Lectura orante del Evangelio: Mateo 14, 13-21

Solo hay una receta para que la Iglesia sea curativa de las hambrunas del mundo: que los cristianos ofrezcan lo que tienen, sea poco o mucho (Papa Francisco).

Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos.

Alentados por el Espíritu, que siempre está con nosotros, comenzamos nuestra oración deteniéndonos en las actitudes de Jesús: ve a la multitud, se compadece, cura. La compasión de Jesús es una fuente que mana sin cesar. Ponemos nuestro corazón junto al corazón de Jesús para vivir un latido común y hacer visible el amor compasivo y misericordioso. Cuando en la oración nos conmovemos como Jesús no nos quedamos solo en discursos sino que apostamos por la vida herida, la levantamos del suelo, la embellecemos. Así damos gloria al Padre, que ama a todos, que quiere que todos sean felices y vivan en plenitud. Es nuestra vida la que hace creíble la fe.
Espíritu Santo, haznos conscientes del amor que has derramado en los corazones.

Dadles vosotros de comer.

Hay distintas formas de ver la realidad. Los discípulos la ven con la lógica del mundo y caen en la tentación “justificada” del abandono (despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida). Jesús tiene otra manera de ver, mira la vida con la lógica del corazón del Padre. ¿Es esto un imposible? Lo peor en tiempos de crisis (efectos devastadores de la pandemia) es que cada uno vaya a lo suyo. Lo mejor es compartir, implicarse en la necesidad de la gente. Cuando alguien, en el silencio de la oración contemplativa o en la belleza de la oración común cantada juntos,  decide compartir se despiertan amaneceres de esperanza para el mundo. Dejamos ahora que el Espíritu nos susurre estas palabras en nuestra interioridad. En el silencio orante, él nos ayuda a avanzar desde la tristeza del egoísmo al gozo del compartir.
Espíritu Santo, inspíranos, aliéntanos, sorpréndenos con esta propuesta inaudita.      

Tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos.

Jesús toma los panes, alza la mirada, bendice, parte y reparte. Todo lo hace delante de los discípulos para enseñarles a amar. La compasión se alimenta de la pequeñez: cinco panes y dos peces. Esto tan pequeño, eso poquito que está en mí, que decía Teresa de Jesús, es lo que enciende la esperanza en el mundo. Sin el compartir la alegría de vivir podría apagarse en muchos corazones. Cuando alguien toma la decisión de vivir compartiendo se curan muchas heridas secretas, alimentadas durante mucho tiempo, en la memoria de los pueblos. ¿Aprenderemos a ser una continuación de la eucaristía de Jesús?
Danos tu pan, Señor. Despierta nuestro corazón dormido. Enséñanos a amar.

Los discípulos se los dieron a la gente.

Sabían que no eran dueños, sino servidores de la gracia de Jesús. Con el humilde don de sí que nace de la bondad del corazón, la vida se embelleció de repente, la alegría se asomó a los rostros, comenzó la danza del Padre en nuestro mundo. ¿Retrasaremos esta música tan necesaria para alegría de los más vulnerables?
Espíritu Santo, enséñanos a dar gratis lo que hemos recibido gratis.

Un abrazo desde el encuentro virtual de los Amigos de Orar –  CIPE – Julio 2020

DOC. PDF. Domingo XVII del tiempo ordinario. Lectura orante del Evangelio: Mateo 14, 13-21