Domingo segundo de Adviento – B –

Lectura orante del Evangelio: Marcos 1,1-8

La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría (Papa Francisco).  

Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.

El Espíritu, por medio de voces humanas, con aires de fiesta, nos pone delante el Evangelio de Jesucristo, nos da a conocer el deseo que Dios tiene de comunicarse y tener amistad con nosotros, de serlo todo para nosotros. ¡Qué dignidad tan grande! En el corazón de todo está la Buena Noticia de Jesús, el que, con un exceso de amor desbordante, colma las esperanzas del pueblo. Un pequeño paso hacia él nos permite ver que nos espera con los brazos abiertos. ¡De cuántas maneras nos muestra su amor! Cada encuentro con él es una buena nueva, una alegría insospechada. Nos acompaña María Inmaculada, la que nos viste de fiesta. Estrella de la nueva evangelización, ayúdanos para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra (Papa Francisco).  

Preparad el camino al Señor, enderezad sus senderos.

Juan grita en el desierto, donde nada se hace de cara a la galería. Allí hay silencio, soledad; no hay casi nada. Dan ganas de volverse atrás. Pero el desierto forma parte de la pedagogía de Dios; en él acontece su intervención creadora: no solo estamos hechos por Dios, sino que estamos hechos de Dios (Juliana de Norwich). Por eso, el Espíritu nos empuja al desierto y nos ayuda a entender que los desiertos de la vida, incluida la pandemia, son lugares privilegiados para preparar nuestra capacidad de paciencia, para esperar y acoger a Jesús; amar es saber esperar el tiempo que sea necesario. Virgen de la escucha y la contemplación, intercede por la Iglesia para que nunca se encierre ni se detenga en su pasión por instaurar el Reino (Papa Francisco).

Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo.

El mensajero intuye que algo nuevo y radical está llegando y lo grita lejos de la ciudad, al margen de los focos. Con humildad dice la verdad en medio de la nada porque la verdad en sí misma tiene el valor de todo. Sabe echarse a un lado y ceder el protagonismo a la Palabra. La voz, que se hace silencio ante el que es la Palabra, nos invita a prestar atención amorosa a Jesús y a dejarnos estremecer por el que trae la fuerza de la salvación. Detrás de nosotros, con nosotros, juntos a nosotros, en nosotros está Jesús. Juntaos cabe este buen Maestro muy determinados a aprender lo que os enseña (Teresa de Jesús). Virgen y Madre, María, tú que movida por el Espíritu acogiste al Verbo de la vida en la profundidad de tu humilde fe, ayúdanos a decir nuestro ‘sí’ ante la urgencia, más imperiosa que nunca, de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús (Papa Francisco).

Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.

Juan se declara indigno de desatar las sandalias del que es poderoso para liberar del mal: por eso, nos invita a mirar a Jesús, el que nos bautiza con Espíritu Santo. No basta con renunciar al pasado, tenemos que abrir la puerta al Espíritu para convivir con él y dejarnos transformar por él en lo cotidiano de nuestra vida. El Espíritu nos pone ante Jesús, en quien los sueños de Dios y del ser humano se besan; es hora se pasar de la orilla de los miedos a la orilla del proyecto amoroso de Dios. Así lo vivió la Virgen María en el misterio de su Concepción Inmaculada. Al orar, como María y José, dejamos que el Espíritu nos consuele con la alegría y prepare en nosotros consuelo para curar las heridas de muchos. Madre del Evangelio viviente, manantial de alegría para los pequeños, ruega por nosotros. Amén. Aleluya (Papa Francisco).   

Feliz fiesta de la Inmaculada. Marana tha. Ven, Señor, Jesús. CIPE – Diciembre 2020

DOC. PDF. Lectura orante del Evangelio: Marcos 1, 1-8

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