LA VIRGEN DEL CARMEN. MEMORIA DE LOS CABALLEROS CRUZADOS. MIRADA PROFÉTICA DE ELÍAS.

          

Daniel de Pablo Maroto. Carmelita Descalzo. “La Santa”

En la fiesta de la Virgen del Carmen el día 16 de julio, ofrezco a los lectores unos apuntes de historia de la orden para que la puedan vivir con mayor gozo espiritual. Pienso, sobre todo, en la extensa familia de carmelitas de la Antigua Observancia y carmelitas Descalzos, monjas y frailes, el Carmelo seglar y las familias religiosas afiliadas a la orden y, finalmente, en tantas almas devotas que gozan con la celebración de la fiesta.

            La orden del Carmen tiene una larga y hermosa historia. Y, como algunas otras órdenes, un curioso entramado de leyendas y tradiciones nacidas para exaltar su antigüedad y misión en la Iglesia; o como escudo protector contra los intentos de supresión por la autoridad de la Iglesia en el siglo XIII. Al final, las leyendas constituyeron un cuerpo doctrinal elaborado por los sabios de la orden y que los sucesores han conservado como un tesoro. Una curiosidad histórica de la orden es que no tiene un fundador reconocido como tal y hace sus veces el que dio al grupo de ermitaños una Regla de vida, Alberto, canónigo regular de san Agustín y patriarca latino de Jerusalén. Lo cierto históricamente es que, en tiempo de las cruzadas, un grupo de caballeros de la Europa occidental, cansados de hacer la guerra, abandonaron las armas y se refugiaron a vivir en el monte Carmelo de Palestina a finales del siglo XII para hacer vida eremítica.

            Importancia singular en la orden tuvo la Regla en la que se establece que los ermitaños, que vivían en celdas separadas, tengan algunos actos comunes, como la oración pública de la Iglesia, la celebración de la Eucaristía y, sobre todo, que vivan “en obsequio de Jesucristo”. Pues bien, sin que exista en el texto mención alguna a la Virgen María, los ermitaños construyeron en medio de las celdas una capilla dedicada a ella, como consta en las fuentes históricas contemporáneas yque, con el tiempo, se convirtió en una hermosa iglesia gótica que tuvieron que abandonar en 1263 presionados por la invasión del lugar por los sarracenos.     

            Huyendo de Tierra Santa, los ermitaños latinos del monte Carmelo emigraron a Occidente asimilados a los frailes “mendicantes”, como los franciscanos, dominicos y otros. Europa en esos precisos años estaba viviendo un momento de plenitud de la devoción mariana, en el paso del arte románico al gótico. A la representación de María llevando en su regazo a Cristo-Dios, hierática y solemne, sucede la imagen de María como Madre sonriente que lleva en sus brazos a Cristo como queriendo ofrecérselo a los hombres. Esa nueva espiritualidad es la que viven los recién llegados a Europa. Y es también el momento en el que los grandes teólogos carmelitas elaborarán una mariología sabia que potenciará su sentimiento de ser una orden esencialmente “mariana” teniendo a la Señora como su “Patrona”, Madre y Hermana.

            Pero, aun siendo verdad la oportunidad del tiempo como razón fundamental del marianismo de la orden, quisiera ver en la devoción mariana de los primeros ermitaños carmelitas una vinculación con su mentalidad no solo medieval, sino con su espíritu caballeresco. Es sabido que los caballeros -Don Quijote de la Mancha nos sirve de referencia modélica soñando con su “Dulcinea del Toboso”- hacían la guerra santa y eran los defensores de los débiles de la sociedad y tenían como modelo y en la retaguardia de sus hazañas bélicas a una “dama” soñada, cercana en los afectos y lejana en la geografía. Teniendo en cuenta este paradigma, ¿por qué no pensar que los caballeros-monjes ermitaños del Carmelo no tomaran como “dama” de sus sueños a la Virgen María y la hicieron “Señora del lugar”, sin renegar de su “servicio” a Jesucristo su Hijo?

            Esta es la historia y la recurrencia a la hipótesis; pero queda la otra dimensión: la interpretación alegórica que hicieron los teólogos carmelitas de un texto de la Escritura para fundar la dignidad y grandeza de su orden en un lejano antepasado, el profeta Elías, a quien hicieron no solo modelo de ermitaños, sino fundador de un modo de vida del que ellos eran sus herederos. Además, aprovecharon su conocimiento de los varios “sentidos” de la Sagrada Escritura para justificar el espíritu “mariano” de la orden.

            Narra el Libro de los Reyes (I, 18, 42-44) que el profeta Elías mandó a su criado a otear el mar Mediterráneo y a la séptima vez vio surgir del mar salobre una “nubecilla” signo de fecundidad para la tierra reseca abrasada por la persistente sequía. Curiosamente, desde el siglo XIV los sabios teólogos carmelitas pensaron que Dios reveló a Elías en la “nubecilla” el nacimiento, en un futuro lejano, de una “niña” en la amargura del mundo que sería virgen, limpia de toda mancha de pecado. El símbolo se convirtió en realidad en la Virgen María (FELIPE RIBOT, O. Carm., Libro de la Institución de los primeros monjes, libro VI, cap. 1).

            Esa interpretación mariana del autor carmelita (+1391) significa que en Elías se hizo visión profética y mirada histórica al pasado en los intérpretes de la devoción de los caballeros cruzados del siglo XIII del Occidente cristiano. Para ellos no era una mera fantasía o sueño, sino una realidad. Reunidos en comunidad, sometidos a una Regla y viviendo “en obsequio de Jesucristo”, se dedicarán, por extensión, a propagar la devoción a la Virgen María. 

            Esta es la historia, queridos lectores; esta es la tradición mantenida durante siglos que nos llega a nosotros con la vitalidad de siempre. María sigue siendo para sus devotos un signo de esperanza, una luz en las tinieblas de la historia humana.

            Termino recordando que Teresa de Jesús, fundadora de la reforma de la orden del Carmen, miró al pasado remoto y se encontró con los ermitaños del Carmelo y de ellos aprendió la soledad y el silencio orantes y animó a sus seguidores a imitar su vida ascética. Y, sobre todo, el amor a la Señora del lugar, la Virgen María, en quien descubrió una madre y una hermana y la declaró Patrona de su Reforma.

            ¡Buen día de fiesta para que los devotos de la Virgen del Carmen
en su día de fiesta, no se olviden de Teresa,
alma enamorada de Cristo y de su madre, María! 

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