¿Quién fue Jeremías? ¿Cómo fue su vida? ¿Por qué tuvo tantos contratiempos? ¿Por qué tuvo la oposición de los llamados profetas de la paz? ¿Por qué se le conoce como el profeta de las calamidades? ¿En qué contexto histórico le toco vivir?
El 1 de mayo es el día de san Jeremías, profeta y autor del Libro de Jeremías que se recoge en la Biblia. Jeremías es el profeta de cuya alma sabemos más aunque no podamos reconstruir su vida totalmente paso a paso. La originalidad de Jeremías estriba en que no se limitó únicamente a transmitir la Palabra de Dios sino que también nos comunicó parte de su mundo interior: sus palabras, sus dudas, sus inquietudes, sus miedos, deseos…
SU VIDA, SU CONTEXTO HISTÓRICO Y SU MENSAJE
Su personalidad inicial respondía a la de un hombre por naturaleza pacífico, tímido, con poca facilidad de palabra, amigo de compartir la vida con amigos, con una mujer y deseoso de criar a sus propios hijos dentro de un cálido ambiente familiar y vecinal. Y, he aquí, las inesperadas elecciones de Dios y sus sorprendentes caminos y propuestas para cada uno de nosotros. Al joven Jeremías le ocurrió una de estas desconcertantes e inesperadas propuestas invasoras de Dios a la que no pudo resistirse, a pesar de no tener nada que ver con su personalidad inicial; de hecho muchas veces se planteó abandonar:
Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir. Fuiste más fuerte que yo y me venciste. (Jr 20, 7-11)
Cuando recibía tus palabras, las devoraba; tu palabra era mi gozo y la alegría de mi corazón porque he sido consagrado a tu nombre. (Jr 15,16).
Yo me decía: “No pensaré más en él, no hablaré más en su nombre. Pero era dentro de mi como un fuego devorador encerrado en mis huesos; me esforzaba en contenerlo, pero no podía (Jr 20, 9)
Nació en el año 650 a.C. en Anatot, pueblecito a unos seis kilómetros de Jerusalén. Pertenecía a una familia sacerdotal, hijo de un sacerdote de Anatot, que se habría tenido que instalar en Jerusalén al habérsele asignado un turno en el Templo con motivo de la reforma de Josías, pero él nunca actuó como sacerdote y siguió ligado al campo. Siendo muy joven todavía recibió la vocación profética. No sólo no se siente atraído por ella sino que además se siente incapaz, no preparado y, como Moisés, intenta excusarse aludiendoa su escasa destreza verbal y su juventud: “Mira que no sé hablar, que soy un muchacho” (Jr 1, 6).
Le tocó vivir una época de fuerte crisis para su pueblo. Situado entre tres grandes potencias- Egipto, Asiria y Babilonia- será juguete de los intereses de las tres y, concretamente, en estos años, la amenaza de invasión por parte de ésta última será el gran problema del reino de Judá (el reino de Israel ya había desaparecido tras la invasión Asiria en el año 720 a. de C.) cumpliéndose, finalmente, en el año 587 a. de C. Así pues, la figura de Jeremías coincide de lleno con esta etapa final del reino de Judá y el exilio a Babilonia.
Con todo, la crisis más grave era otra: la situación interna de injusticia, infidelidad a Dios y corrupción de costumbres de su pueblo. Y, en medio de, ella el Señor lo llama y lo envía “para arrancar y arrasar, para destruir y derribar, para edificar y plantar”(Jr 1,10).Y para esta dura labor una sola garantía: “Yo estaré contigo” (Jr 1,8). Jeremías experimentará amargamente la incomprensión, la soledad, la hostilidad y el fracaso más rotundo.
El mensaje central de su predicación se podría resumir en una sola palabra: conversión. Esta conversión abarcará aspectos muy distintos: cultuales, sociales, cambio de mentalidad, de actitud y políticos, siendo estos últimos los que le provocaron mayores persecuciones entre sus conciudadanos. Aceptar el sometimiento al poder babilónico fue para el profeta el signo más evidente de vuelta al Señor aceptando el castigo como único medio de salvaguardar en cierta medida el reino. Pero los profetas de su tiempo se oponen a Jeremías y a su mensaje porque para ellos es imposible que Dios cese de ofrecer paz y felicidad a su pueblo. De ahí, que estos profetas fuesen conocidos como “profetas de la paz” o de salvación. El gran problema consistirá en saber quién predica la auténtica palabra de Dios. De todos modos, este mensaje de Jeremías difícilmente podía ser aceptado por un pueblo que confesaba su origen en un acto salvador del Dios que les había dado la libertad tras la esclavitud de Egipto. Por eso su mensaje fue considerado blasfemo y Jeremías digno de muerte.
Tras la primera deportación a Babilonia en el año 597, los profetas de salvación alimentarán la esperanza de un pronto retorno. Frente a ellos, Jeremías no niega el retorno, pero a largo plazo por eso les anima a comprar casas y plantar huertos; a casarse y tener hijos, es decir, a instarse en esa tierra extranjera (Jr 29,4-9). Díez años más tarde, en 587 a. C. tendrá lugar la segunda y definitiva deportación que supondrá el fin de la dinastía davídica.
Sin embargo, las palabras de Jeremías tuvieron también la misión “de construir y plantar”. Jeremías predicó salvación a los desterrados a Babilonia a los que define como “higos buenos” que el Señor plantará de nuevo:
Como me complazco en ver estos higos buenos así miraré complacido a los desterrados de Judá, a quienes he enviado de este lugar al país de los caldeos. Los miraré complacido y los haré volver a esta tierra. Los restableceré y nos los destruiré más; los plantaré y no los volveré a arrancar. (Jr 24, 5-6)
Jeremías suele ser recordado como el profeta de las calamidadesy del “lloriqueo” por sus emotivas lamentaciones, por todos conocidas, y se suele olvidar como profeta de la esperanza. El siguiente oráculo de salvación bastaría para convertirlo en uno de los grandes pregoneros de la esperanza, si bien, es cierto, que existen dudas respecto a la autenticidad de pasajes como éste:
Vienen días, oráculo del Señor, en que yo sellaré con el pueblo de Israel y con el pueblo de Judá una alianza nueva. No como la alianza que sellé con sus antepasados el día en que los tomé de la mano para sacarlos de Egipto. Entonces ellos violaron la alianza, a pesar de que yo era su dueño, oráculo del Señor. Esa será la alianza que haré con el pueblo de Israel después de aquellos días, oráculo del Señor: pondré mi ley en su interior; la escribiré en su corazón; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Para instruirse no necesitarán animarse unos a otros diciendo: “¡Conoced al Señor!”. Porque me conocerán todos, desde el más pequeño hasta el más mayor, oráculo del Señor. Yo perdonaré su maldad y no me acordaré de sus pecados. (Jr 31, 31-34)
Dolores Aleixandre en su libro Las puertas de la tarde resume así su vida: “y aunque vivió envuelto en una confusión que le destrozaba, lo aceptó todo en una obediencia que parecía sobrehumana. Fue conducido de la resistencia al consentimiento, y esa fue su gran oportunidad”.
Una última paradoja más de la vida de Jeremías: él, que había predicado el sometimiento a Babilonia, fue llevado contra su voluntad a Egipto donde perdemos su pista…
CAPÍTULO 36 DEL LIBRO DE JEREMÍAS.
El libro de Jeremías es uno de los libros proféticos más complejos por múltiples razones. Así, por ejemplo, presenta problemas de contenido; prueba de ello es quedurante muchos años se ha intentado reconstruir el rollo primitivo quemado, según se relata en el capítulo 36, para partir de la base histórica auténtica de oráculos de Jeremías; por eso se afirma que el capítulo 36 es la puerta de acceso al profeta Jeremías. Otras razones son: la variedad de géneros (narraciones sobre Jeremías, narraciones de Jeremías, narraciones históricas, confesiones, carta, oráculos, acciones simbólicas…), el desorden cronológico en el que se presenta el texto, las diferencias entre el texto griego -más breve- y el texto hebreo. Probablemente existió más de un texto del libro de Jeremías.
El capítulo 36 del libro de Jeremías resulta largo a la hora de leerlo y de entrada no parece tener demasiados alicientes que animen a su lectura. Quizá por eso es poco conocido por los creyentes y escasamente utilizado en la liturgia. Y, sin embargo, no solo es el pórtico de entrada al profeta Jeremías, sino que además nos va a decir algo fundamental que no siempre los cristianos recordamos ni tenemos presente al comprobar desalentados el rumbo de la historia contemporánea (injusticias, hambre, catástrofes, guerras, materialismo, progresiva secularización de la sociedad, persecución de los cristianos en tantos países….): que la Palabra de Dios permanece para siempre.
La escena narrada en este capítulo 36 se convertirá en parábola de toda la vida del profeta. Estamos en el reinado del impío rey Joaquín, hijo de Josías. Jeremías no puede mostrarse en público y por tanto no puede acceder al Templo, quizá porque se lo hayan prohibido o por hallarse preso. Entonces dicta todas sus palabras a su secretario Baruc para ver si el pueblo lo escucha y se convierte pues Dios aún está dispuesto a perdonar. El rollo ocupará su lugar. Ese rollo iba a representar todo lo que había sido él: una vida entera dedicada por completo a una única misión, la profética. En ese rollo, estaba condensada toda su energía gastada para comunicar la Palabra. Baruc lo lee ante el pueblo en el Templo y lo hará en la fiesta en que más gente hay en torno al Templo:
“En el mes noveno del año quinto del reinado de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, se convocó un ayuno en honor del Señor para todos los habitantes de Jerusalén y de las ciudades de Judá. (Jr 36,9)
Este ayuno incluía una ceremonia penitencial que congregaba en el Templo a una gran cantidad de gente. Baruc intenta que el rey lo escuche y cuando, por fin, consigue que se lea delante del rey Joaquín, éste lo quema en presencia de toda su corte. El significado del gesto es claro: mostrar públicamente el desprecio absoluto por las palabras del profeta.
Aparentemente, ese día se consiguieron dos cosas: aniquilar una Palabra que provenía de Dios, pero que resultaba molesta, y el fracaso rotundo de la labor de un profeta. ¿Será éste el destino final de la Palabra? ¿Habrá sido estéril la misión de Jeremías? Sin embargo, el final del relato vuelve a sorprendernos y Jeremías, sin dejarse vencer por el fracaso, vuelve a escribir otro rollo en el que Dios se encarga de añadir “otras muchas palabras semejantes”(Jr 36,32). Con esta sencilla observación lo que el narrador bíblico nos está queriendo decir es, que más allá de cualquier intentona de apartarla, destruirla o silenciarla, la Palabra pervive para siempre, se mantendrá firme en el tiempo y nada ni nadie podrá hacerla callar. Y con ella la misión de sus portadores, de hecho, en el largo destierro en Babilonia (cuarenta años aproximadamente) la predicación del profeta Jeremías cobrará una importantísima relevancia al ser recordada y hecha presente por los exiliados. Pocas veces un libro de tan corta vida y con final tan trágico ha hecho correr tanta tinta y tenido tanta repercusión. Fue escrito en un año y vivió sólo unas horas. Sin embargo, en su destrucción, el libro adquiere su significado y su auténtico valor: ser símbolo de la permanencia de la Palabra de Dios.
SU FORMA DE ORAR
Jeremías dejó reflejada su lucha interna en sus “confesiones”: se queja, se pregunta, maldice su propia vida, se resiste a vivir contra corriente, expresa su dolor, su abrumadora soledad y hasta se atreve a cuestionar al mismo Dios… Es su forma de orar.
Si algo sorprende al leer la Biblia es la libertad con que sus personajes se dirigen a Dios: no se reprimen a la hora de expresar lo que sienten ni se sienten obligados a emplear un lenguaje “políticamente correcto” y, lo más importante, es que ello no supone una dificultad en su relación con él. Quizá, porque lo que más rompa la comunicación con Dios no sean nuestras preguntas impertinentes o nuestras rabietas y reproches (¡se necesita fe para sentir la lejanía de Dios y quejarse de ella!), sino nuestro silencio y, lo que sería más grave todavía, nuestra indiferencia.
A continuación, algunos ejemplos de las distintas oraciones de Jeremías:
Oración de confianza.
Jeremías entabla un diálogo en confianza mutua con Dios: se apoya en él, le pregunta lo que no entiende y, en ocasiones, Dios mismo le da a conocer los planes de sus enemigos:
El Señor es mi fuerza y mi baluarte, mi refugio cuando llega la angustia. (Jr 16,19)
Pero el Señor está conmigo como un héroe poderoso. (Jr 20, 11)
El Señor todo poderosos me lo hizo saber y comprendí. Entonces me hiciste comprender sus maquinaciones. (Jr 11,18)
¿Por qué prosperan los impíos y viven tranquilos los traidores? (Jr 12, 1)
Oración de súplica.
Señor, acuérdate y ocúpate de mí, mira que soporto injurias por tu causa. (Jr 15,15).
Oración de lamentación, queja y maldición.
En más de una ocasión Jeremías maldice su suerte y se queja a Dios:
¿Por qué es continuo mi dolor y mi herida incurable y sin remedio? Te me has vuelto arroyo engañoso, de aguas caprichosas. (Jr 15,18).
¡Maldito el día en que nací, el día en que mi madre me dio a luz no sea bendito! […]¿Para qué salí del vientre? Para ver tantas penas y tormentos y acabar mis días afrentado. (Jr 20, 15- 18)
Oración de intercesión por su pueblo.
Por el honor de tu nombre, no nos rechaces […] acuérdate y no rompas tu alianza con nosotros (Jr 14, 21)
REFLEXIONES A LA LUZ DE UN PROFETA
Un profeta es alguien llamado que sufre la acción que Dios le impone. En su comportamiento hay poco de iniciativa personal. Se puede decir que el profeta es alguien alcanzado; la Palabra de Dios se apodera de él y se instala en sus entrañas como hemos visto que le sucedió a Jeremías que se vio forzado a dar testimonio del mismo Dios. De este modo, al ser alguien alcanzado e invadido por el mismo Dios, el profeta es alguien alterado, descentrado de sí mismo; Jeremías experimentó un contagio misterioso del sentir de Dios y llegará a exclamar: “Pero yo estoy lleno de lleno de la ira del Señor, ya no puedo contenerla” (Jr 6,11). Por eso el profeta capta, más allá de las falsas apariencias, el clamor de la realidad injusta de los más débiles porque Dios nunca es neutral para la justicia, no permanece indiferente o despreocupado frente al mundo.
El profeta es además alguien enviado y necesariamente conflictivo. Su misión consiste en hablar en nombre de Dios. Es enviado a reyes, sacerdotes, a otros profetas (los llamados falsos profetas) y al pueblo. El profeta no será nunca un hombre de desierto, sino de ciudad, de vida pública: recorre plazas, va a palacio, al Templo…Y sólo cuenta con un instrumento: la palabra humana y su eficacia, más allá de los fracasos, está en su procedencia, Dios mismo.
El profeta es una persona que vive en permanente conflicto con todos los que le rodean porque no se calla. Se enfrenta al poder y defiende a los débiles. No es la suya precisamente una vida fácil; se siente solo, apartado de los otros burlado, despreciado e ignorado. Es perseguido, acosado, maltratado, encarcelado… Jeremías es un buen ejemplo de ello: sufrirá soledad (Jr 15,17), contradicción, persecución y cárcel, y será arrojado a una cisterna llena de cieno (Jr 38, 1-6), pero a pesar de todo aguanta y no escapa del conflicto.
Para ser profeta, qué duda cabe, que hay que estar “un poco loco” y sólo se explica en el caso de que algo más fuerte que sí mismo le haya invadido. A continuación, hagamos un breve chequeo de nuestra locura en relación con el Señor:
¿Tenemos alma de profeta? ¿Nos hemos sentido en algún momento de nuestra vida invadidos por el Señor o por su Palabra?
¿Hemos respondido con generosidad a su llamada?
¿Proclamamos con valentía la Palabra en nuestro entorno o decidimos callar para no desentonar?
¿Nos hemos sentido identificados con el sentir de Dios? ¿Nos duele la indiferencia despreocupada de toda una sociedad hacia los irrelevantes e insignificantes, hacia los más pequeños? ¿Denunciamos la injusticia?
¿Nos duele la indiferencia de nuestros coetáneos con respecto a Dios? ¿Nos planteamos hacer algo que esté a nuestro alcance para frenar la progresiva secularización de nuestra sociedad occidental cada día más alejada de su Creador?
ORACIÓN FINAL:
Así dice el Señor: […] cuando me busquéis, me hallaréis. Si me buscáis de todo corazón, yo me dejaré buscar por vosotros (Jr 29, 13-14)
¡Oh, glorioso san Jeremías, profeta fiel y mensajero de la Palabra de Dios, ayúdanos a perseverar en nuestra fe, a aceptar la voluntad divina en nuestras vidas y a dar testimonio de la Verdad con fidelidad y valentía allá donde nos encontremos!
Amén.
Julia López Lasala
Especialista en Espiritualidad Bíblica
Fuentes:
Dolores Aleixandre, Círculos en el agua, Santander, Sal Terrae, 1997.
Dolores Aleixandre, Las puertas de la tarde, Santander, Sal Terrae, 2007.