Domingo sexto de Pascua

Lectura orante del Evangelio: Juan 14,15-21

He querido proponer de nuevo la imagen del buen samaritano, siempre actual y necesaria para redescubrir la belleza de la caridad y la dimensión social de la compasión, para poner la atención en los necesitados y los que sufren, como son los enfermos. (Papa León).    

Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad.

Vivimos inmersos en la cultura de lo rápido, de las prisas, así como del descarte y la indiferencia, que impide detenernos en el camino para mirar las necesidades y los sufrimientos de los que están cerca. Los enfermos van lentos por la vida, parece que no caminan; muchos van en sillas de ruedas o están atados a la cama día y noche, en las casas o en los hospitales. Jesús ora por nosotros y el Padre nos envía el Espíritu de la verdad, el que nos cuida y nos enseña a cuidar y acompañar a los enfermos. El Espíritu Santo nos acerca a los enfermos cuando pone en nosotros la decisión de amar y nos inclina ante ellos.

Espíritu, con el enfermo nos llenas de alegría.       

Vosotros le conocéis porque vive con vosotros y está con vosotros.

La atención a los enfermos, a las familias con enfermos, a los profesionales de la salud, a los voluntarios, saber “perder el tiempo” con ellos, manifiesta que el Espíritu está con nosotros, que vivimos en la verdad.Quien es amigo de la verdad, escucha la voz de los enfermos y acude a ellos. Junto al enfermo muchos pueden escribir una historia de amor en misión compartida.

Espíritu Santo, danos la gracia de estar con los enfermos.      

Sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros.

Jesús nos regala el Espíritu Santo, que se alegra cuando vivimos la presencia amorosa de la Trinidad en la interioridad y cuando hacemos de la vida un cuidado gratuito de los enfermos. Así nos parecemos a Jesús, que muestra su compasión por el sufrimiento de todos. Cuando, movidos por el amor a Dios, detenemos nuestro camino para estar con los enfermos, nos encontramos con nosotros mismos. No hay nada mejor para saber quiénes somos que acompañar a un enfermo.

¡Bendito y alabado seas por siempre, Espíritu Santo! Tú nos esperas en los que sufren la enfermedad.

Al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.

Estar con los enfermos, ancianos, afligidos, de forma gratuita y desinteresada es la prueba de que vivimos con verdad el amor a Dios. Acompañar a los enfermos no nos quita la vida, nos la da. Servir al prójimo enfermo es amar a Dios en la práctica. La atención amorosa a los enfermos es etiqueta de garantía de toda oración, lo que da valor y sentido a la vida. Cuando nos sabemos amados por el Padre, por Jesús y por el Espíritu, “ya sólo en amar es nuestro ejercicio”. El Espíritu Santo nos junta con otros para realizar la misión compartida. Así el Espíritu cambia nuestra vida por completo. Nos realizamos en las relaciones interpersonales, poniéndonos en relación con los que están heridos y paralizados en el camino. En el encuentro con cada enfermo se recrea y rejuvenece nuestra vida. El verdadero remedio para las heridas de la humanidad es un estilo de vida basado en el amor.

Acompáñanos, tú, María, salud de los enfermos.     

Feliz Pascua del enfermo – CIPE, mayo de 2026

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