LA VIRGEN DEL CARMEN PATRONA DE LA REFORMA DE SANTA TERESA

DANIEL DE PABLO MAROTO, OCD.
Convento de “La Santa” – Ávila

          El día 16 de julio la familia carmelitana de todo el mundo (monjas, frailes, laicos) celebran a su “Patrona” la Virgen del Carmen. Para que la devoción no decaiga, sino que aumente, ofrezco a los lectores estas breves reflexiones. Me refiero, de manera especial, a la vivencia e interpretación de la Virgen del Carmen que hizo santa Teresa mientras diseñaba su Reforma del Carmelo.

            Recuerdo que la devoción a la Virgen del Carmen nació en el monte Carmelo, en Palestina, promovida por un grupo de caballeros cruzados que, dejadas las armas, se refugiaron en el Carmelo para vivir en el silencio y la soledad una vida de oración, contemplación y ascesis. En su Regla de vida, que les dio el patriarca latino de Jerusalén Alberto, que no pertenecía al grupo, les ordena que vivan “en obsequio de Jesucristo”, dedicados a su servicio. Aunque no se menciona en el texto a la Virgen María, ellos, en la tierra de Jesús, dedujeron que aquel lugar era también de María. Los teólogos carmelitas de la Edad media encontraron, en la “nubecilla” que vio el profeta Elías surgir del mar en tiempo de sequía, un símbolo de la Virgen María y a ella dedicaron la primera capilla que, con el tiempo, se convirtió en una hermosa iglesia gótica.

            Con este telón de fondo, recuerdo cómo vivió Teresa la devoción a la Madre de Jesús como monja carmelita en el convento de La Encarnación de Ávila y cómo la proyectó en su Reforma del Carmelo. Conocía la historia de su orden de Carmen, posiblemente por la lectura del libro muy apreciado y difundido, La institución de los primeros monjes, obra de un carmelita de la edad media; y quedó seducida por la vida de los primitivos ermitaños en plena soledad y -¿por qué no?- practicando la devoción a la Señora del lugar, la Madre de Jesús, donde, en un contexto feudal, Jesucristo era el Señor.

            Suponemos que conocía la propuesta de los teólogos de su orden carmelitana que, ya viviendo en Occidente, habían propuesto que “Totus marianus est Carmelus”: el Carmelo es todo de María. También conocería en su convento de monjas carmelitas la visión de la “nubecilla” que vio Elías que surgía del Mediterráneo y que los teólogos carmelitas aplicaron a María como signo de bendición para el género humano.

            Teresa de Jesús se sintió siempre “carmelita”, como solía firmar sus cartas, sin más adjetivos añadidos, por ejemplo, “descalza”, también después de fundar los conventos de su Reforma. Sintió y vivió con nostalgia el recuerdo de los ermitaños antiguos del Carmelo con los que se sintió identificada: “Este fue nuestro principio -dice a las monjas y frailes descalzos- de esta casta venimos, de aquellos santos padres nuestros del monte Carmelo” que vivieron en soledad y desprecio del mundo para gustar el “tesoro” de la contemplación mística de Dios (Moradas, V, 1, 2). Con frecuencia alude en sus escritos a la Regla que rige la vida de sus conventos como la de “Nuestra Señora del Carmen, sin relajación” (V, 36, 26; cf. Meditaciones sobre los Cantares, prólogo, 1, 1; F, 22, 22); en realidad, fue “mitigada” de su rigor en algunos puntos por el papa Eugenio IV en 1432 y que ella recondujo a su “rigor primitivo”, como escribe repetidamente. Y para eso le dio “patentes” el general de la orden, Juan Bautista Rubeo (Cta, al P. Pablo Hernández, 7-XII-1568, 1).  

            Como conclusión de estas breves referencias, recuerdo otras alusiones de la madre Teresa a la Virgen del Carmelo. La orden a la que ella pertenece, tanto la antigua como su Reforma, es una “Orden” de María, a la que fue llamado el P. Jerónimo Gracián por la devoción que sentía y a quien quería “servir”. Esta es la confesión que hace la madre Teresa al presentar a su amigo entrañable a los lectores (Fundaciones, 23, 8). De hecho, en el pensamiento de la reformadora Teresa, su obra fundacional responde a la idea de que es una orden “de Nuestra Señora del Carmen” (Fundaciones, 27, 6). Y el hábito que recibió la madre Cardona es de” Nuestra Señora del Carmen” (ib., 28, 30). Ella misma se considera “monja de Nuestra Señora del Carmen”; así se presenta la madre Teresa al comienzo del libro de las Moradas: “Este tratado […] escribió Teresa de Jesús, monja de Nuestra Señora del Carmen”. Me resulta curioso que no se presente como carmelita “descalza”.

            Otra curiosidad es que el título o la advocación de algunos de sus conventos fundados hacen referencia a la Virgen del Carmelo: “San José del Carmen de Medina del Campo” (Fundaciones, rótulo del cap. 1); eso mismo comprobamos en las fundaciones de Segovia (ib., cap. 21); de Toledo, donde comenzó a escribir el libro de las Moradas (Prólogo, 3); de Sevilla, como consta en algunas de las muchas cartas que escribió a su priora, María de San José. Más original me parece el título de la fundación de Valladolid: “La Concepción de Nuestra Señora del Carmen” (Cf. rótulo). Pequeñas rarezas redaccionales que son muy significativas de lo que la Fundadora albergaba en su corazón: el recuerdo amoroso y agradecido a la Madre del Carmelo.

            Puede ser una curiosidad histórica para muchos lectores el saber que la iglesia (¡!) del primer convento (¡!) de los frailes carmelitas descalzos de Duruelo (Ávila) el año 1568, estuvo dedicada a la Virgen del Carmen; y que el P. Antonio mandó pintar “un cuadro grande de Nuestra Señora del Carmen” para su culto. (Francisco de Santa María, Reforma de los Descalzos, I, Madrid, 1644, lib. II, cap. 40, p. 338).  

            Y quedaría por reseñar el título que le concede a la Señora de sus amores en relación con su obra fundacional: ella es la “Patrona” de la Orden, la “Señora y Patrona nuestra” (Fundaciones, 29, 33). Título más significativo que lo que indican las palabras, por muy solemne que suenen. Para Teresa, su obra de fundadora tiene, en primer lugar, una referencia a Cristo; y ha sido realizada para la defensa de su Iglesia; y María es el prototipo de mujer en el que los hijos del Carmelo deben mirarse para mejor servir al Señor de la historia, Jesucristo.

            No puedo terminar este breve discurso recordando a todos los miembros de la gran familia del Carmelo en el día de su fiesta y les deseo que la vivan con todo el fervor en la esperanza de que ella será su Madre, Maestra, Patrona y Protectora. Y decir a las mujeres que llevan el nombre de María, especialmente el del Carmen, que muchas felicidades y que experimentéis siempre una especial protección de la Señora del lugar, el Carmelo. Y aquel monte de Palestina se ha convertido hoy en nuestro tiempo en el mundo entero.

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