DANIEL DE PABLO MAROTO. Carmelita Descalzo. “La Santa”

El Evangelio de San Juan comienza con una frase solemne y misteriosa: “En el principio existía la Palabra”, que en griego suena Logos y en latín Verbum. El Fausto de Goethe, entre libros, cacharros e instrumentos de investigación, divagaba sobre el texto joanneo y traducía a su aire cambiando el Logos por la Mente (das Sinn) o la Fuerza (die Kraft), hasta que encontró que en el principio existió la Acción (Die Tat).

También el autor del libro del Génesis, que narra el principio de todo lo existente, sugiere la existencia de una fuerza que actúa sobre la nada primero, y el caos de la tierra después, para llamar a la existencia a todos los seres hasta la creación del hombre como cumbre y dominador soberano de todo. En virtud de la acción creadora de Dios, la tiniebla se convirtió en luz, la nada en multitud de creaturas existentes y el caos en orden. Y ahí sigue el cosmos, después de miles de millones de años, girando matemáticamente cada elemento en su propia órbita sin conflagraciones interestelares.

Teniendo en cuenta la idea creacionista de la revelación judeocristiana, surge la pregunta: ¿Equivale la Acción fáustica al Viento creador (Rúhaj, Pneuma) del libro del Génesis o al Logos preexistente del evangelista Juan? Es posible. Lo cierto es que el Logos-Verbum del Nuevo Testamento se trasforma en Acción porque “la Palabra era Dios y todo se hizo por ella”, es fuerza creativa, luz y vida para los hombres, capaz de re-crear lo que ya estaba creado, y santificar lo profanado por el pecado y las infidelidades de los hombres.

Todo esto viene a cuento sugerido por la festividad que celebramos el domingo de Pentecostés (este año el 27 de mayo), que actualiza la presencia del Espíritu divino en la historia de la humanidad, como creen millones de seres humanos y lo celebran en todos los templos de los cinco continentes. El Espíritu creador se hace también espíritu santificador, sigue “aleteando”, como dice gráficamente el autor del Génesis, sobre los creyentes y, es de esperar, también sobre los increyentes.

El “principio” al que aluden el Génesis y el Evangelio de San Juan, no significa sólo el comienzo total, la nada previa a la existencia de los seres, sino al comienzo de toda obra grande que ha surgido en la historia, especialmente en la historia de la Iglesia. Los Hechos de los Apóstoles hacen referencia al “principio” o nacimiento de la primera comunidad de creyentes en Jesús como Mesías e Hijo de Dios. Fue en la fiesta de Pentecostés (2, 1-13). Sobre los apóstoles reunidos en el Cenáculo descendió un “viento” (Penuma) que como fuego ardía sobre la cabeza de cada uno de ellos. “Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en todas las lenguas”, dice el texto. La torre de Babel, del A. Testamento, es el símbolo de la confusión de lenguas, de mentes, de corazones para que los hombres no se entiendan entre ellos. Es el retorno al caos primigenio. Pentecostés es el paradigma de lo contrario, la superación de Babel porque todos los hombres hablan una sola lengua: la del amor. Dios se hace presente en el corazón de cada creyente en Jesús de Nazareth como Mesías.

Pero los Hechos narran un segundo Pentecostés, el de todos los hombres, que aconteció en casa de un “gentil”, el centurión Cornelio, en Cesarea. Pedro fue testigo de que el Espíritu Santo no era un don reservado para los israelitas creyentes en Cristo, sino para todos los hombres. Los judeocristianos presentes en la casa de Cornelio se admiraron de que “el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles” (10, 45).

Y la historia sigue alumbrando hechos indicadores de la presencia del Espíritu iluminador y santificador en las comunidades cristianas. Algunos son antiguos, como fue el “principio” de las órdenes religiosas, congregaciones o Institutos seculares fundados por hombres y mujeres carismáticos en el momento oportuno, cuando la sociedad y la Iglesia más los necesitaban. A cada necesidad religiosa o social, una respuesta del Espíritu Santo. ¿Quién no recuerda a San Benito de Nursia, a San Bernardo, a Santo Domingo y San Francisco, a San Ignacio, o nuestra Santa Teresa de Jesús, a San Juan Bosco en los tiempos más modernos y una pléyade de “fundadores” y “fundadoras” de todos los tiempos?

Y la acción del Espíritu sigue en los tiempos modernos, En el “principio” de los movimientos eclesiales está presente el Espíritu Santo. Dios sigue iluminando hoy, aun en medio de la sequía de vocaciones a las antiguas órdenes religiosas y al orden sacerdotal, a hombres y mujeres carismáticos que abren caminos nuevos en los que se hace presente la fuerza misteriosa de Dios en la historia. Los nombres están en la memoria de todos y algunos viven todavía o hemos conocido su beatificación o canonización. El Espíritu sigue operativo “en el principio” y en la secuencia de las instituciones y de las personas santas.

Termino recordando un principio axiomático del Consejo Ecuménico de las Iglesias reunido en Upsala en 1968, no sé si aludiendo implícitamente a la deficiente presencia del Espíritu Santo en el aula conciliar del Vaticano II. Sin la presencia del Espíritu Santo, “Dios está lejos; Cristo permanece en el pasado; el Evangelio es letra muerta; la Iglesia, una simple organización; la autoridad, un dominio; la misión, una propaganda; el culto, una mera evocación; el obrar cristiano, una moral de esclavos”.

Artículo publicado en http://www.ocdcastilla.org/