Yo oraba con una enferma de coronavirus, hospitalizada desde hace varias semanas, y le decía al Señor en voz alta: “Señor, Dios de la vida y de la enfermedad, cuida a Delia, dale tu paz y tu gracia, para vivir este momento como una oportunidad de descanso y de agradecimiento por tanto como le has regalado en la vida…” y ella también participó orando: “Te doy gracias, Señor, por esta enfermedad”…
Me estremeció su oración como un disparo inesperado. En aquella habitación ella solita, con paz, con el dolor profundo del peso de la vida, más que de la enfermedad, la lucha y el trabajo, vuelve la mirada a Dios y le da gracias, vive estos días como una oportunidad y pide para su familia un despertar al regalo de la vida.

Como un golpe seco y aplanador recibo la noticia de las muertes de algunos hermanos: Malaquías, Daniel y el último, Juan Jesús, en la mañana, antes de la eucaristía me avisan: ‘Se ha ido’. Un silencio sordo y los pulmones buscando espacio para respirar, un peso de desolación interior, de tristeza e impotencia de niño perdido, y la necesidad de acurrucarme ante el Señor, sin decir nada (como en los días de la infancia, como en las noches del amor primero), sin reclamar nada, sin protestar… herido pero aceptando… Se nos va el que sostenía a todos, el que no escatimaba tiempo, esfuerzo y sacrificio, el que hacía de padre y de madre, al que un día pedí que acompañara a los enfermos y ancianos y, con prontitud de fraile presto para servir, se dejó arrancar para sembrarse y cuidar otro jardín, el de los más vulnerables, enfermos y mayores, y lo hizo como un hombre bueno y fiel.

Discurre el día y otra noticia, como espada que entra en la misma llaga, la muerte de María Teresa García Mariscal, una vieja amiga de muchos años, con 96 se ha apagado también; misionera en Ecuador unos 20 años, luchadora y rebelde, tenaz y alegre, que siempre me recordaba aquella canción, hecha oración al Señor: “Cada vez que te beso me sabe a poco… cada vez, cuando te miro, cada vez encuentro una razón para seguir viviendo, cada vez cuando te miro es como descubrir el universo… te quiero, te quiero y eres el centro de mi corazón, te quiero como la tierra al sol”.

Durante el día, entre nosotros permanece un ambiente de silencio hondo, bombardeado por mil muestras de cercanía de todas partes, palabras de cariño… reconfortantes, bálsamo, sensación pode-rosa de comunión, de complicidad teresiana…

En la noche, la opresión aplastante de la mañana, se ha ido tornando respiración agradecida, homenaje multiplicado en la voz y la palabra de hermanos y hermanas que, pese al dolor, agradecen tanta vida entregada. Y ante la pregunta de mucha gente, tengo que reconocer que el pecho se ha abierto alojando un gracias por tanto recibido de hermanos y hermanas que se van con las manos vacías y el corazón lleno de nombres, se han ido sin despedida, sin bendición en la frente, sin unción con óleo sacramental, sin mano apretada o silla la lado de la cama… se han ido en soledad, tejida de multitud de milagros invisibles, aquellos del amor callado del que hablaba Juan de la Cruz, que son los solos que dan luz al mundo y el verdadero tesoro de la Iglesia… Una soledad que a los que quedamos se nos hace amarga y difícil de tragar, y a ellos se les habrá tornado en fiesta de bodas, en beso que ya sabe a plenitud, en alegría y risas, en abrazos sin medidas… ‘Si ellos se alegran de ver a Dios, mucho más se alegra él de verlos a ellos’, decía un hermano de la casa de los mayores… ¡Cómo consuela!

Estos días, más que nunca, vulnerables, frágiles y atenazados por la incertidumbre, sentimos una lluvia fina, mansa, que cala cuerpo y alma llegando a la raíz, al hondón, y allí una necesidad imperiosa de estrenar la vida, de arrimarnos a donde brota lo verdadero, de reclinar el corazón en el pecho de Dios, único y verdadero hogar patrio, única lumbre que reconforta y abriga; allí, he ido sintiendo poco a poco después de un par de días que la quiebra interior, la desolación y la fracción del pan de mi vida, se ha tornado eucaristía, GRACIAS, rostro y mirada que ante mí aparece, invitando a sentarme a la mesa y descansar, para rendir la vida y aceptar, para dejarme hacer y querer lo que TÚ quieres, para seguir ofreciendo la vida.

‘Mudaré mi canción de melodía, y saldré de mi rincón, hacia lo inesperado, en pura fragilidad, desarmado, abrazando el rostro que aparece ante mí, disponible para ti… ese será mi homenaje por ti’.

Con Delia digo: “Gracias, Señor, por la enfermedad”. Gracias por ti, por cada hermano y hermana.

Abro una carta de las muchas de María Teresa y sale un papelillo con un pétalo seco y una frase: “Dios viene… viene… viene siempre” y él también vulnerable y necesitado de abrigo y calor.

Miguel Márquez, carmelita.