Domingo XIII del Tiempo Ordinario

¡Vosotros podéis cambiar la historia! ¡Hacedlo con el amor! (Papa León XIV).

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí.

¿Cómo oraremos estas palabras de Jesús, tan radicales y extrañas a primera vista? Hay algo que está por encima de lo demás, incluida la familia: amar a Jesús, o sea la realización de la persona según el proyecto del reino de Dios y su justicia. Amar a la familia y luchar por ella no significa someterse a ella como si fuera algo absoluto e intocable. Todo es relativo menos Dios. Tomamos decisiones vitales para no renunciar a la vida. La opción por Jesús, el amor a él, pone todo, también a la familia, en su sitio; esta libertad crítica es lo mejor para nosotros, para la familia, y para el proyecto de familia universal querida por Dios.

¡Ven, Espíritu Santo y danos tu luz para entender y vivir el Evangelio!

El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.

Otra palabra difícil de entender y vivir. Otra palabra llena de vida para nosotros y para los demás. Con Santa María, nos disponemos a estar largo rato con la Palabra, hasta que nos vaya desvelando toda su luz. ¿Cómo queremos seguir a Jesús, el crucificado por amor a nosotros si huimos de la cruz? ¿Cómo queremos estar con los crucificados y no vernos un día, como Jesús, crucificados? Ser cristianos no es buscarnos un Dios a nuestra medida, no es buscar cruces ni cargarlas sobre los demás. Ser amigos de Jesús es acoger el instante de gracia para amar, aunque conlleve sufrir, gritar, callar. La alegría brota de la entrega total.

Juntos andemos, Señor.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, no perderá su recompensa.

Jesús nos pone siempre mirando al que tiene necesidad. Eso nos hace humanos. El Espíritu prepara en nosotros, en la oración, cosas buenas para los pequeños, hace germinar en el corazón esos gestos que cambian la historia de cada día. Un vaso de agua fresca dado a los pequeños no deja de ser visto por el Padre. En el fondo de la vida hay alguien que bendice, acoge y recompensa a los donantes de vida. Un pequeño detalle de gratuidad ofrecido, aquí y ahora, ¡cuánta alegría suscita! Es como un oleaje de vida que llega hasta las orillas del mundo. Sólo el amor, recibido y dado, hace que la vida merezca la pena.

¡Sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día. Personas que desean una vida honesta y recta, porque gustosamente hacen a los demás lo que querrían que los demás hicieran con ellas. Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo (Papa León).                                                                                      

Feliz Domingo – CIPE, junio 2026

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