Segundo Domingo de Navidad

“El pesebre, mientras nos muestra a Dios tal y como ha venido al mundo, nos invita a pensar en nuestra vida injertada en la de Dios; nos invita a ser discípulos suyos si queremos alcanzar el sentido último de la vida” (Papa Francisco).

La oración es una Navidad, es la fiesta de la comunicación y del encuentro. Viene Dios con su Palabra creadora, y respondemos nosotros con el ‘hágase de María’. Toca la nada el dinamismo creador de la Palabra, y todo queda vestido de gracia y hermosura, todo queda orientado hacia el Padre. Dios habla, y nosotros hacemos silencio para oírle el amor. Miramos asombrados al Niño de Belén: Palabra eterna del Padre por la que todo ha sido creado.

Miramos el misterio de Jesús como un prodigio de tu amor.

La oración es una Navidad de luz, es un diálogo de amor con la Palabra. La vida se desborda sin medida, y nos alcanza dejando la emoción en la mirada. Dios es la gratuidad a manos llenas, que llena nuestro cántaro vacío. Podemos beber ahora de su fuente, podemos caminar iluminados. Al decirle que ‘sí’ a la Palabra, el misterio se hace en nuestros adentros, nace Jesús y todos nuestros poros reflejan su luz. Hay alegría, brota el asombro adorador.

Ya podemos mirarte, Jesús, después que nos has mirado con tu gracia. Ya podemos tocarte, Jesús, después que nos has tocado y has dejado nuestra vida vestida de hermosura. Ya podemos caminar sin otra luz y guía sino la que en el corazón ardía.

Viene Jesús, hecho Niño, a su tierra y a su casa, viene a los suyos, pero el corazón del hombre se ha hecho duro y no quiere recibir tanta belleza. Hasta el misterio más grande puede quedar banalizado. ¡Ah! Pero si alguien se atreve y le abre, sin miedo, su posada, entonces se produce el milagro: nacen los hijos de Dios, los que pueden convivir con Él, el Hijo Amado. ¡Qué novedad tan inaudita!

No queremos, Jesús, que pases de largo en este día. Entra en nuestra casa. Queremos que nazcas en nuestra vida.   

La Palabra se hizo historia, habitó como una tienda de encuentro entre nosotros. Jesús tomó nuestro pecado, el amor le hizo pequeño. Alguien se atrevió a pensar en nosotros, se hizo confidente, amigo, compañero de camino a nuestro lado. El que era Dios se despoja de su rango y, hecho como uno de nosotros, hace que nosotros seamos Dios. Se coloca como un siervo y nos regala una dignidad nunca soñada. En un pesebre comienza la aventura de la gracia. A tanto llega la dulzura amorosa de nuestro Dios.

Te adoramos, Jesús, unidos a los pequeños de la tierra para cantarte con alegría.

Arropado por el cariño de María y de José, está Jesús recogiendo nuestro llanto y dejando en nosotros la alegría. En el Niño Dios vemos la gloria de Dios. Ahí nace la experiencia misionera, porque la gracia del Espíritu Santo ignora la lentitud en el darse.

Danos, María, tu alma para bendecir y adorar a Jesús.

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