Aquí presento (en continuación con la entrada anteriorJueves Santo por la tarde-), los textos concordados de lo que celebramos en la Hora Santa del Jueves Santo por la noche: el tiempo que va del final de la Última Cena hasta el prendimiento en el monte de los Olivos.

PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

SEGÚN LOS CUATRO EVANGELISTAS

(momento histórico: desde el final de la Última Cena hasta el prendimiento en el monte de los Olivos)

La Oración de Getsemaní

(Jueves Santo por la noche)

Salieron hacia el monte de los Olivos

(Mt 26,30 – Mc 14,26 – Lc 22,39)

Después de haber cantado los himnos, salieron [del cenáculo]. [Jesús] fue, según su costumbre, al monte de los Olivos. Sus discípulos lo acompañaban.

Jesús se había retirado allí muchas veces

(Jn 18,1-2)

Jesús fue con sus discípulos a un huerto, al otro lado del torrente Cedrón. Judas, el que lo iba a entregar, conocía también aquel lugar, porque Jesús se había retirado allí muchas veces con sus discípulos.

“Yo seré para vosotros ocasión de caída”

(Mt 26,31-35 – Mc 14,27-31 – Lc 22,33-34)

[De camino,] Jesús les dijo: “Yo seré para vosotros esta noche ocasión de caída, pues así lo dice la Escritura: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después resucitaré e iré delante de vosotros a Galilea”. Pedro le dijo: “Aunque fueras para todos ocasión de caída, para mí no. Señor, estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y hasta a la muerte”. Jesús le dijo: “Te aseguro que esta misma noche, antes que el gallo cante, negarás tres veces que me conoces”. Pedro insistió: “¡Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré!”. Y lo mismo dijeron todos los demás.

“Quedaos aquí y velad conmigo”

(Mt 26,36-46 – Mc 14,32-42 – Lc 22,41-46)

Jesús fue con ellos y llegaron al huerto llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos: “Quedaos aquí mientras voy más allá a orar”. Se llevó consigo a Pedro y a Santiago y Juan, los dos hijos de Zebedeo; y comenzó a sentir tristeza, terror y angustia. Y les dijo: “Me muero de tristeza. Quedaos aquí y velad conmigo”. Avanzó unos pasos más, apartándose de ellos como un tiro de piedra, cayó de bruces y pidió que, si era posible, pasara lejos de él aquella hora. Se puso a orar y decía: “Abba, Padre mío, todo te es posible, aleja de mí este cáliz; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”. Y se le apareció un ángel del cielo reconfortándolo. Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y dijo a Pedro: “¡Simón!, ¿duermes? ¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para que no caigáis en tentación. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”. De nuevo, por segunda vez, se alejó y fue a orar, diciendo: “Padre mío, si no es posible que este cáliz pase sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”. Volvió otra vez y los encontró dormidos, vencidos por el sueño; y no sabían qué responder. Los dejó y volvió a orar de nuevo, por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Entró en agonía, y oraba más intensamente; sudaba como gotas de sangre, que corrían por el suelo. Se levantó de la oración, fue a sus discípulos y los encontró dormidos por la tristeza. Al volver por tercera vez les dijo: “¡Dormid ya y descansad! ¡Se terminó! ¡Ha llegado la hora! El hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! El que me entrega llega ya”.

“¿A quién buscáis?”

(Mt 26,47 – Mc 14,43 – Lc 22,47 – Jn 18,3-9)

Aún estaba hablando [Jesús], cuando llegó Judas, uno de los doce, y con él un gran tropel de gente con espadas y palos, enviados por los sumos sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos del pueblo. Judas, al frente de la tropa y de los guardias de los sumos sacerdotes y fariseos, [había ido] allí con linternas, antorchas y armas. Y Jesús, que sabía todo lo que iba a sucederle, salió y les dijo: “¿A quién buscáis?”. Respondieron: “A Jesús Nazareno”. Jesús les dijo: “Yo soy”. Judas, el traidor, estaba también con ellos. Así que les dijo “Yo soy”, retrocedieron y cayeron en tierra. De nuevo les preguntó: “¿A quién buscáis?”. Ellos dijeron: “A Jesús Nazareno”. Jesús respondió: “Os he dicho que yo soy. Si me buscáis a mí, dejad que éstos se vayan”. Para que se cumpliera la palabra que había dicho: “No he perdido ninguno de los que me confiaste”.

“Habéis venido a prenderme como a un ladrón”

(Mt 26,55-56a – Mc 14,48-49 – Lc 22,52-53)

Jesús dijo a aquel tropel de gente, a los sumos sacerdotes, a los oficiales del templo y a los ancianos que habían venido a prenderlo: “Habéis venido a prenderme como a un ladrón, con espadas y palos. Todos los días estaba con vosotros [enseñando sentado] en el templo, y no me echasteis mano; pero ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas. Todo esto sucede para que se cumpla lo que escribieron los profetas”.

Judas lo besó

(Lc 22,47b-50a – Mc 14,44-45)

El llamado Judas, uno de los doce, se acercó a Jesús para besarlo. El traidor les había dado esta señal: “Al que yo bese, ése es; prendedlo y conducidlo bien seguro”. Se acercó a Jesús y dijo: “¡Maestro!”, y le besó. Jesús le dijo: “Amigo, ¡a lo que vienes!”. [Y añadió]: “Judas, ¿con un beso entregas al hijo del hombre?”.

“Mete la espada”

(Mt 26,51-54 – Mc 14,47 – Lc 22,49.51 – Jn 18,10-11a)

Los que estaban con [Jesús], viendo lo que iba a ocurrir, le dijeron: “Señor, ¿les damos con la espada?”. Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la sacó, dio un golpe al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. El criado se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: “Mete la espada en la vaina, que todos los que manejan espada a espada morirán. ¿O crees que no puedo pedir ayuda a mi Padre, que me mandaría ahora mismo más de doce legiones de ángeles? Pero ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras, según las cuales tiene que suceder así? ¿Es que no tengo que beber el cáliz que me da el Padre?”. [Y añadió:] “¡Basta ya! ¡Dejad!”. Y tocando la oreja lo curó.

Lo prendieron y se lo llevaron

(Mt 26,50b.57 – Mc 14,46 – Jn 18,12-13)

Entonces, la tropa, el oficial y los guardias de los judíos se acercaron a Jesús, le echaron mano y lo prendieron; lo ataron y [se] lo llevaron, primero a Anás, por ser suegro de Caifás. Éste era sumo sacerdote aquel año. [Luego], los que prendieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, donde los maestros de la ley y los ancianos estaban reunidos.

Todos lo abandonaron

(Mt 26,56b – Mc 14,50-52 – Lc 22,54b)

Todos lo abandonaron y huyeron. Pedro lo seguía de lejos. Un joven, cubierto sólo con una sábana, seguía a Jesús. Le echaron mano. Pero él, soltando la sábana, se escapó desnudo.

Ignacio Husillos, OCD