Duruelo: La rebelión de los Failes descalzos

DANIEL DE PABLO MAROTO
Carmelita Descalzo. “La Santa”. Ávila

 El día 28 de noviembre recordamos los carmelitas descalzos el nacimiento de la orden el año 1568 en Duruelo, un “lugarcillo” de la provincia de Ávila, aventura iniciada por dos personajes ilustres del Carmelo, Fray Antonio de Jesús (Heredia) y Fray Juan de la Cruz. Aquel hecho lejano provoca en nosotros nostalgias y agradecimiento por la herencia recibida. Voces críticas en la familia del Carmen descalzo afirman que fue el P. Nicolás Doria, elegido provincial en 1585, y en puestos de responsabilidad hasta su muerte en 1594, el que introdujo en la Reforma teresiana cambios en la vida de las comunidades que desfiguraron el proyecto primigenio de la madre Teresa. Como el tema es demasiado amplio para tratarlo en hojas volanderas, someto a revisión uno de sus aspectos: la vida ascética del Carmen descalzo.

La historiadora Teresa escribió la crónica de Duruelo en torno al año 1574 sobre la vida que allí iniciaron los primeros descalzos. Primero conoció la casa destartalada que le regaló un amigo abulense que pronto trasformó en su imaginaria en convento para frailes (Fundaciones, 13, 3). A Juan de la Cruz le había enseñado la madre Teresa la “manera de proceder” de las monjas descalzas en la fundación de Valladolid: la “mortificación”, el “estilo de hermandad”, todo vivido con “moderación” (ib., 13, 5).

Poco después, en febrero de 1569, conoció también la vida que iniciaron allí los descalzos, de camino a Toledo desde Valladolid, y dejó sus apuntes críticos. Para comenzar, quedó “espantada” ante la decoración del hábitat frailuno: en el zaguán de la casucha, convertido en iglesia (¡!), habían colocado los frailes “cruces y calaveras”, un Cristo de papel pegado al palo de una cruz junto a la pila de agua bendita; el desván lo habían convertido en “coro” (¡!), abierto a las inclemencias del tiempo: lluvias, vientos y nieves. Y en los rincones, “dos ermitillas” (¡!) para dormir, decoradas también con “sus cruces y calaveras”. Y completaban el ajuar los cinco relojes del P. Antonio “para tener las horas concertadas”. Nada que sugiriese un Cristo resucitado y viviente. Pues bien, aquí nació una de las escuelas de espiritualidad y de mística más importantes de la historia (Fundaciones, 14, 1, 6-8).

Aprobó su dedicación misionera en los pueblos cercanos, abandonados pastoralmente, cumpliendo uno de los fines de la rama masculina de su Reforma: la “salvación de las almas”, la misión de confesar y predicar de palabra y con el buen ejemplo (Fundaciones, 14, 8 y 11). Pero criticó los excesos penitenciales, no obstante su mirada emocional a los santos padres del Monte Carmelo donde nació la orden, con fríos, hambres y mucha soledad para la contemplación.

Pero aquello era un espejo lejano, vida de ermitaños, no imitable por una orden de contemplativos, pero frailes apóstoles, maestros universitarios y urbanícolas. Lo dialogó con ellos, pero oyó una respuesta cerrada: “Les rogué mucho no fuesen en las cosas de penitencia con tanto rigor, que le llevaban muy grande”. “Ellos -escribe con pena- hicieron poco caso de mis palabras para dejar sus obras”. Y -por humildad- atribuyó su propuesta de menor rigor a “ser flaca y ruin”, “imperfecta y de poca fe”. Y les dejó que practicasen las virtudes fuertes de los varones. Fue una espina que llevó clavada en el alma hasta la muerte. La Fundadora daba menos importancia a las penitencias extremas; prefirió vivir en pobreza, en el desclasamieto del yo, prendida de la Providencia divina y en la práctica de la caridad fraternal (Fundaciones, 14, 12).

Hubo una penitencia extrema que rechazó del todo, a pesar de ser un distintivo de las “reformas” de los religiosos varones de su tiempo: la descalcez absoluta, ni zapatos, ni alpargatas, frailes pisando el polvo y los cantos de los caminos, el agua o la nieve en todo lugar. Y así vivieron los reformados carmelitas “descalzos” desde el año 1568 hasta el 1581. Al parecer, el eminente carmelita descalzo, Juan de Jesús (Roca), atribuyó la práctica al consejo de la madre Fundadora, pero ella protestó airadamente contra el bulo. “Me cae en gracia -escribe- porque soy la que siempre lo defendí [prohibí] al padre Fray Antonio”. Y la razón es clara: tanta penitencia “espantaría” a los “buenos talentos”. Menos mal que se equivocó porque a la Reforma acudieron no solo montaraces ermitaños, no siempre analfabetos, sino gentes de la nobleza, acaudalados hombres de negocios y universitarios con sus títulos, sacerdotes con sus experiencias pastorales. Sí le pareció mal ver a los “descalzos” “en buenas mulas con sus sillas”, como vio ella a unos “mocitos” descalzos.  Lo que sí les aconsejó es “que les diesen bien de comer” y el “trabajo de manos” (en Carta a Ambrosio Mariano, 12-XII-76, nn. 7-8).

La vida penitente de los descalzos y sus quehaceres siguieron su camino y sus relaciones con la madre Teresa fueron intensas y divergentes porque encontramos en sus escritos palabras de dura confrontación, como cuando escribe hacia 1576: “algunas veces me pesara de que se había comenzado [la Reforma de la orden], si no tuviera tan gran confianza de la misericordia de Dios. Digo las cosas de los frailes, que las de las monjas siempre hasta ahora han ido bien. Y las de los frailes no iban mal, mas llevaba principio de caer muy presto […]. Harto fatigada me tenían algunas veces” (Fundaciones, 23, 12). El desgobierno procedía de que no tenían constituciones propias, “en cada casa hacían como les parecía” (¡!). Después, el P. Jerónimo Gracián, nombrado comisario apostólico para los descalzos, “hizo Constituciones para los frailes” y se remedió en parte el desorden (ib., n. 13).

Termino recordando algunos consejos de la madre Teresa a los frailes descalzos con ocasión de la separación de los calzados en el capítulo de Alcalá de 1581. Lo hizo en unos “memoriales” con sugerencias para incluir en las futuras Constituciones de las monjas y los frailes. En relación con los frailes le pide al P. Gracián que no sean “vicarios” en los conventos de monjas, ni que ellas estén sujetas a los priores; que no platiquen las monjas con los confesores, sino que manifiesten solo sus pecados; rechaza a los “negros devotos” de las esposas de Cristo (Carta del 19-II-81, nn. 1-3). En las cosas de las monjas, “no hay que dar parte a los frailes” (Carta a Gracián, 21-II-81, n. 4). Y, finalmente, que los frailes no abusen de los “rigores” penitenciales haciendo caso omiso de la “moderación” de la Fundadora. “Que aprovechen de dar más de comer a esos padres que suelen” (Carta, 23-II-81, n. 3). Y que “procure vuestra paternidad haya limpieza en camas y pañizuelos de mesa (servilletas), aunque más se gaste” (ib., n. 4). ¡Al fin, fundados por una mujer! Aunque sabía que algunos de sus consejos caerían en saco roto.

Los “descalzos” carmelitas, varones fuertes, seguirían imponiendo un plus penitencial sobre lo mandado a las monjas considerándose superiores en la vida ascética, rebelándose contra la propuesta de moderación de la reformadora Teresa. Ese ambiente fue profundizándose a partir del gobierno provincial del P. Nicolas Doria y sus secuaces el año 1585, con la “observancia” de las leyes y el recorte de la “misión” apostólica iniciada por el P. Gracián. Pero la semilla estaba sembrada en la fundación de Duruelo y vivida más intensamente en los conventos fundados en lugares alejados de las ciudades, como Mancera, Pastrana, La Peñuela, El Calvario, Altomira, La Roda, etc. Es sabido que la madre Teresa prefería fundar sus conventos en las ciudades ricas y populosas y bien comunicadas y, a ser posible, algunas de los frailes, en ciudades universitarias. Conoció la de Alcalá, Valladolid y Salamanca.

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