Ven, Espíritu, para que entendamos la palabra de Jesús.  

1.- Motivación

La Lectio divina es la obra del Espíritu en nosotros. Nos habla por medio de la Palabra para mostrarnos la voluntad del Padre.

Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y esta habla siempre en eterno silencio y en silencio ha de ser oída del alma (Juan de la Cruz).

2.- A la espera de la Palabra

Este relato tiene mucho en común con la historia de Moisés en el Sinaí (Ex 24-34): los tres acompañantes, la nube, Dios que habla, el rostro brillante, el miedo, discípulos sin fe.

No olvidamos que Marcos pretende decirnos quién es Jesús y cuál su camino. La transfiguración forma parte del desvelamiento de su identidad.

El relato de la transfiguración está localizado casi exactamente a la mitad de este evangelio, y es el clímax, su punto decisivo.

Marcos se dirige a las comunidades hostigas, necesitas de aliento.

3.- Proclamación de la Palabra: Marcos 9,2-10

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:
«Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Estaban asustados, y no sabía lo que decía.

Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube:

«Este es mi Hijo amado; escuchadlo».

De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

«No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».

4.- Fecundidad de la Palabra

Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, subió aparte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. La experiencia del Tabor, de la oración interior, ¿es para gente sin problemas, acomodada? De ninguna manera. Las experiencias luminosas acontecen cuando hemos palpado la oscuridad. El texto comienza diciendo: seis días después, como un tiempo de silencio para asumir la pasión y las condiciones del seguimiento, que Jesús les ha anunciado en Cesarea de Filipo. Pedro ha mostrado mucha resistencia. Jesús conduce al monte –largo andar de la humanidad-, para revelarles su identidad más profunda, a los más cercanos, a tres testigos, a los que están con él en los momentos fuertes (5,37: hija de Jairo; 14,33: oración de Getsemaní. Con ellos crea un espacio de intimidad. No sabemos qué monte es (Tabor, Hermón…); es más significativo teológicamente que geográficamente. Jesús sube montes para llamar y enviar a los doce (3:13), y para orar (6:46). El monte es lugar de encuentro con Dios. Recuerda al Sinaí, donde Moisés lleva en su cara la gloria del Señor, que tiene que tapar para proteger al pueblo. Son conducidos para llegar a la comunión con él, a contemplar su gloria y la plenitud que espera en la Pascua.

Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Estamos ante una teofanía. La gloria de Dios se manifiesta en este mundo en la persona de Jesús y en la obra y palabra que el Padre pronuncia a favor de él. El rostro de Jesús ha sido transformado, ha sido el Padre quien lo ha hecho. La ropa blanca, que evoca a la realidad celestial y pertenece al mundo de Dios (Iconos), alude a Adán (recuperar las gloriosas vestiduras antes de la caída. La vestidura blanca presenta a Jesús como nuevo Adán, como nuevo Rey.

Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Jesús no está solo, aparecen los dos grandes pilares del Antiguo Testamento hablando con él: Moisés, es decir, la Ley, y  Elías, es decir, los Profetas. No se dice el contenido de la conversación. En Jesús desembocan la Ley y los Profetas; él es su plenitud.

Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». No sabía qué decir, pues estaban asustados. Pedro reacciona con miedo. No sabe qué decir, pero dice algo y quiere hacer algo. No está a la altura de la grandiosa revelación; no ha entendido. Este miedo, temor, aparece también en otros pasajes: 4,41; 6,49.51; 16,8. Cuando se viven momentos de gloria, no se quiere salir de ellos y se desea que no terminen. Eso es lo que le ha pasado a Pedro, ha querido encasillar en el tiempo una experiencia infinita. Hay que escuchar y mirar. Ante esta gloria no cabe hacer tiendas. (Esto es lo que celebran los judíos con la fiesta de los Tabernáculos, edificando chozas como recuerdo del tiempo pasado en el desierto). La sección de este Evangelio en que se relata la transfiguración está unida por ambos lados por la sanidad de un ciego (8:22-10:52); pero los discípulos permanecen ciegos durante todo el episodio. Pedro tiene un buen principio al identificar a Jesús como el Mesías (8:29), pero su respuesta a la predicción de Jesús sobre su muerte dejó claro que Pedro esperaba un tipo diferente de Mesías del que Jesús ofrecía. 

Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube:
«Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo».
Estamos ante lo más grandioso de este evangelio: la revelación de la Trinidad (Padre, Hijo, Espíritu-nube). A la visión le sigue la audición. La nube es símbolo del mismo Dios y de su manifestación, del Espíritu. Es la Shekinnáh: la gloria de Dios que habita en la tienda humana (María) y ampara a los santos, a la comunidad hostigada. Este episodio recuerda la experiencia de Moisés en el monte, envuelto en la nube. La identidad de Jesús tiene que ver con la escucha de la Palabra. Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo (2Ped 1,18). Nos fijamos en el toque conmovedor de esta confidencia amorosa entre Jesús y el Padre. Dios mismo es quien habla. Dos partes: Este es… y escuchadlo. La postura adecuada frente a Jesús es escucharlo y seguirlo. El Padre responde a la pregunta: ¿Quién es este? (4,41).  Y en el Espíritu se puede escuchar la voz de Jesús y concentrar en él la mirada. La transfiguración reafirma la identidad de Jesús, revela su gloria, y llama a los discípulos a que lo escuchen (Shemá).

De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Toda la alianza se identifica ahora con la persona de Jesús. Todo se ha dicho en Jesús. La obra de Dios se ha realizado en el misterio pascual de Jesucristo. El único rostro que tenemos que contemplar para adentrarnos en el misterio de Dios es el de Jesús. Los discípulos han sido escogidos para estar con él (3,14).

Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. A la subida corresponde el descenso, el retorno a la vida cotidiana. Es lo que se entiende como bajar de la nube. Que no contasen a nadie… Última orden que afecta al secreto mesiánico. El silencio contemplativo forma parte de la pedagogía de Jesús.

Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos. Pero ellos se preguntaban qué querría decir; no podían entender el misterio como a veces nos pasa a nosotros. Los discípulos han comprendido que Jesús es el Mesías y están ya convencidos de que su camino conduce a la cruz; pero no llegan a comprender que la cruz esconde la gloria. Y este es el significado de la transfiguración en la vida de fe del discípulo: es una verificación de los discípulos para seguir el camino del maestro.

5.- Respuesta a la Palabra

  • ¿Qué experiencias de transfiguración hemos tenido en la vida?
  • ¿Qué importancia le damos a la escucha y al seguimiento de Jesús?
  • ¿Cómo valoramos los momentos de intimidad con Jesús?

6.- Orar la Palabra

Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo.

 7.- Contar al mundo la nueva manera de vivir. Ser testigos.

La principal causa por la cual en la ley antigua eran lícitas las preguntas que se hacían a Dios, y convenía que los profetas y sacerdotes quisiesen visiones y revelaciones de Dios, era porque entonces no estaba aún fundada la fe ni estaba estrablecida la ley evangélica… Pero ya que está fundada la fe en Cristo y manifiesta la ley evangélica en esta era de gracia, no hay para qué preguntarle de aquella manera. Porque en darnos, como nos dio, a su Hijo –que es una Palabra suya, que no tiene otra-, todo nos lo habló junto y de una vez en toda esta sola Palabra, y no tiene más que hablar (Juan de la Cruz, 2S 22,3).

Pedro Tomás Navajas, ocd.

Documento: 15 Ficha de la Lectio divina: Marcos 9, 2-10