Al terminar el Año de la Fe acudimos a Santa María para que nos muestre a Jesús, su gran don y nuestra mayor necesidad; vamos a Ella para que nos vuelva a repetir cada día: “Haced lo que Él os diga”.

Siempre es tiempo de un cruce de miradas con la Virgen María, pero especialmente cuando los tiempos son difíciles y nuestra barquilla corre el riesgo de partirse en dos por las tormentas.

La Madre de Jesús y Madre nuestra es apertura total a la gracia y, por ello, es fuente de gracia para todos nosotros. Asegura al Hijo de Dios una verdadera historia humana, una verdadera carne de nuestra carne.

Todo lo nuestro pasa por sus manos y todo lo suyo lo pone en nuestras manos. Esa es la alianza con la Madre, que Jesús nos regaló en la cruz, cuando todo parecía terminar y, sin embargo, todo volvió a ser posible. De mil maneras nos hace experimentar su cercanía y su cariño para emprender caminos de verdad y de belleza, de justicia y de paz en la Nueva Evangelización.

No está lejos, habita nuestra casa. Es la vecina de nuestro corazón, que nos despierta cada mañana para vivir con fe adulta la vida de cada día; su fe está unida y hace posible nuestra fe. La Virgen María nos abre el corazón para mostrarnos el retrato de su fe, nos invita a caminar por su memoria donde guarda la Palabra.

Toda Ella es icono perfecto de la fe, testigo del cumplimiento de las promesas de Dios, manantial de la vida nueva. Ella es la Madre de Jesús; su Fruto llena de alegría al mundo. Santa María es la peregrina de la fe, hermana que acompaña a todos los seres humanos, buscadores de sentido y plenitud.