El título del tema quiere confrontarnos no con las idea§ que tenemos de Jesús, sino con la experiencia vivida, con la afectividad.

1. Cuestionario

Si miras tu vida, Jesús de Nazaret, el Dios-hombre, nuestro Mesías y Señor, siempre ha estado ahí. ¿Ha ido cambiando tu relación con él? Ahora que estás viviendo un procego de maduración y discernimiento, ¿notas algún cambio? Intenta describir ese cambio. Ahora, en concreto, ¿quién es Jesús para ti?

  • Un modelo o ejemplo de vida.
  • El Señor, más o menos como Dios-Padre, de modo que apenas los distingues en cuanto a relación afectiva.
  • El amigo cercano que te acompaña.
  • El mediador, que te ha redimido en el pasado, pero que no le percibes presente.
  • El maestro, del que te interesa sobre todo su mensaje.
  • Ponte en relación directa con él y dile: «Jesús, mi Señor» ¿Qué sientes? ¿Te brota de dentro esa expresión o te resulta artificial?

2. Hay que reconocer

La mayoría de los creyentes de hoy difícilmente viven la riqueza e intensidad con que el NT describe la relación entre el discípulo y Jesús, entre el bautizado y el Resucitado. Han influido en ello diversas causas. En este proceso de personalización de la fe intentamos recuperar esa experiencia única que es la vinculación del creyente con Jesús.

  • Se le quiere como a un amigo, pero es mucho mas, mi Señor.
  • Él es nuestro modelo, ciertamente, pero Él vive hoy, y es la fuente de mi actuar, el Resucitado que me comunica su Espíritu.
  • Es Dios, pero nos ha sido dado por el Padre como el mediador, el que comparte con nosotros nuestro camino hacia Dios.

Lo que pasa es que, como toda relación, se hace a través de una historia de relación. Con frecuencia repetimos el mismo esquema afectivo, desde niños o adolescentes, y no vivimos con Jesús ese maravilloso descubrimiento que es su persona. Cuando en el NT percibimos lo que Jesús significó para Pedro, Juan o Pablo, nace en nosotros el deseo de conocerlo «por dentro», de estar en su compañía, de escuchar sus secretos… «Ya no os llamo más siervos, porque un siervo no está al corriente de lo que hace su amo. Os llamo amigos, porque os he comunicado todo lo que he oído a mi Padre» (Jn 15, I5). , «Cualquier cosa tengo por pérdida al lado de lo grande que es haber conocido personalmente al Mesías Jesús mi Señor» (Plp 3, S).

3. El texto evangélico correspondiente para este tema es Lc 4,14, 5, 11.

Léelo despacio, fijando tu mirada en la persona misma de Jesús, de modo que, á través de sus gestos, palabras, acciones, contemples su grandeza y cercanía, su presencia salvadora, la fuerza misteriosa con que te atrae a El… Para ello, colócate allí en Palestina, en cada una de las escenas evangélicas, participando en ellas:

  • Eres un oyente de la sinagoga que escucha la homilía de Jesús, que anuncia la llegada del Reino para los pobres, para ti. Te alegras con su mensaje de salvación en favor de los paganos y crees en El, aunque sea el hijo del carpintero, tu Mesías humilde y fuerte.
  • En la escena de la curación del endemoniado te estremece la «autoridad» que irradia la persona y la palabra de Jesús, vencedor del diablo, es decir, de los poderes que esclavizan al hombre. La autoridad de Jesús no se debe a la fuerza de su personalidad; no se impone. Viene de su misión, del contraste, precisamente, entre su figura humana normal y la palabra que trae de parte de Dios, que desenmascara los poderes oscuros. Creer significa mucho más que admirar el «señorío» de Jesús; es aceptarle como el Enviado de Dios para liberamos; es captar en su persona, en sus actos, tal como aparecen en los textos evangélicos, la presencia de Dios que está poniendo en marcha una nueva humanidad. Tú mismo estás siendo salvado si crees que Jesús, ese judío que habla en las sinagogas de Palestina, es tu salvador.
  • Detente especialmente en la escena de la pesca milagrosa. Identifícate con Pedro. ¿Qué te evoca cada una de esas imágenes? Porque, evidentemente, Lucas hace una relectura de ellas: la pesca evoca la misión de la Iglesia en el mundo, y Pedro nos representa a cada uno e los cristianos, llamados a fiarnos ciegamente en Jesús y a encontrarnos con el Señor resucitado.

4. Ponte delante de Jesús, el Resucitado

Está con nosotros. Habla con Él, pídele conocerle, creer en El, amarle y adorarle, como Pedro.