Invocación al Espíritu

Desde el cariño y compasión a los que sufren más directamente las consecuencias terribles del virus. Cantamos al Espíritu, cantamos a la vida, cantamos el proyecto liberador de Dios. Lo hacemos en medio de la muerte, como un desafío para todos los coronavirus. Esta experiencia de vida no nos la da ninguna vacuna, nos la da el Espíritu. Esperamos las mascarillas y respiradores de China y tardan en llegar, pero el Espíritu está aquí, ya se nos ha dado. En él damos un abrazo universal que llega a todos los rincones de la tierra.

Motivación

“La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica” (Sal 29). Jesús es la palabra que se oye dentro, que conmueve nuestro corazón.

«De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada» (Eduardo Chillida).

1. A la espera de la Palabra. Con la lámpara encendida.

Contexto. Destacamos algunos aspectos ante este relato sublime:

Signos. Este evangelio cierra el libro de los signos, una historia de amor.  Este es el más evocador de todos: agua para la sed, luz para la ceguera, vida para la herida de la muerte. La realidad es signo de la realidad verdadera. El significado es más que el suceso.

Jess está vivo hoy, en nuestras vidas. No es alguien del pasado.

Reflexión sobre la vida y la muerte. Eso es el tiempo de Cuaresma. Con frases teresianas: “Dios es amigo de ánimas animosas” (C 23,4). “Si no nos determinamos a tragar de una vez la muerte y la falta de salud, nunca haremos nada” (C 11,4).

2. Proclamación de la palabra: Juan 11,3-45

EN aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».

Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.

Solo entonces dijo a sus discípulos:  «Vamos otra vez a Judea».

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará».

Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día».

Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».

Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».

Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?».

Le contestaron: «Señor, ven a verlo».

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!».

Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».

Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: «Quitad la losa».

Marta, la hermana del muerto, le dijo:

«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».

Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».

Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera».

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.

Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar».

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”

(Conviene hacer una lectura atenta, amorosa, orante del texto entero).

3. Fecundidad de la Palabra

“Señor, el que aas está enfermo”. Aparece cinco veces la palabra ‘enfermo’. Le mandan recado Marta y María que, junto con Lázaro, eran amigos íntimos de Jesús (“Jesús los amaba”, lo llama ‘amigo’). Los hermanos simbolizan la comunidad, que necesita la presencia de Jesús. Los sentimientos humanos afloran en Jesús junto a su verdadero ser; para él cuenta mucho la relación de amistad.

“Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios”. Para manifestar de qué manera Dios es el que es, el que está presente en medio de su pueblo. En el sepulcro de Lázaro estamos ante un icono de gran belleza donde se pintan la vida y la muerte, frente a frente, el encuentro salvífico de la vida con la muerte. Los diálogos preceden al signo.

Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. Jesús espera a que la muerte quede rotundamente confirmada; según los rabinos se necesitaban tres días para que la muerte fuera completa. La promesa de Jesús no es precisamente la de evitar la muerte sino la de no dejar que esta se constituya en la última palabra sobre la historia humana. Nuestra preocupación, a menudo, sigue siendo la vida biológica.

“Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá”. Marta va al encuentro de Jesús, desilusionada porque ha llegado tarde. María tiene que ser llamada: ‘El maestro está ahí y te llama’. Las dos necesitan purificar su fe. El pueblo consuela a las hermanas, ve el amor de Jesús, también critica: ¿Y a qué viene Jesús? ¿Qué puede hacer ya por ellas? Desde la pandemia del coronavirus, decimos: ‘Señor, ¿dónde estás?’ La situación que estamos viviendo a nivel mundial nos pide que purifiquemos nuestra fe. Jesús nos acompaña hacia la fe. ¿Quién nos ayudará a creer en esta hora? El Espíritu viene en nuestra ayuda y nos alienta a escoger, en esta hora, a Jesús como Señor de nuestras vidas. Aunque estemos como ese pájaro que se golpea contra el cristal porque no ha encontrado la salida que le ofrece la ventana.

Jesús le dice: “Tu hermano resucitará”. Marta piensa en un tiempo futuro, pero no comprende que ese tiempo ya ha comenzado. No consigue conectar su fe con Jesús. ¿Seguimos con la fe de Marta que Jesús declara insuficiente? ¿Seguimos esperando que Dios nos devuelva la vida biológica, la que apreciamos y deseamos? Jesús no viene a prolongar la vida física, viene a comunicar la vida trascendente que él mismo posee y de la que puede disponer.

“Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. El presente (soy) frente al futuro (“ya sé que resucitará al final”, creencia judía). No somos el yo que desaparecerá, sino la vida del Padre que nunca muere. No hay que esperar a la muerte para conseguir vida. Jesús refleja el rostro del Padre, el dador de vida. ¿Por qué hemos deformado tanto la imagen de Dios? Es verdad que hay coronavirus, pero la dulzura de Jesús va más allá de la muerte. Lo suyo sí que es vida. «Quien dice: ‘primero se muere y después se resucita, se engaña’. Si no se resucita mientras se está aún en vida, tras morir, no se resucita ya» (Evangelio de Felipe, 90). Es lo que han vivido los místicos: ‘Vida, ¿Qué puedo yo darle a mi Dios que vive en mí, si no es el perderte a ti, para merecer ganarle?’

“¿Crees esto?” A pesar del conflicto, el tema de creer, la adhesión a Jesús, es el que enmarca todo el relato. Marta hace una confesión de fe de altísimo nivel. “Sí Señor; yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios’. Ve que en Jesús está la obra del Padre.

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: “¡Cómo lo quería!” Cuando los pobres lloran, Jesús se emociona y llora. Jesús no abandona a los amigos. Con Jesús, nadie está perdido. Característica de las comunidades: “Mirad cómo se aman”.

“Quitad la losa”. Pasos hacia la vida. Jesús pide a la comunidad que se despoje de su creencia, que remueva la piedra, la involucra en el signo.

“Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre”. Hermosa oración de Jesús, que muestra cómo es su relación con el Padre: de confianza absoluta y de unidad perfecta con él. Mientras nuestros ojos están en la tumba, los ojos de Jesús están en el Padre. No pide; la acción de gracias lo envuelve todo. Tiene un corazón de maestro: quiere ayudar a creer.

“Lázaro, sal afuera”. “Desatadlo y dejadlo andar”. Palabra que escucha todo bautizado, llamado con poder a salir de la muerte y entrar en la vida. Veamos la vida, salgamos. El ser humano necesita salir, liberarse de las ataduras. Los que lo han atado tienen que desatarlo y tienen que desatarse del miedo a la muerte que paraliza. Paradoja: El que regala la vida a Lázaro, está en ca­mi­no hacia la muerte, se juega su vida. Unos, viendo el signo, creen. Otros acuden a delatar a Jesús. Actitud: “Juntos andemos, Señor”.

4. Respuesta a la Palabra

¿Cómo conjugas tu fe en la vida con la compasión y la ternura?

A la pregunta de Jesús: ¿Crees esto?, ¿qué respondes?

¿Quién eres tú: lo que desaparecerá o la vida que nunca muere?

¿Qué es vida y qué es muerte para Jesús?

5. Orar la Palabra.

En la prueba de la pandemia, ora en silencio.

6. Contar al mundo la nueva manera de vivir. Testigos.

Tres opciones, que no necesariamente tienen que ser alternativas.

-Ver la película La copista de Beethoven. Se encuentra gratis en internet. Puede venir bien para estos días de aislamiento.

Escuchar la novena sinfonía, movimiento cuarto.

– Realizar gestos de solidaridad con los que más sufren la soledad en estos días de crisis por el coronavirus. “Jesús lloró para enseñarle al hombre a llorar” (San Agustín). “Como soy tan enferma, hasta que me determiné en no hacer caso del cuerpo ni de la salud, siempre estuve atada sin valer nada (Vida, 13, 7).

Documentación:  LECTIO DIVINA. V DOMINGO DE CUARESMA: Juan 11, 1-45