Lectio divina. 4º Domingo de Cuaresma. Juan 3,14-21

Ven, Espíritu, infunde tu gracia en nosotros y abre nuestros ojos a tu luz para que andemos en verdad delante de la misma Verdad.

1.- Motivación

Tengo que poner los ojos en el santo Evangelio para respirar los perfumes de la vida de Jesús y saber hacia dónde correr (Teresa del Niño Jesús).

Quien medita incesantemente los evangelios y se adentra con alma amorosa en las obras y palabras de Cristo, estas se transforman en parte de sí mismo, en una fuerza viva que actúa continuamente en él (Edith Stein).

El Evangelio es el mensaje más hermoso que tiene este mundo (Papa Francisco).  

2.- A la espera de la Palabra

Final del diálogo de Jesús con Nicodemo, cuando fue a verlo de noche. En su noche se encendió la luz (Vigilia Pascual).

Juan, con su mirada contemplativa, anuncia la pasión, muerte y resurrección de Jesús: luz o tiniebla, creer o no creer, vida o muerte.

3.- Proclamación de la Palabra: Juan 3, 14-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

«Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios»

4.- Fecundidad de la Palabra

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo. El texto: segunda parte del diálogo de Jesús con Nicodemo. Para tener vida hay que nacer de nuevo. No podemos darnos vida; la vida es siempre dada. Don y tarea: claves del bautismo. La conexión entre nuevo nacimiento (por parte de Dios) y creer (por parte del hombre) está también claramente afirmado en Jn 1,12-13: [La Palabra] les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Y en 1Jn 5,1: Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios.

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. La vida nueva es don de Dios. A Dios le duele la muerte del hombre y quiere hacer algo. De esto trata la primera parte del texto. Se recuerdan momentos difíciles de la travesía de Israel por el desierto y las preguntas-quejas: ¿Por qué nos habéis subido de Egipto para morir en el desierto? Muchos mueren mordidos por la serpiente. Yahveh manda construir un mástil con una serpiente: Todo el que la mire, vivirá (Nm 21,5-9). La curación es obra salvífica de Dios. La Cruz sigue levantada para ser mirada y obtener vida. En la Cruz el pecho del amor muy lastimado (Juan de la Cruz) se abre para mostrar el amor. El Crucificado es el símbolo de la salvación, fuente de vida. Ante un muerto, y más si es un ajusticiado, se desvía la mirada. Aquí hay que mirar al Salvador. No hay otro camino para la vida. Todo orientado hacia la vida eterna.

Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Nos fijamos en los términos porque y para que; son los motivos de Dios y los sentidos nuevos que se abren para nosotros.   Estamos ante el amor entregado: la encarnación hasta sus últimas consecuencias: Es la experiencia fundante del amor de Dios: el amor por encima de todo, el que da valor a la vida. Lo que hace Dios es porque nos ama de una manera que no podemos ni imaginar. Quiere salvarnos a base de amor. Nada le obliga a amar y, sin embargo, elige amar. Aunque no seamos fieles, Dios sigue amando. Este es su compromiso. A este mundo, seducido por el mal de mil maneras, es al que entrega Dios a su Hijo, para abrazarlo con un amor misericordioso. Gracias a tanto amor la historia puede ser leída como una historia de salvación. El evangelista contemplativo enseña que la visión de la Cruz como crueldad humana, abandono de Dios…, es insuficiente. La Cruz se ve como presencia de amor ilimitado. Dios se interesa de tal manera por su amada humanidad que es capaz de dar a su propio Hijo como don. Dios no se reserva nada para sí mismo, no lo perdona (Rom 8,32).

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. De nuevo aparecen el porque y el para que. ¿Qué imagen de Dios tenemos? Dios es amigo de la vida. No en un Dios que nos manda castigos, enfermedades, desgracias. Dios quiere la vida. No se aparta del mundo dejándolo abandonado. La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros (Rom 5,9).

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. El juicio no está al final de la vida, el juicio comienza ahora. Y consiste en aceptar o no este amor que Jesús crucificado entrega. El sentido de la vida está en nuestras manos. Por parte de Dios no va a quedar nada para que vivamos la vida nueva. Él hace todo para que vivamos una historia de amor. Y si a veces optamos por vivir al margen del amor, Dios nunca nos destierra de su corazón, siempre abre caminos de retorno. La condena nos la procuramos nosotros. La respuesta al don de Dios es la fe como acogida de ese don. La comunión con la vida y el amor de Jesús se obtiene creyendo en él, confiando en el Crucificado. Opción: ir a la luz o encerrarse en las tinieblas. Dios cuenta con nosotros; no se da a sí mismo del todo si no nos damos del todo (Teresa de Jesús).

Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. Luz en medio de la noche. La luz pone al descubierto a todos: a los que hacen el mal y a los que hacen el bien. Este evangelio nos ayuda a plantearnos el tema de la vida con más profundidad. Dios nos ofrece el camino mejor, el camino de nuestro crecimiento y de nuestra vida plena; a nosotros nos toca escoger entre términos opuestos: luz/tiniebla, creer/no creer, vida eterna/perecer. Nuestra vida depende de nuestra fe. Pero nosotros preferimos las tinieblas (Kafka). La fe no es una opción más entre tantas, es la opción fundamental. Reconocemos, interpretamos, elegimos (Papa Francisco).

En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios. ¿Cómo es posible el nuevo nacimiento? Sumergiéndonos en la vida de Dios. Quien se acerca a la Cruz, locura de amor de Dios a la humanidad, percibe la luz y la verdad. Quien se acerca a la Cruz entiende la historia humana como un espacio de espacio de misericordia. Quien se acerca a la Cruz percibe que Dios nunca pierde la esperanza en el mundo. Quien se acerca a la Cruz elige amar y cualquier situación es una oportunidad para obrar con los mismos sentimientos de Jesús. Quien se acerca a la Cruz percibe que todo su obrar está hecho según el proyecto amoroso de Dios. Así se renueva el bautismo: obra del amor de Dios por nosotros y respuesta nuestra de fe dejándonos amar (¡Déjate amar!, de Isabel de la Trinidad). Así se da visibilidad a Dios.

5.- Respuesta a la Palabra

  • ¿Cómo vivo el amor de Dios?
  • ¿Experimento en mí que amor saca amor?
  • ¿Cómo entiende que tu luz me hace ver la luz?

6.- Orar la Palabra

Pedimos perdón por elegir las tinieblas.

Miramos a Jesús crucificado y le damos gracias por su amor: Me amó y se entregó por mí.

Canto; Creo en Jesús, creo en Jesús. Él es mi amigo, es mi alegría, él es mi amor. Creo en Jesús, creo en Jesús. Él es mi Salvador.

 7.- Contar al mundo la nueva manera de vivir. Ser testigos.

Tarea para la semana: Haz lo que es en ti. Déjame tú hacer a mí. No te inquietes por nada (Teresa de Jesús).

Una mujer que perdió a su hijo en los bombardeos: ‘Perdón, yo los perdono’. Esta palabra perdón la hemos perdido. Sabemos condenar a lo grande, yo el primero. Tenemos que perdonar. Esto fue lo que más me impactó en Qaraqosh (Irak). (Palabras del papa Francisco)

Pedro Tomás Navajas, ocd.

Documento: 17 Ficha de la Lectio divina: Juan 3, 14-21

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