Invocación al Espíritu
Danos la mística de los ojos abiertos. Una mística buscadora de rostros, de víctimas (la Iglesia nació al pie de una víctima). Mantén vivo en nosotros el recuerdo de Jesús, que es una memoria peligrosa. Haz de nosotros peregrinos de esperanza.
Motivación. Para disponer el corazón.
Que la Palabra de Cristo habite en nosotros con toda su riqueza (Col 3,16).
¿No basta, Señor, que nos tiene el mundo acorraladas?… Que sois un juez justo y no como los jueces del mundo, que -como son hijos de Adán y, en fin, todos varones- no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa (Santa Teresa).
Aún sigo sin comprender por qué en Italia se excomulga tan fácilmente a las mujeres. A cada paso nos decían: “No entréis aquí… No entréis allá, que quedaréis excomulgadas…” Sin embargo, ellas aman a Dios en un número mayor que los hombres (Santa Teresita).
La mirada se educa como se educa el oído. Hay que aprender a mirar para que los acontecimientos, los paisajes humanos, no nos sean indiferentes, sino significativos (Pedro Fraile Yécora).
Si quieres ir rápido, ve solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado (Proverbio africano).
1. A la espera de la Palabra. Con la lámpara encendida.
Bellísimo pasaje, una joya, con sabor al evangelio de Lucas, que no pierde de vista la experiencia de la misericordia. Texto intruso en el evangelio de Juan, que no fue aceptado hasta el s. V. Algunos dicen que es de Lucas. ¿Tenían dificultades las comunidades para aceptarlo? Sólo quien perdona puede ser perdonado por Dios. Está entre dos revelaciones de Jesús: ¡Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba! (Jn 7,37), ¡Yo soy la luz del mundo! (Jn 8,12).
2. Proclamación de la Palabra: Juan 8,1-11
EN aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:
«Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó:
«Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».
Ella contestó:
«Ninguno, Señor».
Jesús dijo:
«Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».
En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y sentándose les enseñaba. Detalles del proceder de Jesús: retiro al monte donde pasa la noche, presencia al amanecer en el templo, todo el pueblo acude a él, les enseña sentado.
Los escribas y fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron. Estamos ante una pieza maestra de la vida. Jesús resulta incómodo a las autoridades por lo que dice y hace: su cercanía a los pecadores. Se sirven de todos los medios para acusarlo y quitarlo de en medio. Utilizan a una mujer, que nada les importa, para condenar a Jesús. Los débiles siempre son culpables. ¿Se utiliza hoy a las víctimas con fines mezquinos?
Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices? La mujer era declarada impura por ser mujer, origen de la muerte y causa de todos los males. Entre Jesús y la gente está una mujer sin nombre, sin identidad, como un objeto, una cosa, una víctima. Y unas palabras desde la Ley de Moisés que desafían a Jesús. Bajo la apariencia de fidelidad a las leyes de Dios, muchas personas están marginadas de la comunión y hasta de la comunidad. No aceptan las enseñanzas de Jesús, ridiculizan a la gente por seguir a Jesús; con sarcasmo lo llaman maestro. Es una encerrona peligrosa. Lo quieren provocar. Insisten en preguntarle. Se lo dicen para tener de qué acusarlo. Hay maldad en su corazón.
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Jesús se muestra dueño de la situación, escribe en tierra. Jesús baja la mirada, no entra en esa dinámica. Su primera respuesta es el silencio. Trata los pecados con el silencio, inclinándose hacia donde está la mujer; lo que salva es la mirada (Simone Weil).
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. ¿Solamente los débiles son los culpables? ¿Será la lapidación la última palabra de Dios sobre esa mujer? Jesús les invita a mirar de otra manera. Los desenmascara. La tensión se masca. Jesús responde con un gesto y con una frase. Escribe en el suelo. ¿Qué sentido tiene? Los que se apartan de ti, en la tierra serán escritos (Jr 17,13). El tirar la primera piedra era obligación o privilegio del testigo. Jesús camina hacia la gracia, con la que únicamente se pueden mirar los errores de los demás. La gracia no rechaza, no apedrea. Con sus palabras, les hace caer en cuenta de un tercer elemento que no han tenido en cuenta: sus propios pecados. Jesús deja un nuevo espacio de reflexión.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. ¡Qué sabiduría del Espíritu tiene Jesús! Jesús es luz del mundo, hace aparecer lo que está escondido: el pecado y, más adentro, la gracia. También ellos necesitan misericordia para poder mirar como Dios mira. Ninguno de los presentes afirmó que no tuviera ninguna culpa ni arrojó la primera piedra. Miremos nuestras faltas y dejemos las ajenas, que es mucho de personas tan concertadas espantarse de todo (3 Moradas 2,13).
Jesús se incorporó y le preguntó: Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado? Ella contestó: Ninguno, Señor. Jesús, ahora se centra en la mujer, la mira de forma creativa, habla con ella. Jesús le hace dos preguntas. La mujer, considerada culpable y merecedora de la pena de muerte, está de pie ante Jesús, absuelta, redimida y dignificada. La mujer, rota, está ante Jesús, misericordia que levanta. Por primera vez la mujer asume un papel activo. La mujer reconoce a Jesús como Señor. Jesús rehace una vida perdida a base de ternura. ¡La luz de la misericordia ha irrumpido en la oscuridad de nuestra miseria! (Santiago Agrelo).
Jesús dijo: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más. Jesús no trivializa el pecado, basta mirar la cruz, pero todo pecado pide misericordia. Se dirige a la mujer como a un tú, no como a un objeto. Jesús hace dos afirmaciones: no la condena y la despide. La persona, para Dios, está antes que la norma. Frente a una religión que condena, Jesús es perdón sin reservas, ve en ella la belleza con que el Padre la creó. Lo viejo es matar a alguien. Jesús abre a la mujer un horizonte esperanzador, la empuja hacia lo nuevo: en adelante podrá hacer las cosas mejor de lo que las ha hecho. Esto debería ser ya una conquista absoluta de la humanidad y un compromiso para que la Iglesia no deje nunca solas a las víctimas. No aborrecisteis, Señor, cuando andabais en el mundo, las mujeres, antes las favorecisteis siempre con mucha piedad (Santa Teresa).
3.- Respuesta a la Palabra. Meditación
¿He experimentado alguna vez cómo el perdón y la paciencia de alguien que me ama, me han levantado de la caída, del error, y ha sanado mis heridas interiores?
¿Cómo me comporto ante las faltas y debilidades de los otros? ¿Qué actitudes me pide Jesús que tenga?
4.- Orar la Palabra
Repite, como una jaculatoria, estas palabras de Jesús: Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más.
Confía: El abismo de tu miseria atrae el abismo de su misericordia (Santa Isabel de la Trinidad).
Ora: Ayúdame Señor, para que mis ojos sean misericordiosos.
María, ven con nosotros al caminar.
5.- Contar al mundo la nueva manera de vivir. Testigos.
La Iglesia no puede ser ella misma sin la mujer y el papel que ésta desempeña. La mujer es imprescindible para la Iglesia (Francisco).
Pedro Tomás Navajas, ocd