Grande Amor, el que nos tiene Dios,
que su gran y único Amor nos dio.
Y  el Amor, amándonos, se entregó
hasta la muerte y su condenación.

Pero el Padre nunca deja de ser
eso mismo: “¡Mi Padre!”, para hacer
al propio Hijo vivir de la fe
en el amor paterno o, más bien,

llevar al Hijo a vivir de las tres
virtudes, llamadas “teologales”:
caridad (amor), esperanza y fe.
(…)

Pero si el Hijo es su Amor
y el Amor es el Hijo, ¿por qué
le ofreció una vida de dolor

al propio Amor el mismo Padre?

Aunque el amor del Hijo aceptó
la voluntad ofrecida que Dios,
que es Padre, al Amor preparó.

Cierta y misteriosamente así fue.

¿Es misterio de amor o de dolor?
Vayamos a buscarlo en el Amor…
El Apóstol nos habla de ambos dos,

que vienen a unirse en la Palabra
que, como espada afilada,
penetra el hontanar del alma
hasta sus junturas delicadas.

La Palabra no es sino de Amor,
de Vida, de Verdad y de dolor
pues atraviesa todo nuestro ser
trasnsformando y limpiándolo de pez.

Y  así, el Amor al mal lo troca en bien,
y al calvario, en plan salvador…
Ya gozan las Teresas en Lisieux
al consumar sus profecías hoy:

«Hacer amar al Amor».
«Hacer “adamar” a nuestra Majestad».

Úbeda, 6/7-7-97

Ignacio Husillos, ocd.