En el amor nos lo jugamos todo. Conforme uno va creciendo descubre que en el querer y ser queridos es en lo que, en definitiva, nos va la vida. Cuando uno va abriendo todo su mundo interior se tiene la impresión de haber tocado una tecla clave; de lo más grandioso que uno tiene: se descubre lo que significa amar. Y, al mismo tiempo, pasa como con casi todo: aquello que es lo más básico para nosotros es lo que nunca se termina de aprender. En ocasiones es la mayor fuente de autorrealización, en otras se toma origen de las mayores frustraciones. La afectividad compromete a toda mi persona enraizándose incluso en niveles inconscientes. Responde a mi historia concreta, a mi pasado. Pero, al mismo tiempo, soy yo mismo quien le voy dando una configuración: en mi forma de vivir esta dimensión confluye toda mi psicología, mi propia manera de ser y de «querer y ser querido».

Al final, madurar afectivamente será conocemos y aceptamos en nuestras necesidades más básicas para llegar a estar en situación de ser libres para amar. Pero eso, a cada paso, se encuentra limitado por mil obstáculos y dificultades. Vivimos en una sociedad que ha «liberalizado» el sexo. De una sociedad represora hemos pasado a una sociedad más abierta, permisiva. Pero, ¿tenemos la impresión de que nuestras relaciones humanas, interpersonales son más libres? Por eso, analiza tu «mundo» emocional, afectivo y sexual:

a) Desde un nivel psico/fisiológico nos abrimos al mundo como cuerpo para poder amar. Amamos como seres sexuados que somos y en todo ello entra nuestra sexualidad, a veces reprimida, a veces difícil de controlar. También, a veces, no nos enteramos de que somos cuerpo y vivimos en «compartimentos estancos»: en algunos aspectos de nuestra vida «puro» espíritu o «pura» racionalidad, en otros «pura» corporalidad. ¿Cómo te sientes a ti mismo? ¿Estás reconciliado con tu ser hombre o mujer? ¿Cómo vives tu sexualidad.? reprimida, descontrolada, integrada? ¿Te dan miedo tus pulsiones, el placer?

b) Madurar afectivamente significa, en segundo lugar, saber ser dueños de nuestras emociones. Objetivar, reconocer, dar nombre y aceptar nuestros sentimientos. Saber manejarnos entre estos dos polos: ni sentimos abrumados por ellos, ni ser incapaces de expresamos afectivamente descontrolada de cualquier sentimiento. 0 sea, ser nosotros «dueños» de nuestras emociones y no que ellas se adueñen de nosotros.

  • ¿Eres capaz de ir objetivando, dando nombre a tus sentimientos y no vivir a merced de ellos?
  • ¿Eres capaz de ir clarificando, poniendo en su sitio?
  • ¿Eres sensible, «poroso», capaz de expresar tus sentimientos?
  • ¿Qué hay de las caricias: eres capaz de dar y recibir caricias tanto físicas como psicológicas?
  • ¿Te da miedo el contacto físico? ¿Te atreves a mostrarte vulnerable?

c) Pero la maduración afectiva se queda corta mientras todo lo anterior no va siendo unificado en el mundo de la significación interpersonal. Porque madurar afectivamente implica esa capacidad de abrirse al otro, que el otro sea un «tú» para mí, que signifique, que se vaya introduciendo en mi vida. Amar significa atreverse a una relación total, en donde uno se presenta ante el otro real desde un yo real. ¿En las relaciones interpersonales ¿te muestras como eres, te atreves a querer ya que te quieran, o te defiendes? ¿En las relaciones tiendes a manejar una imagen real o ideal de ti mismo y del otro? ¿Te atreves al conflicto en la relación o lo evitas por miedo a no ser querido? ¿Has experimentado lo que es el mundo de la significación (significar para alguien), o vivir la vinculación, o la pertenencia … ?

d) La maduración afectiva tiene todo que ver con la relación con Dios. En definitiva, uno se relaciona con Dios desde los presupuestos de su mundo relacional. «Quien no ama a su hermano a quien ve, ¿cómo va a amar a Dios a quien no ve» (Jn 4). Y al final, conocer a Dios es tener experiencia afectiva de Él. ¿Cuál es tu experiencia afectiva de Dios?