Reflexión sobre la Pascua

Disculpen que no empiece esta invitación a la Pascua con un ¡ALELUYA! tempranero y fácil. Pero creo yo que otra vez este año la PASCUA nos pasará de largo como desfilando, igual que en las pasarelas los que están abajo admiran la belleza de las modelos y sus ropajes, desde sus asientos. Mientras, con gracia se exhiben  y nos miran a distancia, desde su altura.

Lo nuestro son los ritos, desengáñense. Lo nuestro es la Semana Santa, las procesiones, los Oficios, el incienso y los cantos de siempre.

Disculpen que salga de mi ermita, del suburbio para compartirles una palabra desnuda, sin pretensión de ser escuchada. Luego me volveré al silencio y no les incomodaré más.

Este año tampoco habrá PASCUA. Los jóvenes, añorarán, quizá no haber tenido sus respectivas celebraciones pascuales (las ‘Pascuas’) por las medidas sanitarias. Los más mayores que puedan salir, volverán a la misa dominical, a rezarle al Cristo y a la Virgen presentando sus preocupaciones… tirando p’alante lo mejor que saben. Otros se despiden ya de frecuentar algún sacramento hasta el año que viene, ‘por Pascua florida’… Algunos curas descansarán de esta semana llena de afán y celebraciones, respirando aliviados.

Pero, la Pascua, la gracia de la Pascua, ¿en qué hogar se ha amasado? ¿a quién se le regaló? Seguramente, donde la Pascua se ha llegado, sus huéspedes, sus dueños ni siquiera se han dado cuenta.

Mi amigo, peregrino y misionero por tierras lejanas me contó hace ya tiempo que en aquel país, en aquella isla hay una planta que florece una sola vez al año. El primer año se afanó para verla surgir, pero se le adelantó la flor –que no vive de contentar a ningún espectador- se abrió en presencia de nadie. Pero un año o dos después, entregó una o más noches en vela a cambio de poder admirar el milagro. Ese año, ante sus ojos adormecidos, se abrió y nació una flor, ese año de modo irrepetible, para no volver a hacerlo hasta el año que viene. Todo un año de espera para un instante bello y fugaz.

La Pascua es una flor que nace y se abre en la ‘noche’, ‘sin ser notada’.

No la ven nuestros ojos, ¿por qué?

* Nos han dado una tierra. Una tierra que nos habían prometido.

Esa tierra es este AHORA, esta VIDA llena de dificultades, sí, pero también de POSIBILIDADES, y la gracia de poder comenzar a cada paso…

Si tuviéramos el alma de los niños. Pero no estamos contentos con la tierra que se nos ha regalado y añoramos siempre ‘otra’ que solo existe en nuestra envidia.

* Nos han dicho que echemos las redes. Él ha atraído los peces hacia nuestra barquichuela.

Los peces son tantos regalos que nos hacen diariamente los que viven alrededor, los guiños de Dios escondidos en lo simple y cotidiano…

Si nuestra red no estuviera descosida. Descosida por la falta de CONFIANZA, porque ya no somos niños para creer en los milagros, en que Él vela por ti.

* Nos han hecho UNA SOLA PREGUNTA después de nuestra negación, de nuestro olvido, de nuestras infidelidades. Sólo una pregunta: ¿ME AMAS? ¿ME AMAS? ¿ME QUIERES?

Esa pregunta es la esencia de nuestra vida y la raíz más auténtica de la única Pascua, que no llegamos a oír, porque no nos sentimos perdonados, no sentimos la alegría.

Si nos dejáramos abrazar, si aceptásemos que nos mira sin recordarnos incesantemente nuestros pecados pasados y presentes, y que solo te pregunta una cosa para poder hacer grandes cosas contigo: ¿ME AMAS?

Eso es la Pascua:

UNA TIERRA, UNA RED y UNA PREGUNTA: La tierra es el presente y la vida a cada paso; la red es la confianza y la pregunta es ¿me amas?

En el tiempo que llamamos Pascua, (paso: ir más allá, no detenernos, dejarnos llevar y arriesgarnos…) sigue la tarea de toda una vida: recuperar la tierra, la confianza y dejarnos despertar al amor en su amor.

Pero, en fin, no espero que ustedes me den la razón. Yo sería feliz si la Pascua renaciera como una sorpresa en el corazón de cada uno de sus hogares. Yo sería feliz si así fuera, también para mí sería Pascua, esa que no me alcanza porque también yo a duras penas me dejo mirar y querer.

Miguel Márquez Calle