EL CAMINO DE PERFECCIÓN DE SANTA TERESA. MANUAL DE ORACIÓN Y DE HISTORIA DE LA ESPIRITUALIDAD

DANIEL DE PABLO MAROTO. Carmelita Descalzo. “La Santa” – Ávila

El Camino de perfección de santa Teresa, en sus dos redacciones (autógrafos de El Escorial y de Valladolid, respectivamente), se asemeja a una carta muy larga que la Fundadora dirige a las monjas del recientemente fundado monasterio de San José en Ávila en torno a los años 1566-1567. La segunda redacción, por razones internas y externas, da la impresión de que estaba destinada a su publicación, de la que se preocupó la autora y no consiguió ver en letras de molde el precioso manuscrito, aparecido en Évora (Portugal) en 1583.

            El libro ha ido adquiriendo valor histórico con el tiempo al sobrepasar tardíamente las barreras de su aparente finalidad: ser un mero escrito devoto y “espiritual”, un manual para hacer oración personal. En realidad, es mucho más: es también un testigo de los debates doctrinales entre los “teólogos” y los “espirituales” y “místicos” de aquel tiempo. En cuanto a la materia del libro, dentro de un desorden redaccional, del que es consciente la autora, existe un lógico desarrollo temático comprensible para las primeras lectoras. Lo que no adivinó la autora fue el éxito que el librito iba a tener en el futuro.

            El Camino como manual para hacer oración cristiana. Es lo primero que percibe el lector del libro y lo que pretendió la autora obedeciendo al querer de las monjas de San José (CV, 4, 3), que no podían acceder a otros libros de espiritualidad prohibidos por la Inquisición (1559) o que la pobreza de la casa no permitía comprarlos; pero resultará extraño al lector que empiece tardíamente a hacerlo en el capítulo 19: “Que comienza a tratar de la oración”, y continúa hasta el capítulo 26 (Referencias a la 2ª redacción).

            Como la Santa escribe para una comunidad de monjas cuyo oficio primordial es orar por la Iglesia, diseña los fundamentos de una comunidad cristiana ideal fundada en tres virtudes: el amor, que en su grado supremo es “puro espiritual”, superando manifestaciones más sensoriales y aún espirituales en las relaciones afectivas entre los seres humanos; el desasimiento de lo creado o vida de ascesis integral; y la humildad, que, para Teresa es “andar en verdad”, superando muchos de los supuestos agravios a la “honra” social de las personas.

Como manual para hacer oración, la autora la define como un “trato de amistad” con Cristo en lo interior del corazón, que el orante revive amorosamente como si estuviera presente como interlocutor: mirar a Cristo, dejarse mirar por Él en un diálogo amoroso con palabras reflexivas o con sentimientos confrontados con los de Cristo en su vida, pasión, muerte y resurrección (cf. el “muy provechoso” cap. 26). Como ejemplar materia de “oración”, Teresa propone el Paternóster reflexionando sobre las diversas “peticiones” (capítulos finales, 27-42).

No podían faltar en este “manual” para hacer oración, las distintas formas de orar en cristiano: oración vocal, mental, abundando en la oración de recogimiento; y se detiene en los umbrales de la oración mística (de los “contemplativos), a la que alude de pasada (caps. 16-18 y 25); completará el tema en el libro de las Moradas. La oración preferida de la madre Teresa, en el estadio de la vida ascética, es la del “recogimiento”, que aprendió en el Tercer Abecedario de Francisco de Osuna, pero que ella domestica en un lenguaje claro y apasionado (cf. caps. 28-29), oración que recomienda a los orantes.

El Camino como manual de historia de la espiritualidad. Posiblemente no es lo que pensaba encontrar el lector de este admirable libro: ser la autora una inteligente historiadora y polemista defensora de temas debatidos por los grandes teólogos del momento y en los que toma decisiones valientes sorteando las redes peligrosas de la misma Inquisición. Esta actitud de fondo es la que abre al librito perspectivas de valor universal y admira el lector la libertad y la valentía de una mujer que se opone a los que apartan a los orantes del ejercicio de la oración mental, desacreditan la esencia de la oración vocal, y atemorizan a los/as orantes con experiencias místicas con los peligros de ser engañados/as por el demonio.

Todo esto es lo que encuentran los lectores atentos a las enseñanzas de un libro aparentemente pacífico y “espiritual”, pero en el fondo muy polémico en algunas de sus páginas y valientes afirmaciones. Las objeciones de algunos medrosos teólogos, la madre Teresa las llama “los inconvenientes que el demonio pone” (cf. título del cap. 21). Son tantas las dificultades para comenzar el camino de la oración que la Santa las resume diciendo que hace falta “una grande y muy determinada determinación” (cf. CV 21, 1) para comenzarla. Y avisa a sus monjas: “Ningún caso hagáis de los miedos que os pusieren, ni de los peligros que os pintaren” (CV 21, 5). “Quien os dijere que esto es peligro, tenedle a él por el mismo peligro y huid de él” (ib., 7). Y concluye: “Dejaos de estos miedos: nunca hagáis caso […] de la opinión del vulgo” (ib., 10). No era la opinión del pueblo, sino de los mismos maestros teólogos.

Con este o parecido lenguaje resuelve el tema de la oración vocal que, bien rezada, se confunde con la mental, porque no basta repetir palabras, como decían algunos moralistas; para ella, una “espiritual”, no es suficiente, sino que la palabra orada debe ser dicha con atención y, si es amorosa, mejor (CV, 22, todo). Tan digna es la oración vocal, que puede ser ocasión para que el Señor conceda a los orantes la oración mística o contemplativa (todo el cap. 25).

Termino aludiendo a dos temas “históricos” que la autora trata en el Camino. Uno es la alusión a la Reforma luterana de la que tuvo un conocimiento superficial y que cambió la idea de fundar su Reforma del Carmelo sin tanta austeridad ascética y fundó el convento de San José en pobreza absoluta, “sin renta” (Cf. CV, cap. 1, 1-2 y 5. Leer el cap. 2).

Finalmente, la estrategia de combate contra la herejía de la “desventurada secta” de los luteranos, fundada no en las “guerras de religión” (un inciso de CV, cap. 3, 1. Tachado en el autógrafo). Ella prefiere combatir las herejías con la vida santa de los cristianos católicos y para ello organiza la verdadera batalla con la “gente escogida” dirigida por los “capitanes” del castillo del rey, los teólogos; y las monjas descalzas orando y sacrificándose en la retaguardia (cf. toda la estrategia de combate en CV cap. 3, 1-7). Esa dimensión apostólica y misionera de una orden femenina encerrada en la clausura de los monasterios me parece una intuición de la madre Teresa que conviene valorar en lo que tiene de valentía y de progreso.

En conclusión. Vale la pena leer o volver a leer estas ardientes páginas que sitúan a su autora en la vanguardia del pensamiento moderno e indican la valentía de una mujer que pide para ella y todas las mujeres un puesto para “ser Iglesia” y cumplir su misión.

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