Andábame yo sin saberlo
y sin querer (o quizá sí)
por entre los fueros del Misterio
y queríame llegar a lo último
que sin entenderlo había arribádome:
yo a él y él a mí

Interrogaciones o más bien interpelaciones.

«Mira, no sé… qué quieres que te diga»,
le decía.
«Tranquilo… Espera, ya verás…»,
me susurraba.

Y yo aguardaba sin saber qué
vendría a mis manos (o a mis pies).

Y con paciencia creadora,
que a su vez me venía,
íbame entendiendo en el otro
que se hacía o convertía en
mismo Misterio… de Verdad.

(fr. Nacho Husillos, 22.2.1996)