Estos días no puedo evitar recordar aquel bello poema de A. Machado:

Al olmo hendido por el rayo

y en su mitad podrido

con las lluvias de abril

y el sol de mayo

algunas hojas verdes le han salido…

Como el símbolo de nuestra propia vida, en tantas ocasiones carcomida, seca y como podrida (así nos sentimos), este poema nos invita a esperar «otro milagro de la primavera»

Os hablo desde un lugar especial, en el que ya he estado otras veces, el Desierto de las Palmas. Un sitio entre montañas desde donde se divisa el mar. Este lugar sufrió varios incendios hace años. La mano del hombre provocó un daño terrible en el paisaje. Sólo ahora, después de años la vegetación va surgiendo lentamente, indiferente a nuestros odios. Surge no con la prontitud que quisiéramos, pero va naciendo…

Viniendo de casa, hace unos días, me paré cerca de la carretera, junto a un río. En aquel lugar están haciendo una autovía. Me senté un rato a contemplar. Mis ojos se fijaron en un árbol talado por la base, con el serrín aún alrededor. Al mirar más detenidamente, me di cuenta de que en el borde del corte habían comenzado a brotar tallos de nuevos futuros árboles. Pensé que la mano del hombre no puede detener la vida, que la vida se abre camino, donde nosotros no vemos más que muerte o callejones sin salida.

He pensado en el milagro de la vida y la esperanza y en estas reflexiones llegó a mí este otro poema de Unamuno con el que terminamos:

pues para algo nací, nací con mi flaqueza

cimientos echaré a tu fortaleza

y viviré esperándote, ¡Esperanza!

(de Rosarios de Sonetos Líricos CXX, 2)

Estas noches, además, la luna llena dibujaba en el mar un haz de luz plateada llena de belleza. Tendríais que haberlo visto. La vida nos sorprende y se abre siempre camino entre nuestras sombras y nuestras dudas. Dios parece reírse de nuestras urgencias y de nuestro pretendido dominio de la vida. Dios sonríe.

Nuestro corazón espera

(también) hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera

(A. Machado)