Por qué te amo

Quisiera cantar, María, por qué te amo,
por qué tu dulce nombre hace vibrar mi corazón,
y por qué el pensamiento de su suprema grandeza
no podrá inspirar a mi alma temor.
Si te contemplara en tu sublime gloria,
por encima del fulgor de todos los bienaventurados,
no podría creer que soy tu hija…
¡Oh María, ante ti bajaría mis ojos!…

Pues el Rey del cielo ha querido que su Madre
esté sumergida en la noche y en la angustia del corazón,
María, ¿es acaso un bien sufrir en la tierra?
Sí, ¡sufrir amando es la dicha más pura!
Lo que me ha dado, lo puede volver a tomar Jesús;
dile que nunca se moleste conmigo…
Puede esconderse y me resigno a esperarle
hasta el día sin ocaso en que se apagará mi fe.

Yo sé que en Nazaret, Virgen llena de gracia,
viviste pobremente sin ambición de más.
Ni éxtasis ni raptos ni milagros
tu vida hermosearon, ¡Reina de los electos!
Muchos son en la tierra los pequeños,
y ellos pueden alzar, sin miedo, a ti los ojos.
Por el común camino, oh Madre incomparable,
caminas tú, guiándonos al cielo.

Tú nos amas, María, como nos ama Jesús,
y por nosotros consientes en alejarte de él.
Amar es darlo todo y darse a sí mismo.
Quisiste demostrarlo siendo nuestro apoyo.
El Salvador conocía tu inmensa ternura
y los secretos de tu corazón de madre.
Refugio de pecadores, a ti nos dejó,
cuando abandonó la cruz para esperarnos en el cielo.

Yo escucharé muy pronto esa dulce armonía,
iré muy pronto a verte en el hermoso cielo.
Tú que viniste a sonreírme, Madre,
en la suave mañana de mi vida,
ven otra vez a sonreírme ahora..:,
pues ha llegado ya de mi vida la tarde.
No temo el resplandor de tu gloria suprema,
he sufrido contigo,
y ahora quiero
cantar en tu regazo, Virgen, por qué te amo
¡y repetir por siempre y para siempre
que yo soy hija tuya…!

(Estrofas 1, 16, 17, 22 y 25).

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