Domingo primero de Adviento

Estoy sobre la palma de tu mano,
jugando como un niño;
no la quites, Señor, fuera de ella
ha tendido la nada sus abismos (Pablo Fernández).

‘Cuando venga el Hijo del hombre pasará como en los días de Noé’.

Ninguna crisis puede detener el empuje del Espíritu que invita a los pueblos de la tierra a caminar al encuentro con Dios. Noé era el hombre que todo lo miraba a la luz de la Palabra; estaba atento a lo esencial. La fidelidad del Señor recrea el horizonte de la esperanza, colma de alegría nuestro vacío profundo. En este viaje nos acompañan José y María, que llevan en su corazón toda la esperanza de Dios. En este viaje nos acompaña san Juan de la Cruz:

La esperanza tanto alcanza cuanto espera. 

‘Cuando menos lo esperaban llegó el diluvio’.

Es verdad que, en un instante, nuestras seguridades pueden resquebrajarse dejándonos en el vacío. Pero es más verdad que somos infinitamente amados por Dios; más allá de todo lo que pasa y se muda, estamos en sus manos amorosas, Dios no se muda. El Señor es fiel, nunca decepciona. Alentados por la fantasía de la misericordia de nuestro Dios, pensemos y sintamos esta belleza. En el Adviento abramos el corazón a la confianza que da saber que somos amados por Dios.

Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor.  

‘Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor’.

Velar es la palabra clave. El Señor, camino y meta de nuestra peregrinación, es la belleza de nuestra esperanza, siempre nos espera. Si sentimos la mano amorosa del Padre que acoge y abraza, el Adviento será un tiempo nuevo que nos permitirá alcanzar nuestro ser más verdadero. El Espíritu, con su cercanía de amigo, nos empuja a crear espacios de encuentro. Jesús, que viene como aurora, ahuyenta nuestra noche y nos da el sentido de la vida. La oración nos permite estar en vela mirando que este mundo, tan lleno de contradicciones, sigue siendo el mundo que Dios ama. Es hora de despertar, de ir más allá, de abrir bien los ojos para consolar a los que sufren.

Se trata de vivir con atención plena, amorosa, quieta, serena, pacífica al modo de Dios (Llama, 3.34).

‘Estad preparados’.

El Espíritu es experto en suscitar esperanzas en el aquí y ahora. El momento presente es digno recipiente de gracia gratuita y solidaria. La oración nos ayuda a desentrañar la presencia de Jesús que se acerca y trae la alegría. Un pequeño deseo de Dios que crece en el corazón, una pequeña llama de amor viva al Señor, un pan compartido con los pobres, mirar, escuchar, acompañar y curar las heridas de los que sufren: todo eso y mucho más es oración. Dejémonos guiar por María en este tiempo de espera y vigilancia activa. El final será un abrazo.

Por eso me holgaré que no te tardarás si yo espero (San Juan de la Cruz).                           

¡Feliz Domingo de Adviento! ¡Ven Señor, Jesús! CIPE – noviembre 2025

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