EL FEMINISMO EN LA HISTORIA. 4 – LA AUTODEFENSA DE LAS MUJERES

Daniel de Pablo Maroto.
Carmelita descalzo. “La Santa”- Ávila.

El antifeminismo, que estuvo presente en la historia durante siglos, también en la civilización occidental y en la Iglesia, tuvo también sus contradictores y con la defensa de las mujeres. Advierto que la prevención contra algunas mujeres en la Iglesia católica, que presentaban fenómenos psicosomáticos (éxtasis, llagas, visiones y revelaciones, etc.), era porque algunas participaban de la llamada “mística parda o bribónica”, falsificación de la verdadera mística para adquirir fama de santas y, en ocasiones, vivir del cuento. Los ejemplos abundan en el siglo XVI español y muchas de ellas fueron condenadas por la Inquisición, generalmente de modo benigno si no existían doctrinas heréticas. 

            Centrando el tema, fueron sobre todo las mujeres místicas, iluminadas por Dios, las que se defendieron contra los varones en una estrategia de sumisión rebelde: protestaron por un trato inferior a los varones o se defendieron de los ataques contra ellas. Resumiendo, la polémica, se trata de un movimiento antimachista que se opuso a la misoginia y al androcentrismo ambiental. Pero no fueron solo las mujeres las que se defendieron, sino que a veces fueron apoyadas por sabios varones, Por ejemplo, recuerdo a un esclarecido varón, Desiderio Erasmo de Roterdam, un genio del cristianismo, que defendió en el Coloquio de Antronio y Magdalia la supremacía de las mujeres sobre los varones si son lectoras y cultas.

            Presenta a Antronio como ejemplar de monje cerril e ignorante, que se oponía a los estudios académicos de los monjes y – ¡cómo no! – de las mujeres. Y Magdalia, por el contrario, es una mujer amante de los estudios, que trata con mujeres letreras, que buscan el trato con varones sabios, son lectoras de libros en castellano y en latín, etc. Conociendo esa condición, el monje Antronio, antifeminista convencido, le suelta esta estrambótica sentencia: “Los libros quitan mucho seso a las mujeres, y ellas tienen poco de suyo, de manera que ligeramente lo pierden todo”. “Muchas veces he oído que la mujer letrada es dos veces necia”. Y, como esta, dice otras parecidas lindezas. A lo que contesta Magdalia:

            “Los que eso dicen, lo son tres [veces necios]. […]. “E si los hombres no tornáis por las letras, tiempo ha de venir que las mujeres leamos en las escuelas e prediquemos en los templos […]”. “Que tantas somos ya que un día de estos nos hemos de levantar contra vosotros e quitaros las abadías e dignidades por inhábiles (¡!). Mas no pienses que soy yo sola , que tantas somos ya que un día de estos nos hemos de levantar contra vosotros e quitaros la abadías e dignidades por inhábiles” (¿?).

            Entre tantos otros testimonios de la época, me complace traer a colación el sentimiento feminista y la crítica al antifeminismo ambiental de una de las más esclarecidas escritoras del tiempo de santa Teresa. Me refiero a María de San José, carmelita descalza, tan apreciada por la Fundadora. La encontró en casa de Doña Luisa de la Cerda en Toledo todavía adolescente, suponemos que hija natural de su hermano Gastón que favoreció una formación cultural muy esmerada como demuestran sus varios y valiosos escritos. Es una de las mujeres más agresivas contra los varones, especialmente contra los frailes carmelitas descalzos. Veamos algunos de los numerosos ejemplos que abren la puerta para una investigación más completa.

            Se puede decir que, más bien, su defensa del feminismo es un antimachismo o un complejo antifrailuno. Lo demuestra en un texto que puede pertenecer a una historia jocosa de la orden. Cuando llegaron las fundadoras de Sevilla (1575) a su casa, cuenta que un fraile descalzo de la ciudad les había enviado “media docena de cañizos viejos […]. Estaban puestos en el suelo por camas. Había dos o tres colchoncillos muy sucios, como de frailes descalzos acompañados de mucha gente de los que a ellos los acompaña”. El lector adivine y ponga nombre que desee a los habitantes del camastro, pero es fácil adivinarlo.

            Lo de “sucios” aplicado a los descalzos lo hubiera aprobado la madre Teresa porque en una ocasión avisó al P. Gracián: “Procure Vuestra Paternidad haya limpieza en camas y pañizuelos de mesa […]. En forma quisiera fuera por constitución [mandado], y aun creo no bastara, según son” [¡]. Y lo más gracioso – o doloroso para las monjas- es que los pocos utensilios que encontraron en la casa eran solo para el primer uso porque los había pedido prestados el fraile a las vecinas que al día siguiente los reclamaron.

            Hay más motivos que demuestra su aversión a los frailes varones, por ejemplo, cuando les echa en cara que fueron las monjas las que ayudaron económicamente para conseguir en Roma el Breve para que la Reforma teresiana se convirtiera en una provincia independiente de los provinciales carmelitas calzados españoles. O cuando propone a las novicias un método para hacer oración que le será más práctico que los escritos por los frailes-varones. O también cuando les echa en cara lo mal que se han portado con la Fundadora Teresa y con las monjas descalzas, a quien “podemos decir que deben los padres su libertad”.

            (A los interesados en María de San José, su aprecio de la madre Teresa y su relación con los descalzos, remito a DANIEL DE PABLO MAROTO, “María de San José, heredera del espíritu de Santa Teresa”, Revista de Espiritualidad, 63 (2004) pp. 213-250).

            El caso de santa Teresa, su sentimiento de ser mujer del que se enorgullece, su defensa de las mujeres y su ataque a los “varones” son bien conocidos. Sobre todo le dolía el no poder “dar voces” (enseñar, predicar, escribir con libertad) en una Iglesia esencialmente jerarcológica con predominio absoluto de varones.             (A los interesados, les remito a mi estudio en Teresa en oración. Historia. Experiencia. Doctrina, Madrid, Editorial de Espiritualidad, 2004, cap. 8, pp. 292-318).

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