Lectio divina Juan 1, 35-42. 2º Domingo del T.O.

Canto: Espíritu Santo, ven, ven, Espíritu Santo, ven, ven, Espíritu Santo, ven, ven en el nombre de Jesús.

1.- Motivación

La Palabra de Dios es siempre la misma, pero el Espíritu la hace entender y la presenta de forma diferente, según las personas que tengo delante. La sorpresa del Espíritu es continua porque hace que las cosas viejas sean nuevas y originales (Raniero Cantalamessa).

No se puede vivir sin utopías ni locura. Pero ¿resulta posible vivir sin una pizca de sabiduría, sin un poco de dulzura, sin algo de ternura, sin el ardor de una eterna profecía? (Adolphe Gesché). Este dijo a su familia: Mi pasión fue Dios. Yo no tengo otra palabra para decirlo.

2.- A la espera de la Palabra

Relato de los primeros discípulos de Jesús. El que relata el evangelio de Juan es anterior, y describe la ocasión en que estos discípulos conocieron por primera vez a Jesús. A partir de aquí comenzó una relación de amistad, y ocasionalmente acompañarían a Jesús, volviendo después a sus trabajos normales.

Un modelo de llamada y seguimiento. Nos encontramos con un relato histórico, pero ha sido reelaborado con una reflexión teológica a partir, probablemente, de las experiencias y percepciones de las comunidades.

El pasaje se desarrolla a la orilla del Río Jordán donde se encontraba Juan Bautista dando su testimonio del Mesías ante los judíos, los sacerdotes de Jerusalén y los fariseos.

Este texto es una radiografía de todo seguimiento de Jesús.

3.- Proclamación de la Palabra: Juan 1, 35-42

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice:
«Este es el Cordero de Dios».
Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta:
«Qué buscáis?».
Ellos le contestaron:
«Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?».
Él les dijo:
«Venid y veréis».
Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima.
Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice:
«Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)».
Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo:
«Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro)».

4.- Fecundidad de la Palabra

Al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: ‘Este es el Cordero de Dios’. Destacamos: Itinerario (al día siguiente) de los discípulos hacia Jesús; refleja nuestro camino de seguimiento. Nos detenemos en Juan, que está con sus discípulos. No busca protagonismo, fija la mirada en Jesús (mira dentro), invita a sus discípulos a que lo sigan, aunque se quede solo; centra su atención y la de los discípulos en el Cordero, da testimonio de Jesús. Este es el Cordero recuerda al cordero sin defecto que se ofrecía en la Pascua (Éxodo 12,1s), o también al cordero que se sacrificaba para expiar el pecado (Levíticos 4-5). Jesús pasaba, entre tanta gente, pero alguien percibió su presencia y puso a sus discípulos en ese camino.

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús está en movimiento, se revela como Dios encarnado, en salida. Yéndolos mirando… vestidos los dejó de hermosura. Se nos ofrece un bellísimo camino espiritual, concretado en los verbos oyeron, siguieron, vieron, se quedaron. Oír y seguir dos modos de describir al verdadero discípulo. Todos somos invitados a vivir esta aventura de seguimiento. Importancia de la escucha para el seguimiento.

Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: ‘¿Qué buscáis?’ Es Jesús quien toma la iniciativa, dice sus primeras palabras. Intercambio intenso de miradas (mira que te mira). Pregunta esencial de Jesús y diálogo profundo con sus discípulos acerca de lo que buscan, de lo que desean. Son contactos profundos. Se volvió, es decir, Jesús, rostro del Padre vuelto hacia nosotros, encarnado, deja su condición de antes y asume otra, como nos ama tanto se hace a nuestra medida.

Ellos le contestaron: ‘Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?’

Él les dijo: ‘Venid y veréis’. La respuesta de los discípulos es una pregunta sencilla y profunda: ¿dónde vives? Con ella indican que quieren estar con Jesús, conocerle mejor; buscan otro lugar más tranquilo. Quieren escuchar a este nuevo maestro, como ellos lo definen, que predica algo nuevo. Jesús les invita a venir y ver, a ponerse en camino. No se puede estar quieto cuando uno se encuentra con Jesús.

Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima. El encuentro requiere decisión y encuentro personal, una relación personal, permanecer en Jesús. Jesús hace participes de sus movimientos a los que lo siguen: fueron… vieron… se quedaron con Él aquel día. No cuentan lo que hicieron ni de qué hablaron, ni dónde; era la hora décima, la de la plenitud, la hora que se recuerda siempre porque cambió toda su vida, la que recrea y enamora. Es una experiencia bellísima de los primeros dos discípulos que se quedaron con Jesús, que desean estar a solas con él. No necesitan más: quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta. El seguimiento de Jesús no es voluntarismo, es un don, que proviene de escuchar a Jesús, contemplar dónde vive e iniciar con él una experiencia de Dios. Al pasar tiempo con Jesús se descubre su verdadero rostro. Allí me dio su pecho, y yo le di de hecho a mí sin dejar cosa, allí le prometí de ser su esposa.

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús. Cuando las experiencias son profundas no se quedan en uno, se comparten con los demás. El hallazgo, la luz, es para todos. El otro quizás era Juan, que se conserva en el anonimato. Mientras que los fariseos, sacerdotes y levitas se fueron sin respuesta, los discípulos de Juan conocen a Jesús y lo identifican con el que están buscando.

Encuentra primero a su hermano Simón y le dice: ‘Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)’. Y lo llevó a Jesús. Andrés busca a su hermano, le comunica su hallazgo, comparte con él la experiencia única que ha tenido: hemos encontrado al Mesías, el ungido, el consagrado, el Cristo. El relato revela progresivamente la identidad de Jesús, y como consecuencia la nuestra. Andrés encuentra y lleva a su hermano a Jesús. Los discípulos reconocen a Jesús gradualmente y más en profundidad. Se enrolan en el señorío de Jesús, amigo aunque es Señor.

Jesús se le quedó mirando y le dijo: ‘Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro)’. El texto termina con una aclaración de Jesús acerca de la identidad de Simón es decir Cefas o lo mismo: Pedro. Pedro recibe un nombre nuevo por parte de Jesús; su vida es transformada completamente (Juan de la Cruz, Teresa de Jesús, Alabanza de gloria). Algo sucede en la identidad del discípulo cuando conoce a Jesús. El cambio de nombre es una expresión de amor por parte de Jesús. En este primer encuentro el impetuoso Pedro tiene una actitud pasiva, se deja hacer. El silencio de Pedro es elocuente.

5.- Respuesta a la Palabra

¿Se parece mi proceso de seguimiento de Jesús al de los discípulos?

¿Siento nacer en mí el gozo de comenzar un camino nuevo, siguiendo a Jesús?

¿En mi vida he ayudado a alguien a encontrar a Jesús?

6.- Orar la Palabra

Canto: Maestro, ¿dónde vives? Venid y lo veréis. Lo vieron y se quedaron con él. Todo el día se quedaron con él.

  • Aquí estoy, Jesús. He escuchado tu voz  en el secreto de mi corazón,
  • Aquí estoy, Jesús, tu evangelio riega mis días y es el alimento de mi vida.
  • Aquí estoy, Jesús, para caminar hacia ti, acompañando los pasos de otros.

7.- Contar al mundo la nueva manera de vivir. Ser testigos.

Tú pescador de otros mares,
ansia entera de almas que esperan,
amigo bueno que así me llamas.
Señor, me has mirado a los ojos,
sonriendo has dicho mi nombre,
en la arena he dejado mi barca,
junto a ti buscaré otro mar.

Pedro Tomás Navajas, ocd.

Documento: 9 Ficha de la Lectio divina: Juan 1, 35-42

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