Domingo décimo octavo del tiempo ordinario. Lectura orante del Evangelio: Juan 6,24-35

Aquesta eterna fonte está escondida / en este vivo pan por darnos vida, / aunque es de noche (San Juan de la Cruz, Cantar del alma que conoce a Dios por fe).

Maestro, ¿cuándo has venido aquí?

Andamos sedientos de vida, tocados por dentro por el misterio de Dios. Pasamos mucho tiempo ocupados y preocupados por cosas, sin duda, importantes, pero nada de eso nos sacia por completo. Jesús nos sale al encuentro; no sabemos cómo, pero se hace presente. Su presencia nos atrae y, a la vez, nos agita por dentro y nos contagia su locura de amor. ¿Cuál es su secreto? Tiene algo que necesitamos vitalmente. Es una suerte dar con él; a él nos llevan José y María.
No hay para qué le ir a buscar en otra parte más lejos… que está con nosotros el buen Jesús, que nos lleguemos a Él (Santa Teresa, C 34,8).   

Me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros.

La oración es la oportunidad de estar atentos al Evangelio. En él, Jesús nos desvela otra manera de vivir, no fácil de aceptar porque rompe nuestros esquemas y va a contracorriente de nuestras seguridades. Buscamos pan para alimentar nuestra vida, pero no buscamos a quien nos da el sentido. ¿Cómo contemplar la historia con ojos de fe? ¿Cómo estar abiertos a las promesas y sorpresas de Dios? Que le vean descubiertamente y comunicar sus grandezas y dar de sus tesoros, no quiere sino a los que entiende que mucho le desean, porque estos son sus verdaderos amigos (Santa Teresa, C 34,13).
Jesús, ábrenos a tu gracia, conviértenos a ti.

Trabajad por el alimento que perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre.

Trabajar es creer en Jesús, confiar con audacia en Él. La fe en Jesús ensancha nuestros límites, prolonga nuestra vida hacia la Vida. El trabajo de la fe nos mete en la gratuidad más absoluta. Jesús, el amigo de dar vida, está con nosotros. El pan que nos ofrece es él mismo.
“Cuando comulgaba… desocupábase de todas las cosas exteriores cuanto le era posible y entrábase con él” (Santa Teresa, C 34,7).  

Señor, danos siempre de ese pan.

Ninguna señal es suficiente para quien no se atreve a confiar. Sin embargo, si confiamos en Jesús, esta petición tan bella ‘danos tu pan’ nos llevará a compartir con los más necesitados.
No se queda para otra cosa con nosotros sino para ayudarnos y animarnos y sustentarnos a hacer esta voluntad que hemos dicho se cumpla en nosotros (Santa Teresa, C 34,1)  

Yo soy el pan de vida. El que cree en mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed.

Jesús hace una proclamación insólita de vida. Se presenta como el pan de vida eterna. Para alcanzar ese pan, hay que creer en él. Somos plenamente humanos cuando comemos de su pan. Detrás del pan de Jesús está el Padre como fuente inagotable de vida, está el Espíritu como dador de vida; delante, está una humanidad a la espera de la vida verdadera.
Si no es por nuestra culpa, no moriremos de hambre; que de todas cuantas maneras quisiere comer el alma hallará en el Santísimo Sacramento sabor y consolación (Santa Teresa, C 34,2).  

Feliz día de la Transfiguración. En Quel (La Rioja), fiesta del Paniqueso. Agosto 2021

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