LECTIO DIVINA: Mateo 11,2-11. TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

Invocación al Espíritu

El Espíritu Santo nos transforma y nos hace experimentar la alegría de sabernos amados y habitados por Dios (Papa Francisco).

Motivación. Para disponer el corazón.

Desconocer la Palabra es desconocer a Jesucristo (San Jerónimo).

Jesús no puede estar en un lugar sin irradiar (Carlos de Foucauld).   

A la espera de la Palabra. Con la lámpara encendida.

Juan Bautista está en la cárcel. Hasta allí le llegan noticias sobre Jesús, pero resulta que las informaciones recibidas a primera vista no coinciden con el tipo de Mesías que él esperaba. El camino de la alegría no es fácil. Estamos en el domingo de gaudete, un día en que tenemos muy presente la alegría del Evangelio; una alegría que mana de la esperanza en el cumplimiento de las promesas de Dios.  

Proclamación de la Palabra: Mateo 11,2-11

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, mandó a sus discípulos a preguntarle:
    «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?».
Jesús les respondió:
    «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo:
los ciegos ven, y los cojos andan;
los leprosos quedan limpios y los sordos oyen;
los muertos resucitan
y los pobres son evangelizados.
¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!».
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan:
    «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Mirad, los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta?
Sí, os digo, y más que profeta. Este es de quien está escrito:
“Yo envío mi mensajero delante de ti,
el cual preparará tu camino ante ti”.
En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él».

1. Fecundidad de la Palabra

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, mandó a sus discípulos a preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». Sorpresa-malestar de Juan. Él está en la cárcel por decisión del rey Herodes Antipas, por fidelidad a su ministerio profético. Como profeta no da marcha atrás a pesar de las amenazas. A Jesús lo acosan. Juan conoce las obras de Jesús: su entrada en el mundo del dolor, su compasión… Ve a Jesús muy humilde, débil, mientras que los poderosos siguen como siempre. El trigo no ha sido separado de la paja, el hacha no ha cortado la raíz del árbol. Juan entra en crisis. Las acciones de Jesús no coinciden con el Mesías de fuego que él había anunciado. La enseñanza de Jesús parece débil comparada con las acciones de fuego y azufre anticipadas en su predicación. A todo esto da vueltas en la cárcel y pregunta, no critica por la espalda: ¿Será Jesús el Mesías o habrá que esperar a otro? ¿Sirven para algo las dudas? Una fe que no duda, es una fe dudosa (Cristian Duquoc).

Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. A Jesús le gusta recordar a Isaías, el profeta del Adviento, y se sirve de él para decir a los enviados de Juan lo que hace: que los ciegos de todas las cegueras ven; que todos los enfermos de todas las enfermedades contagiosas del cuerpo y el alma quedan limpios y no destruidos y abandonados a su suerte; que los muertos resucitan. ¿Por qué no parar ahí? ¿Por qué termina con los pobres son evangelizados? ¡Porque los pobres, los de corazón partido, cautivos y prisioneros le importan a Jesús! Así narra el Evangelio, el apostolado de la bondad; las promesas se están cumpliendo, las obras hablan por él. Jesús se manifiesta en signos frágiles y pobres, y ahí debe ser buscado, amado y servido, visto y oído. Este es el motivo de la alegría. El señorío de Jesús sobre la enfermedad y la muerte y su consideración con los pobres son anunciados como su credencial de identidad. Entonces saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo (Isaías 35,5-6a). Juan anuncia el juicio que destruye el mal y Jesús propone soluciones. ¿Bastará esto para creer en la ternura de Jesús, para amarle? Es más precioso delante de Dios y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia, aunque parezca que no hace nada, que todas esas otras obras juntas (Juan de la Cruz). La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús (Papa Francisco).   

¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!» Jesús se ha presentado ante el mundo de manera distinta a como se esperaba al Mesías. Lo primero que se percibe no es el castigo de los malvados ni su combate contra la violencia sino su amor por todos sin excepción. Se presenta en medio del pueblo como mensajero de las bienaventuranzas. Las obras de Dios muchas veces deshacen nuestras expectativas y nos sorprenden. .Jesús no utiliza el hacha ni el fuego ardiente para evangelizar sino su humanidad, su ternura con el dolor y con los pobres Se escandalizan los parientes, los fariseos, los discípulos. Jesús no critica, bendice a quien no se escandalice. Juan tiene que aprender. Juan de la Cruz, en la oscuridad de la cárcel de Toledo, cantó su fe: Que bien sé yo la fonte, que mana y corre, aunque es de noche.Es preciso aprender a hacerlo, comprender que Él siempre está más allá de nuestras expectativas, de lo que creemos bueno o malo, de la forma en que nos gustaría que respondiese y se resolviesen las cosas. Es el momento de robustecer y depurar nuestra esperanza para que únicamente resida en Jesucristo, de despojarnos de cuanto nos condiciona con la confianza en que su amor no defrauda, con el deseo de hacer su voluntad y no la nuestra. No estamos solos ni desahuciados, el Señor acompaña nuestra historia y viene, siempre viene, aunque en ocasiones no sea como imaginábamos.

Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Mirad, los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Jesús exalta la personalidad de Juan. Primer elogio. Las monedas de Herodes incluyen el símbolo de una caña; él lleva vestiduras delicadas; y vive en palacios. Salieron a ver a un profeta, y más que profeta. Lo que Juan ha predicado no ha caído en un saco roto; ha fructificado en la predicación de Jesús. Lo que Jesús ha predicado es inédito, pero esto no quita la grandeza de Juan. Fue un profeta con credibilidad en medio del pueblo. Su comportamiento enérgico y su modo de vida sin pretensiones son admirables; él no se doblegó como una caña ante los poderosos. 

Este es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”. Este segundo elogio hace avanzar la comprensión habitual que se tiene de Juan. Los profetas vieron de lejos la venida de Jesús, pero Juan vio su cumplimiento. Cuando aparece Juan, es claro que la venida del Mesías ya es inminente. El hecho de ir “delante” hace que todos enseguida apunten su mirada hacia Jesús.

En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él». Juan se encuentra en el pináculo de la antigua era, pero aún el más grande representante de la era antigua es menor que el representante más humilde de la nueva. El Reino, en el cual se entra por el discipulado, trae condiciones de vida totalmente nuevas a las vigentes. La última frase reposa con la mirada a los “pequeños” del Reino.

2. Respuesta a la Palabra. Meditación

¿Jesús responde a lo que estoy buscando? ¿Lo estoy entendiendo correctamente? ¿Quién es Jesús? ¿Qué idea tenemos de él? ¿Es Jesús la alegría?

3. Orar la Palabra

Cristo es mío y todo para mí (Juan de la Cruz). 

4. Contar al mundo la nueva manera de vivir. Testigos.

Que la dificultad de los tiempos no impida la generosidad de los cristianos… Que el viajero sea acogido, el oprimido socorrido, el pobre vestido, el enfermo aliviado. El que haya ofrecido de sus justas labores en sacrificio de piedad a Dios, el autor de todo bien, obtendrá de Él la gracia de gustar las promesas de su Reino ((San León Magno, Sermón 13). 

Pedro Tomás Navajas, ocd

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