Señor Jesús,
en este Viernes Santo nos ponemos ante tu Cruz
en silencio, con fe, con temblor y con esperanza.
Nos acercamos a Ti,
levantado entre el cielo y la tierra,
herido por el pecado del mundo
y, sin embargo, lleno de amor hasta el extremo.
Hoy contemplamos tu rostro desfigurado,
tu cuerpo entregado,
tus manos abiertas,
tu costado traspasado.
Y al mirarte en la Cruz,
reconocemos no sólo tu dolor inocente,
sino también el dolor de tantos crucificados de nuestro tiempo:
los pueblos heridos por la guerra,
las familias rotas por la violencia,
los niños sin pan y sin futuro,
los enfermos que sufren en soledad,
los ancianos olvidados,
los migrantes rechazados,
las víctimas de la injusticia,
los que lloran en silencio,
los que han perdido la esperanza,
los que cargan cruces que casi nadie ve.
PADRE, PERDÓNALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN
Señor Jesús,
desde la Cruz dijiste: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).
Y nosotros, al pie de tu entrega,
te pedimos que derrames sobre este mundo herido
el don del perdón y de la reconciliación.
Perdona nuestras durezas,
nuestras indiferencias,
nuestra prisa para juzgar,
nuestro acostumbrarnos al sufrimiento ajeno.
Perdona la violencia de las armas y de las palabras,
el desprecio al débil,
el olvido del pobre,
la soberbia que divide
y la ceguera que impide reconocer al hermano.
Haz nacer en nosotros un corazón nuevo,
capaz de perdonar, de reparar y de construir paz.
HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO
Señor Jesús,
al ladrón arrepentido le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43).
Con esta palabra abres una puerta de esperanza
para toda humanidad herida.
Acuérdate hoy de quienes viven en la noche del dolor,
de quienes sienten que todo está perdido,
de quienes ya no encuentran sentido para seguir adelante.
Acuérdate de los que viven humillados,
de los encarcelados en sus culpas,
de los que esperan una palabra de consuelo,
de los que mueren solos,
de los que tienen el corazón cansado.
Que tu promesa alcance a todos
y les haga descubrir que contigo
ninguna noche es definitiva
y ninguna herida queda fuera de tu misericordia.
MUJER, AHÍ TIENES A TU HIJO… AHÍ TIENES A TU MADRE
Señor Jesús,
dijiste también: “Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27).
En la hora de la Cruz nos regalaste a María
como Madre fiel,
compañera del dolor y guardiana de la esperanza.
Te pedimos por todas las madres que lloran,
por las que han perdido a sus hijos,
por las que sostienen hogares en medio de la pobreza,
por las mujeres maltratadas, humilladas o silenciadas,
por quienes siguen junto a la cruz de los suyos
sin abandonar el amor.
Y te pedimos por tu Iglesia,
para que aprenda de María
a permanecer,
a acompañar,
a sostener en silencio,
a cuidar la vida herida
y a no apartarse nunca del que sufre.
DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?
Señor Jesús,
desde lo hondo de tu agonía clamaste:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46; Mc 15,34).
Tú has querido entrar también
en la noche de la desolación humana.
Por eso te presentamos hoy
a cuantos viven el abandono:
los que rezan y no sienten nada,
los que buscan y no encuentran,
los que han sido traicionados,
los que padecen depresión, miedo o angustia,
los que se sienten lejos de Dios,
los que llevan años de sufrimiento sin respuestas.
Que al escuchar tu grito
sepan que Tú has bajado hasta su noche
y que incluso allí, en lo más oscuro,
tu amor permanece.
TENGO SED
Señor Jesús,
dijiste: “Tengo sed” (Jn 19,28).
Sed de amor,
sed de fe,
sed de humanidad reconciliada,
sed de un mundo más justo y fraterno.
Hoy te presentamos la sed de nuestro mundo:
sed de verdad en medio de tanta confusión,
sed de paz en medio de tanta guerra,
sed de pan en medio de tanta pobreza,
sed de dignidad en medio de tanta exclusión,
sed de ternura en medio de tanta dureza del corazón.
Que no nos quedemos indiferentes ante tu sed,
y que sepamos reconocerte
en todo el que pide consuelo, justicia, pan, escucha y cercanía.
TODO ESTÁ CUMPLIDO
Señor Jesús,
antes de entregar tu vida proclamaste: “Todo está cumplido” (Jn 19,30).
En esa palabra resplandece
la fidelidad total de tu amor.
Tú has llevado hasta el extremo
la misión recibida del Padre.
Ayúdanos a comprender
que la Cruz no es fracaso,
sino entrega;
no es derrota,
sino amor llevado hasta el final;
no es ausencia de Dios,
sino lugar donde tu misericordia abraza al mundo.
Haz que, contemplándote crucificado,
aprendamos a vivir con más verdad,
a amar con más generosidad,
a servir con más humildad
y a sostener con paciencia las cruces de cada día.
PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU
Y finalmente, Señor,
dijiste: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).
Con tu confianza filial
ponemos en las manos del Padre
a nuestra humanidad herida.
Ponemos a los pueblos en guerra,
a las víctimas del odio,
a los refugiados,
a los enfermos,
a quienes no tienen trabajo,
a quienes lloran a sus muertos,
a quienes viven bajo el peso de la injusticia,
a quienes han perdido la alegría de vivir.
Ponemos también nuestras propias cruces,
las visibles y las escondidas,
las personales, las familiares y las comunitarias.
Señor Jesús crucificado,
ante tu Cruz queremos permanecer.
No queremos huir del dolor del mundo,
ni cerrar los ojos ante el sufrimiento de los hermanos.
Danos entrañas de compasión,
manos dispuestas a servir,
palabras que consuelen,
silencios que acompañen,
y una esperanza firme
que nazca de tu amor entregado.
Que este Viernes Santo no sea sólo memoria de tu pasión,
sino llamada viva a cargar con amor las heridas de nuestro tiempo.
Haznos cercanos al que cae, buenos samaritanos del herido,
constructores de paz, custodios de la dignidad humana,
testigos de una caridad concreta que no pase de largo ante ninguna cruz.
Santa María, Madre dolorosa,
enséñanos a estar de pie junto a la Cruz.
Enséñanos a creer cuando todo parece oscuro,
a amar cuando el corazón está traspasado,
a esperar cuando parece que el mal ha vencido.
Señor Jesús, Crucificado por amor,
atrae hacia Ti nuestro corazón
y el corazón del mundo entero.
Que al adorarte en la Cruz
aprendamos que sólo el amor salva,
sólo el amor permanece,
sólo el amor puede abrir ya, en medio de la noche,
el camino de la vida nueva. Amén.
CIPE