Señor Dios nuestro,
en este Sábado Santo entramos en el gran silencio de la tierra,
en la hora callada en que Cristo descansa en el sepulcro,
después de haber amado hasta el extremo
y de haber entregado su vida por la salvación del mundo.
Hoy todo parece suspendido.
La palabra se recoge,
los gestos se aquietan,
la Iglesia espera.
Y en medio de este silencio santo
queremos permanecer ante Ti
con corazón humilde, adorante y confiado.
éste es el día de la espera,
el día de la fe desnuda,
el día en que parece que todo ha terminado
y, sin embargo, tu obra más profunda sigue obrando en lo escondido.
Cuando los ojos no ven,
cuando el corazón no comprende,
cuando el dolor todavía pesa
y la noche aún no se ha abierto del todo a la aurora,
enséñanos a esperar en Ti.
En este Sábado Santo te presentamos
a todos los que viven tiempos de sepulcro en su vida:
los que atraviesan el duelo,
los que lloran una ausencia,
los que han perdido la paz,
los que caminan en la oscuridad de la enfermedad,
de la soledad o del cansancio interior,
los que viven el silencio de Dios como una prueba dolorosa,
los que siguen esperando una luz
que parece tardar demasiado.
Acuérdate también, Señor,
de nuestro mundo herido:
de los pueblos que sufren la guerra,
de las familias marcadas por la violencia,
de los pobres que cargan cada día con la incertidumbre,
de quienes viven bajo el peso del miedo,
de la injusticia o del abandono.
Entra, Señor, en todos esos sepulcros humanos
donde la vida parece apagada,
y prepara en lo escondido la semilla de la resurrección.
En este día santo miramos a María,
la Madre silenciosa,
la mujer creyente que permaneció firme en la noche,
guardando la promesa cuando todo parecía derrumbarse.
Con ella queremos aprender
a sostener la esperanza sin ruido,
a perseverar sin desánimo,
a guardar la Palabra en el corazón,
a confiar cuando no entendemos,
a esperar cuando aún no amanece.
Señor Jesús,
que descendiste a lo más hondo de la muerte
para buscar a la humanidad perdida,
baja también hoy a nuestras profundidades:
a nuestras heridas antiguas,
a nuestras dudas,
a nuestras tristezas,
a todo lo que en nosotros necesita ser rescatado por tu amor.
No permitas que nos acostumbremos a vivir sin esperanza,
ni que nos resignemos a las piedras cerradas de nuestros sepulcros interiores.
Haz de este Sábado Santo
un día de fe serena y de espera fecunda.
Que en el silencio aprendamos a escucharte,
que en la oscuridad aprendamos a confiar,
que en la aparente ausencia descubramos
que Tú sigues obrando en lo secreto,
preparando para tu pueblo
la alegría nueva de la Pascua.
Y cuando llegue la hora de la luz, Señor,
encuentra nuestro corazón velando,
con la lámpara encendida,
dispuesto para recibirte,
agradecido por tu victoria,
abierto a la vida nueva
que sólo Tú puedes regalar.
Santa María, Madre de la Esperanza,
acompaña a tu pueblo en esta santa espera.
Enséñanos a creer, a callar, a confiar y a permanecer.
Amén.
CIPE.