. Vivir ese tiempo como espacio de gratuidad.  Aprender a escuchar:  especialmente de Cristo, la Palabra eterna del Padre. Educar la mirada: cultivar una mirada limpia y amorosa en la vida cotidiana, aprendiendo a mirar como mira Dios. Atención a los demás: prestar atención amorosa a los otros como la forma suprema de respeto y humildad

En el paso de la meditación a la contemplación siempre llegan momentos de inquietud y de dudas, en las que no se puede «discurrir» y se tiene la sensación de no hacer nada y estar perdiendo el tiempo. San Juan insiste entonces: «Conviéneles que se consuelen perseverando en paciencia, confíen en Dios». Pues, aunque parezca que no se hace nada, «el alma está bien empleada». Repetimos: es la fidelidad humilde y cotidiana la que hace posible que el tiempo cronológico se convierta en tiempo de gracia (‘kairós’). Y que ciertos hábitos, se integren en nuestra vida casi como una segunda naturaleza. 

Saber disfrutar, gratuitamente, del momento, es otra clave fundamental. La oración contemplativa es querer entregar algo de nuestro tiempo, sin pretender nada, a un Misterio infinito de amor. San Juan nos invita explícitamente a disfrutar de ese tiempo y espacio: «Dejar el alma libre y desembarazada y descansada, contentándose sólo con una advertencia amorosa y sosegada en Dios, como que no va allí más que a estarse a su placer y anchura de espíritu».

Y ahí está la importancia de saber escuchar. Vivimos en la sociedad del ruido, donde no resulta fácil dejar espacio para el silencio. Vivir en clave de atención amorosa implica aprender a escuchar. Prestar atención. Una escucha que es, ante todo, cristológica: «Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma». Cristo condensa en sí todo lo que Dios quiere comunicarnos. Silencio y escucha son aquí las dos caras de la misma moneda.

La atención amorosa es también una forma de mirar, implica aprender a mirar como mira Dios, desde la clave del amor. Tenemos que educar la mirada. Y ante todo se trata de cultivar una mirada limpia en la vida cotidiana. Igual que «el mirar de Dios es amar», así ocurre con la mirada contemplativa. La vida cotidiana es el hogar privilegiado para ejercitar la atención. Si se mantiene la atención en la vida diaria, pronto aparece lo más real: la densidad de lo cotidiano. Y desde el contacto con Dios, lo cotidiano queda transfigurado. Aprendemos a ver a Dios en todo.

Finalmente, prestar atención a los demás es la forma más sagrada de respetar a los demás. Estar atentos a los otros es la forma suprema de humildad. La esencia del respeto es la mirada atenta y amorosa. El que no está apegado a nada, pero permanece atento a los otros «está en el centro de su humildad». La humildad comporta un sano olvido de sí, llevar una vida no-egocentrada. Como afirmaba Simone Weil: la humildad es atención, y la atención es humildad.

Los frutos del verdadero diálogo con Dios

La atención amorosa posee un notable poder transformador. No hay mejor test para verificar cualquier experiencia contemplativa que los efectos de después. La verdadera oración contemplativa tiene como camino y meta el amor. Un amor que no es mero sentimentalismo, ni grandes pensamientos, sino «ejercicio». Praxis cotidiana en la confrontación con los demás.

San Juan de la Cruz habla de efectos concretos en los tres ámbitos de las relaciones humanas: «Se hace la persona mansa con Dios y para consigo y para con el prójimo: no se enoja contra sí misma por sus propias faltas, ni contra el prójimo por las faltas ajenas, ni contra Dios pone querellas porque no le hace presto bueno». Esta triple mansedumbre trastoca todas las relaciones de la persona: consigo mismo, con los demás y con Dios. Siempre desde la clave de un amor llevado hasta las últimas consecuencias: «Ame mucho a los que la contradicen y no la aman, porque en eso se engendra amor en el pecho donde no le hay, como hace Dios con nosotros».

La invitación sanjuanista a llevar el amor hasta el final tiene una explícita fundamentación en el amor de Dios: se trata de hacer «como hace Dios con nosotros». Se trata del amor como «ejercicio», como acción y compromiso. Para san Juan, dicha acción no es una acción más de la vida, sino lo que decide la vida toda. Es así como amar se transforma en «adamar». O sea, amar mucho. Duplicadamente… Quizás sólo Dios sabe amar así.

La propuesta de san Juan de la Cruz culmina en una invitación radical que condensa la dimensión ética de su mística: «Poner amor donde no lo hay». Esta receta aparentemente tan simple, es casi imposible de vivir, al menos humanamente hablando. En Juan de la Cruz nació de su propia biografía y de su admirable capacidad para la resiliencia, que le llevó a convertir las dificultades en oportunidades para amar más. Pero quizás esto sólo es posible allí donde y cuando el ser humano se abre confiadamente a Dios. O sea, a un amor mayor y mejor. La experiencia de la gracia.

JUAN ANTONIO MARCOS, OCD

Artículo publicado en la REVISTA ORAR, 332

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