INVOCACIÓN AL ESPÍRITU
Desde el cariño y compasión a los que sufren, frente a toda muerte, cantamos al Espíritu, cantamos a la vida, cantamos el proyecto liberador de Dios. Lo hacemos como un desafío. El Espíritu está aquí, es nuestro amigo.
MOTIVACIÓN. PARA DISPONER EL CORAZÓN
Lo propio de Dios es hacer, lo propio del hombre dejarse hacer (San Ireneo). Que ya sólo en amar es mi ejercicio (San Juan de la Cruz).
Quiero gritar con mi vida el Evangelio (Carlos de Foucauld).
Dios no nos ha creado para la tumba, nos ha creado para la vida.
A LA ESPERA DE LA PALABRA. CON LA LÁMPARA ENCENDIDA
Contexto. Destacamos algunos aspectos ante este relato sublime:
Signos. Este evangelio cierra el libro de los signos, una historia de amor. Este es el más evocador de todos: agua para la sed, luz para la ceguera, vida para la herida de la muerte. Jesús está vivo hoy, en nuestras vidas. No es alguien del pasado. Reflexión sobre la vida y la muerte. Eso es el tiempo de Cuaresma. Con frases teresianas: “Dios es amigo de ánimas animosas” (Santa Teresa, C 23,4). “Si no nos determinamos a tragar de una vez la muerte y la falta de salud, nunca haremos nada” (C 11,4).
PROCLAMACIÓN DE LA PALABRA: JUAN 11, 1–45
En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo habéis enterrado?».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quitad la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?».
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
1. FECUNDIDAD DE LA PALABRA
“Señor, el que amas está enfermo”. Aparece cinco veces la palabra ‘enfermo’. Le mandan recado Marta y María que, junto con Lázaro, eran amigos íntimos de Jesús (“Jesús los amaba”, lo llama ‘amigo’). Los hermanos simbolizan la comunidad, que necesita la presencia de Jesús. Los sentimientos humanos afloran en Jesús junto a su verdadero ser; para él cuenta mucho la relación de amistad: amar y ser amados con madurez y libertad. La muerte de su amigo y el dolor de las hermanas tocan el corazón de Jesús.
“Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios”. Para manifestar de qué manera Dios es el que es, el que está presente en medio de su pueblo. Esta enfermedad no es para la muerte; la última palabra siempre la tiene Dios: VIDA. En el sepulcro de Lázaro estamos ante un icono de gran belleza donde se pintan la vida y la muerte, frente a frente, el encuentro salvífico de la vida con la muerte. Los diálogos preceden al signo.
Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. Jesús espera a que la muerte quede rotundamente confirmada; según los rabinos se necesitaban tres días para que la muerte fuera completa. La promesa de Jesús no es precisamente la de evitar la muerte sino la de no dejar que esta se constituya en la última palabra sobre la historia humana. Nuestra preocupación, a menudo, sigue siendo la vida biológica.
“Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá”. Marta va al encuentro de Jesús, desilusionada porque ha llegado tarde. María tiene que ser llamada: ‘El maestro está ahí y te llama’. Las dos necesitan purificar su fe. El pueblo consuela a las hermanas, ve el amor de Jesús, también critica: ¿Y a qué viene Jesús? ¿Qué puede hacer ya por ellas? Desde situaciones humanas difíciles gritamos: ‘Señor, ¿dónde estás?’ ¿Quién nos ayudará a creer en esta hora? El Espíritu viene en nuestra ayuda y nos alienta a escoger, en esta hora, a Jesús como Señor de nuestras vidas. Aunque estemos como ese pájaro que se golpea contra el cristal porque no ha encontrado la salida que le ofrece la ventana.
Jesús le dice: “Tu hermano resucitará”. Marta piensa en un tiempo futuro, pero no comprende que ese tiempo ya ha comenzado. No consigue conectar su fe con Jesús. ¿Seguimos con la fe de Marta que Jesús declara insuficiente? ¿Seguimos esperando que Dios nos devuelva la vida biológica, la que apreciamos y deseamos? Jesús no viene a prolongar la vida física, viene a comunicar la vida trascendente que él mismo posee y de la que puede disponer.
“Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. Jesús se muestra como señor de la vida. No somos el yo que desaparecerá, sino la vida del Padre que nunca muere. No hay que esperar a la muerte para conseguir vida. Jesús refleja el rostro del Padre, el dador de vida. ¿Por qué hemos deformado tanto la imagen de Dios? «Quien dice: ‘primero se muere y después se resucita, se engaña’. Si no se resucita mientras se está aún en vida, tras morir, no se resucita ya» (Evangelio de Felipe, 90). Es lo que han vivido los místicos: ‘Vida, ¿qué puedo yo darle a mi Dios que vive en mí, si no es el perderte a ti, para mejor a Él gozarle” (Santa Teresa).
“¿Crees esto?” A pesar del conflicto, el tema de creer, la adhesión a Jesús, es el que enmarca todo el relato. Marta hace una confesión de fe de altísimo nivel. “Sí Señor; yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios’. Ve que en Jesús está la obra del Padre.
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: “¡Cómo lo quería!” Cuando los pobres lloran, Jesús se emociona y llora. Jesús no abandona a los amigos. Con Jesús, nadie está perdido. Característica de las comunidades: “Mirad cómo se aman”.
“Quitad la losa”. Pasos hacia la vida. Jesús pide a la comunidad que se despoje de su creencia, que remueva la piedra, la involucra en el signo. En medio del dolor somos invitados a contemplar el misterio. Que la Palabra de Dios devuelva la vida allí donde hay muerte.
“Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre”. Hermosa oración de Jesús, que muestra cómo es su relación con el Padre: de confianza absoluta y de unidad perfecta con él. Mientras nuestros ojos están en la tumba, los ojos de Jesús están en el Padre. No pide; da gracias.
“Lázaro, sal afuera”. “Desatadlo y dejadlo andar”. Palabra que escucha todo bautizado, llamado con poder a salir de la muerte y entrar en la vida. Veamos la vida, salgamos. El ser humano necesita salir, liberarse de las ataduras. Los que lo han atado tienen que desatarlo y tienen que desatarse del miedo a la muerte que paraliza. Paradoja: El que regala la vida a Lázaro, está en camino hacia la muerte, se juega su vida. Unos, viendo el signo, creen. Otros acuden a delatar a Jesús. Actitud: “Juntos andemos, Señor”. Creer significa correr el riesgo de confiar en Aquel que sostiene nuestra esperanza.
2. MEDITACIÓN. RESPUESTA A LA PALABRA
¿Cómo conjugas tu fe en la vida con la compasión y la ternura?
A la pregunta de Jesús: ¿Crees esto?, ¿qué respondes?
¿Quién eres tú: lo que desaparecerá o la vida que nunca muere?
¿Qué es vida y qué es muerte para Jesús?
¿Cómo vives el misterio del dolor y de la muerte?
3. ORACIÓN. ORAR LA PALABRA
En las situaciones de cruz de tu vida, ora en silencio, confiadamente.
4. ACCIÓN: CONTAR LA NUEVA MANERA DE VIVIR.
Realizar gestos de solidaridad con los que más sufren. “Jesús lloró para enseñarle al hombre a llorar” (San Agustín). “Como soy tan enferma, hasta que me determiné en no hacer caso cuerpo ni de la salud, siempre estuve atada sin valer nada” (Santa Teresa, Vida, 13, 7).
“Ayudar al hombre a experimentar que siempre ha estado y sigue estando en contacto con Dios es hoy más importante que nunca” (Rahner).
“Mas yo, que te he gustado, como un vino, Señor, mientras los otros siguen llamándote Justicia, ¡no te llamaré nunca otra cosa que Amor!” (Gabriela Mistral).
Pedro Tomás Navajas, ocd