Domingo décimo tercero del tiempo ordinario

Lectura orante del Evangelio: Marcos 5,21-43

Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo (Papa Francisco).

Jesús atravesó de nuevo a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago.

Por Jesús no queda; él hace todo lo posible para que tengamos vida en abundancia.Orar es pasar a la orilla donde está Jesús, y quedarnos con él. Este camino nos lo enseña el Espíritu. Jesús se ofrece como respuesta infinita a la sed infinita que llevamos dentro. Llamados a vivir en plenitud, su vida nos da vida verdadera.

¡Oh vida, vida!, ¿cómo puedes sustentarte estando ausente de tu Vida? (Santa Teresa, Ex 1,1).  

Se acercó un jefe de la sinagoga… y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia.

Jesús está a la espera del encuentro. La decisión de encontrarnos con él es de cada uno. El jefe de la sinagoga nos sugiere unos pasos preciosos para estar con él: acercarnos a Jesús, mirarlo, sentarnos junto a él, rogarle con insistencia por la vida en peligro.

Arrojéme cabe él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle (Vida 9,1).  

Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.

A veces la oración es un grito, nos va la vida en ello; buscamos a Jesús con pasión. No hay tiempo que perder. ¿Confiamos en el poder de Jesús para que sane nuestras heridas? ¿Queremos que nos toque con sus manos? ¿Deseamos que toque a los que están en peligro? ¿Dejamos que toquen sus manos los socavones que la muerte va abriendo en nosotros?

Contigo, Jesús, siempre es tiempo de salvación, aunque estemos al borde de la muerte. Bendito seas por siempre.  

Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente.

Jesús, el compasivo, se pone en camino para dar vida. Nosotros lo acompañamos. El camino con Jesús es necesario para aprender a creer. La fe prepara el corazón para recibir la vida de quien es tan amigo de dar. Ver cómo Jesús da la vida nos hace a nosotros misioneros de salud para tantas heridas, dadores de esperanza. Juntos andemos, Señor.

Juntos andemos, Señor. Por donde vayas tengo que ir, por donde pases tengo que pasar (Camino 21,6).   

Jesús entró donde estaba la niña, la tomó de la mano, y le dijo: Talitha qumi.

Jesús levanta nuestra débil esperanza, tan aplastada. Toma nuestra mano, desvalida, y la fortalece. Cura nuestras heridas secretas. Levántate, nos dice. Su abrazo nos anima. Saca las sombras de nuestro interior, aleja de nosotros la indiferencia, nos convoca a la vida.

¿De dónde me vinieron a mí todos los bienes sino de Vos? (Vida 22,4).  

La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar.

La vida nueva es un perfume que llena de buen olor toda la casa. El fruto del encuentro con Jesús es cantar y caminar con la vida levantada, esperando contra todo desespero, sin miedo a la muerte, dispuestos a contagiar vida. Llegada un alma aquí, no es solo deseos los que tiene por Dios;

Su Majestad le da fuerzas para ponerlos por obra. No se le pone cosa delante, en que piense que le sirve a que no se abalance; y no es todo nada, porque ve claro que no es todo nada, sino contentar a Dios (Vida 21,5).  

Feliz domingo: día del Señor y de la comunidad – CIPE – junio 2021

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